El Vergel

Hay un vergel en mi interior que por más que lo riego no crece.

He probado con regaderas de todos los tamaños imaginables y con aguas de manantiales legendarios. Recuerdo una vez que para cuando tuve llena una de las regaderas, me pesaba tanto en los brazos y en los hombros con una única gota cubrí todo mi jardín, para mi satisfacción. No fui consciente hasta la mañana siguiente de que la dosis había sido mortal.

Al principio pensé que igual la culpa era de una plaga de topos celosos de la belleza en potencia de mi diminuto vergel, así que los busqué por aquí y por allá armado con un pico y una pala. Y, cosas de la vida: tenía yo razón con lo de la plaga, salvo que en lugar de encontrarme con una sociedad de feroces mamíferos peludos, el responsable resultó ser un solitario y peludo mamífero que usaba garras de metal.

Más adelante, llegué a pensar que igual lo que necesitaba mi jardín era gasolina y una cerilla. Pensé: “bueno, está claro que este jardín no quiere florecer así que quizás sea cosa de intentarlo con el que le sobreviva”. Y así, resuelto y decidido, lo quemé por completo hasta la última hoja y el que casi no sobrevivió fui yo.

Tras esto, desesperado, decidí poner a la venta mi yermo y carbonizado terreno, pero naturalmente, nadie lo quería para sí. Se acercó una simpática ancianita, más interesada por la trágica historia de mi jardín que por el beneficio agrícola que podía aportarle, si es que acaso este podía ser alguno. A regañadientes, y no sin que la vergüenza se me pintase en el rostro, le conté todo acerca de mi vergel y todos mis intentos en balde por traerlo a la vida: que si regaderas de 2 metros de grande, que si agua traída del mismísimo Amazonas, que si topos por todas partes… le hablé hasta del rayo que había provocado el reciente incendio en mi huerto pese a ser Verano y que no hubiese habido tormentas desde Marzo. El asunto es que la vi tan atenta a mis palabras que incluso se lo ofrecí totalmente gratis, como regalo por su interés y buena voluntad.

“Uy no, no, joven… Es una historia terrible la que me cuenta, pero a mí me da que yo no tendría nada que hacer con un jardín tan tozudo y arisco como este. Me ha dicho que ha intentado todo lo posible para hacerlo florecer, ¿no?

-¡Todo, señora, todo, se lo aseguro…!

-Todo… Todo… ¿Verdad…?-Enarcó una ceja, arrugando su frente hasta el punto de que parecía desafiar todas las leyes de la física y la materia. Su expresión se tornó tan propia de un ave rapaz que enmudecí súbitamente durante un instante que ella no dudó en aprovechar para seguir hablando-¿Sabe…? No sea tan duro con él, joven. ¿Qué culpa tiene él de que ningún agua por milagrosa que sea le haga bien? ¿Y qué me dice de los topos o de haber sido fulminado por un rayo (que ya es mala suerte en Verano)…? Por otro lado, si como usted dice lo ha intentado todo sin éxito, no le negaré que parece bastante inútil esforzarse, ¿no le parece? Ya se lo digo yo, y confíe en mis palabras: nadie va a aceptar ni querer este jardín como regalo y mucho menos a cambio de algo. No en vano ni siquiera usted, joven, que es su propietario, lo hace…”

En aquel momento no añadí nada más. De hecho, por el contrario, dejé que las palabras de la ancianita calasen en mis oídos, pesadas como losas, mucho después de que ella se hubiese alejado pasito a pasito de mi ahogado, acuchillado, yermo, carbonizado y patético jardín.

Y a la mañana siguiente, cuando salté de la cama y salí del interior de mi casa, recorrí mi vergel, que por primera vez sentí como mío propio (reparé en que ni siquiera era capaz de recordar cuántos años llevábamos juntos en esta atípica relación agricosocial que habíamos fraguado), le dediqué un amago de sonrisa… Y no hice nada más.

Y así durante una semana, hasta que al octavo día aparecieron de la nada unos nubarrones negros cargados de las aguas de los confines más lejanos y de algún que otro relámpago (inofensivos, esta vez, afortunadamente) que se precipitaron sobre mí y sobre mi vergel con una energía insospechada. Me avergüenza decir (aunque sea otro tipo de vergüenza, una vergüenza de la que sentirse secretamente orgulloso) que bailé al son de aquella espectacular tormenta de Verano y de que resbalé con el barro y el lodo formados hasta que acabé del mismo color y textura que mi baldío y querido vergel. Ah, y afónico de reír…

Al día siguiente, lo encontré mientras efectuaba mi paseo matutino, pese a la fiebre y el infame dolor de cabeza. Aún hoy no consigo entender cómo conseguí avistarlo, porque estaba bien oculto y enterrado. Deduzco que quería ser encontrado por mí y que de algún modo me lo hizo saber de una forma mágica y misteriosa:

 

Era el primer brote.

Y en cuanto lo vi verde, fuerte y fresco, sentí que ya era suficiente, que ya bastaba. Que todo lo pasado y vivido junto al jardín hasta ese día había merecido la pena. ¿Recordáis la dichosa regadera esa de 2 metros…? Aquel día podría haberla llenado lo menos 6 veces sólo con mis lágrimas.

Antes he dicho que aquel fue el primer brote y, en efecto, así fue. De muchos. De cientos. De miles. De millones. A lo largo del tiempo, les he buscado un nombre a todos, y los he mantenido a lo largo de su madurez y sí, tiempo después de que muriesen ya adultos. Y creedme, han pasado muchos, muchos años… Tantos que ahora todo yo está igual de arrugado que la frente de la maravillosa ancianita de aquel día cuando enarcaba su ceja. Qué puedo decir… Será que tengo una gran memoria, ¿no?

 

 

Hay un vergel en mi interior que por más que lo riego no crece.

¿Y qué? Supongo que ya ha crecido todo lo que tenía que crecer y ha florecido todo lo que tenía que florecer.

Me parece perfecto.lluvia-cielo-nublado-plomizo-waxing-storm-campo

Musicoterapia:The Cat Empire

La música miserable me hace feliz. Por el contrario, la música feliz me hace sentir jodidamente miserable – Steven Wilson

Pese a considerarme un melómano, nunca me leeréis jactándome de mi gran diversidad de gustos musicales. Sí, puede que me vea casi como un cinturón negro en lo que al género progresivo se refiere, pero por ejemplo soy prácticamente un analfabeto en el panorama del jazz. El conocimiento básico que poseo de la música clásica se debe casi exclusivamente a mis años en el conservatorio y a la influencia de mis padres y si bien es inusual verme escuchando pop, también tengo mis debilidades personales en el que posiblemente es el más trillado de los estilos musicales de nuestro tiempo. Entre este año y el pasado me he estado abriendo a la electrónica, aunque haya sido a paso de hormiga. Pero oye, supongo que por algo se empieza. 

Y es que amo la música. Es mi gran pasión, mi mayor confidente y el ente en el que encuentro mayor placer y recreo, aparte de, cómo no, la escritura. La música tiene la capacidad de hacerme feliz y como reza la fantástica cita con la que he dado pie a la entrada también miserable. Personalmente considero este hecho como algo infinitamente más mágico y sobrenatural que el hecho de sacar un conejo de una chistera.

No es un secreto confesar que la mayor parte de la música que escucho día a día tiene un elevado contenido “negativo”: Ya sea por sus letras o melodías, la música triste, depresiva, nostálgica y melancólica es la que más ha casado siempre con mis preferencias. Y es que pienso que ya estamos demasiado bombardeados de arco iris, “coelhismo” y hollywoodismo gratuitos. Me parece perfecto que exista el positivismo, pero opino que nada en exceso es bueno y menos si se le atribuye a una filosofía de vida un carácter que roza lo sectario. Porque sincerémonos: hoy en día tienes que aparentar que eres feliz y optimista, y si no, la sociedad aparte de señalarte como a un leproso, te intenta convertir a su dogma de “sonríe hasta que lo acabes haciendo de forma natural”. Que tiemble el cristianismo: le ha surgido un digno competidor… Llamadme raro, pero lo que es a mí, la idea de que me atiborren a la fuerza de happiness para que se haga foie gras conmigo no es una idea que me entusiasme demasiado. Es lo que yo sin tapujos me atrevo a catalogar como una alienación del estado de ánimo genuino. 

Una de las formas bajo las que opera esta forma de alienación es la música mainstream de consumo que existe únicamente por y para el estribillo pegadizo de turno. ¿Es esto algo necesariamente malo? Insisto en que no, pero a veces es inevitable pensar en que la gente no es consciente que existen unos cuantos formatos más en este arte tan hermoso llamado música.

Adelante, me quitaré la máscara: soy un cruzado de la música, un rebelde inconformista que nada a contracorriente de lo cien mil veces manido, del ineludible verso-estribillo-verso, un despiadado hater del material de discoteca y de los hits que todo Dios conoce menos un servidor. Supongo que esto que expongo es lo mismo que ocurre pero a la inversa con la pintura contemporánea: si no tienes ni zorra de arte pictórico ves un montón de manchas de colores en un lienzo y dices “esta mierda la pinto hasta yo con el rabo”. 

Quizás no es cuestión de elitismo y simplemente la fórmula de la música positiva no hace click conmigo y soy incapaz de creérmela. Como cuando un Testigo de Jehová llama a tu puerta sin siquiera habérselo ofrecido antes, la música mainstream es para mí una invasión en toda regla.

Sin embargo, y aquí llega al fin el quid de la entrada, hay días en los cuales estoy tan mal que no me veo capaz de escuchar 4 canciones seguidas de Radiohead o Porcupine Tree, por citar sólo un par de tantos ejemplos. En esos nefastos días, la empatía que normalmente debería transmitirme consuelo y desahogo se tornan en algo mucho más nocivo para mi ser.

Lo cierto es que es música que me define tan bien, que conecta tanto conmigo, que en esos casos es capaz de provocarme auténtico daño. ¿Qué hacer entonces, en esos días de autosabotaje y amotinamiento espiritual en los que el mundo y yo conspiramos contra mí mismo? Beberme el agridulce y vulgar veneno al que yo me refiero como música happy me produce una náusea inenarrable, pero sentir cómo la montaña de mi propia mierda comienza a taponar mis orificios asfixiándome al ritmo del 80% de mi depresiva música tampoco es una opción a tener en cuenta. Afortunadamente, como se suele decir, siempre hay un roto para un descosido. Estaba ya resignado, convencido de que no existía la musicoterapia eficaz para sujetos con unas tendencias tan depresivas como las del menda, cuando mis plegarias fueron escuchadas.

Y The Cat Empire entró en mi vida por la puerta grande.

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Y como otras tantas cosas de la vida, fue por casualidad. Me dirigía yo el Verano pasado a una fiesta en casa de una amiga y nada más llegar, la música que sonaba de fondo captó poderosamente mi atención. Por describirla de algún modo, en palabras, diré que era enérgica, de digestión fácil a la vez que dejaba translucir capas de profundidad, debido a, todo sea dicho, a la ecléctica mezcla de ritmos y melodías de las que hacía gala. Para empezar, no se apreciaba ni una sola guitarra eléctrica, lo cuál ya es raro de cojones se mire por donde se mire. Por el contrario, el protagonismo lo ostentaban los vientos metales y unos ritmos de innegable influencia latina que a mi me estaban trayendo loquito. Además la canción ambientaba de maravilla la temática fiestera porque horror… Era música happy.

El responsable de la música era amigo de la anfitriona y le pregunté casi de inmediato por el grupo:

“Se llaman The Cat Empire. Molan mucho”

Fue mucho más que molar mucho. Fue amor a primera escucha. 

Toda la playlist me tuvo abstraído durante toda la fiesta, quizás porque aún no lo sabía, pero ya una parte de mí intuía que The Cat Empire era todo lo que siempre había estado buscando durante mucho tiempo sin éxito. De vuelta a casa me empapé de su música y me documenté bien de ellos y desde entonces se han vuelto unos imprescindibles en mi reproductor de música.

THE CAT EMPIRE

The Cat Empire es un grupo australiano que simplemente es imposible de encasillar en un sólo género. The Cat Empire es un cocktail que suma tantos ingredientes que debería acarrear una resaca del carajo pegado al retrete, pero todo lo contrario: entra como agua y te deja uno de esos ciegos de reírte por cualquier cosa. Y a la mañana siguiente, amaneces lúcido recordando las anécdotas de la noche anterior.

The Cat Empire hace rock pero no al uso, porque lo combina con grandes dosis de reggae, ska, jazz, funk, calipso, música disco, bossa nova, klezmer, vals… Sin hacer música progresiva, su doctrina musical lo es precisamente por poseer un estilo polifacético a la par que único y por atreverse compositivamente con todo.

En directo demuestran una energía contagiosa y electrizante hasta el punto de que sus conciertos se convierten en verdaderas pistas de danza… Ah sí, que no os lo he contado: a mí The Cat Empire me hacen bailar. A mí. Sin quererlo. Bailar. La cosa de moverse y eso.

Los australianos con filia por la música latina se han ganado a pulso entrar en mi top10 de grupos favoritos de todos los tiempos no sólo por su genio compositivo ni por su envidiable ejecución. La música de The Cat Empire es adictiva, divertida y hace feliz a su público sin proponérselo siquiera. Sin artificios de ninguna clase, sólo siendo eso, naturales. Es curioso que lo que debería ser lo más esencial sea hoy en día algo tan escaso, ¿no?

LOS MUSICOTERAPEUTAS

-Félix Riebl es el líder y cerebro detrás del Imperio y si bien no es raro verle marcándose un digno solo con la percusión latina, su papel principal es el de vocalista y frontman. A mí, directamente, es un tío que me pone (no homo) porque derrocha magnetismo por los cuatro costados y tiene un timbre de voz muy particular e interesante.

-Henry James Angus y Ollie McGill son los encargados del virtuosismo y lucimiento instrumental. El primero es un trompetista bestial y en más de una ocasión asume el rol de vocalista (benditos pulmones), especialmente en esas alocadas secciones de ska repletas de palabras disparadas a cadencias imposibles. El segundo es el teclista y responsable de tocar en sus solos más notas por segundo de las que la ley permite. Anymore o Motion (la que es probablemente mi canción favorita del grupo y eso que hay entre dónde elegir…) lo demuestran a la perfección.

-Ryan Monro (bajo y contrabajo) y Will Hull-Brown (batería), se ocupan de la labor rítmica del grupo, posiblemente la característica más notoria del estilo de la banda. Dominan holgadamente todo tipo de géneros y sí, ellos son los culpables de que tus extremidades se muevan como poseídass por el ritmo ragatanga al son de The Cat Empire .

-El DJ Jamshid “Jumps” Khadiwhala es percusionista de apoyo, pero cuando realmente brilla con luz propia es cuando se pone a pinchar sus mezclas y samples en su mesa. Sus efectos son probablemente el añadido más experimental del grupo y le dan un sabor extra al estilo de The Cat Empire. Lo confieso, al principio choca bastante, pero tras unas cuantas escuchas, te das cuenta de que sin su scratching, The Cat Empire no sería el mismo rollo.

-Ross Irwin y Kieran Conrau más que miembros oficiales son un grupo de apoyo en la sección de viento metal para reforzar (más si cabe) el sonido de la banda y aunque su actividad tiene un cariz más secundario, forman parte del imperio felino con méritos y honores propios.

En sus más de 12 años de carrera han publicado 6 discos de los cuales los 3 primeros son indiscutibles obras maestras, habiendo tomado una orientación significativamente más accesible e easylistening en la segunda mitad de su discografía. Estos tres últimos siguen siendo discos de una calidad envidiable por la que ya muchos grupos de renombre querrían firmar, pero es justo puntualizar que la dosis de atrevimiento y virtuosismo se ha visto ligeramente reducida en los últimos años, lo cual no quita para que muchos fans, entre los que me encuentro, ya estemos deseando que vea la luz el séptimo trabajo.

Por si fuera poco, las letras de las canciones de The Cat Empire (aspecto que rara vez capta con fuerza mi atención) rozan un nivel más que elevado y algunas como las de la canción Miserere (que es una preciosa oda a la vida y al existencialismo), poseen un factor literario verdaderamente conmovedor.

Y ya sí, dejándome de tanto tecnicismo y análisis, finalizo concluyendo que este ensayo no es sólo (espero) una carta de recomendación para The Cat Empire: es una cuenta que tenía pendiente con ellos prácticamente desde que tuve la oportunidad de escucharlos por todo cuanto me han aportado.

Porque The Cat Empire ha supuesto para mí una verdadera musicoterapia en momentos difíciles en los que nada parecía ser capaz de dibujarme una sonrisa en el rostro. Así, este post es también un humilde homenaje a ese talento que tienen para componer grandes canciones que mudan vertiginosamente de estilo, ritmo y melodía en tan sólo 3 minutos. Homenaje también por hacerme bailar a golpe de ritmo latino, a pesar de moverme con la gracilidad de un pato mareado. Homenaje porque son la fiesta auditiva personificada y porque son capaces de hacer que el espíritu del Verano perviva durante los 365 días del año, evocando playas de fina arena, olas rompiendo en la costa, y un Sol radiante aunque los escuches en el mes de Febrero. 

Pero sobre todo homenaje por conseguir que me importen menos los cabreos, las decepciones, el mal tiempo, que las cosas no siempre salgan tan bien como me gustaría y por hacer que mi forma de ver el mundo sea un poco menos oscura y mucho más resplandeciente, permitiéndome apreciar con más claridad todo aquello por lo que tengo que alegrarme y dar las gracias. Y dicho esto, me despido con las líneas de Félix Riebl, porque de mi cosecha no las hay mejores ni tan brillantes:

Long live living if living can be this.

 

El rojo Otoño

Siempre he sido consciente de que existe una ancestral relación de amor-odio entre el Otoño y yo.

Es la misma sensación que se experimenta cuando acabas de conocer a alguien y al poco descubres que es idéntico a ti y de lo que es capaz de provocar. Detestas sus debilidades y sus flaquezas y al mismo tiempo te encuentras recreándote y admirando sus más encantadoras virtudes.

En el Otoño se respiran la nostalgia y la melancolía con tanta intensidad que asfixian.

Apenas ha dado comienzo la estación y ya puedo sentir sus garras traspasando mi carne, abriéndose paso en lo profundo para hendirme el alma. Siento cómo duele la herida al dar inusitada bienvenida a la calidez, al aroma del café y a las castañas asadas. Y también a la miríada de recuerdos que me asaltan sin previo aviso salidos de oscuros rincones de mi ser de los que creía que ya sólo quedaban escombros. Saboreo la traición al resbalar en el charco, pese a que el día luce soleado. Me dejo sorprender por el súbito aguacero, tan propio de la estación, para que la lluvia haga compañía  al arrepentimiento y la culpa que han hecho de mis hombros su refugio. Para que tengan con quien hablar.

Incluso nuestra afición por el tono rojizo es compartida y es que me niego a atribuir a la casualidad mi manifiesta preferencia por el júbilo del Verano o por la romántica solemnidad del Invierno cuando me veo reflejado en cada negro nubarrón, en el lastimoso bramido del vendaval, en los claroscuros vespertinos, en la confusión que tanto lo caracteriza.

En cada maldita y solitaria gota de lluvia.

Por eso, a todo aquel que me pregunta le respondo de igual forma a los cuatro vientos, sin temblarme la voz, con el ceño fruncido: Odio el Otoño.

Y sólo para mis adentros, en vergonzoso secreto, soy capaz de admitir que estoy irremediablemente enamorado de él.

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El Muro

Los muros tienden a ser sinónimo de obstáculos.

En ocasiones, es tan simple como contar con las herramientas necesarias para franquearlos: una escalera maciza, una cuerda que no te abrase las manos en el ascenso o un pico afilado para demolerlos.

En otras, los muros adquieren una astucia insólita, cambian los ladrillos por barrotes de frío metal y se transforman en presidios de alta seguridad cuya cerradura no cede ante ninguna llave existente.

Aún más crueles son los muros que te observan y conocen hasta tal punto que optan por adoptar un tono celeste para transmitirte una falsa sensación de sosiego. Se engalanan con tus imágenes favoritas, proyectan una luz grata y resplandeciente y hasta se impregnan de tu propia fragancia para trastornarte y hacerte creer que ese es el lugar al que perteneces. Te esclavizan mucho antes de que empieces a sospechar.

Y cuando por fin desenmascaras la farsa, se te antoja absurdo cómo tan sólo cuatro paredes bastan para seducirte y enturbiar tus sentidos, y a cada día que transcurre te hacen sentir náufrago sin necesidad de océanos ni mares. 

La claustrofobia es más y más asfixiante conforme mayor es el contraste entre lo que debería ser confortabilidad pero es en realidad anatema para tu ser. Son muros similares a hermosos recipientes de marfil sellados al hermético vacío en cuyo interior vagas a la deriva.

Y todavía no os he hablado del tipo de muro más infame que se ha ideado jamás: el invisible, el que no huele a nada que lo delate, el intangible, el inabarcable, el ilimitado:

Los que comienzan en mí y terminan en mí
El que comienza en ti y termina en ti.

Sublimación

El mísero mortal buscaba respuestas. A demasiadas preguntas.

Pensó que las encontraría en la montaña, pero la estéril llanura no iluminó el insondable abismo de sus pensamientos.

Escaló la escarpada sierra e interrogó a todas y a cada una de las rocas, pero parecieron burlarse del mísero mortal al no romper su milenario juramento de silencio.

Cuando alcanzó la cima, contempló la magnífica vista que ante él se revelaba y expuso sus dudas, desnudó su alma, confesó sus secretos mejor guardados. Admitió sus miedos más profundos y su voz hizo eco tembloroso hasta difuminarse como carboncillo en un lienzo al no obtener contestación alguna.

Emprendió el descenso, aún más abatido que durante la subida, y caminó hasta que sus pies descalzos dejaron de responder ante los designios de su voluntad.

Apiló leña y hojarasca y logró hacer un fuego confortable que calentó su cercenada piel y sus cansados huesos. Pensó que quizás la llave que tanto anhelaba se hallaba en el corazón de las llamas y formuló las palabras. Y, a diferencia de la montaña, el fuego replicó intensamente, con vehemencia. En sus pupilas se reflejaron las imágenes y escenas que las brasas mostraban. Le sedujeron: lujuriosas, lascivas, ladinas. Le prometieron más allá de los confines de lo imaginable y fue embaucado por la belleza de la mentira y cegado por las repentinas chispas de verdad que de tanto en tanto crepitaban. Las ascuas se acrecentaron a medida que el mísero mortal se sumía en la opulencia que la danza ígnea reservaba sólo para su recreo personal.

Y percibió el ardid demasiado tarde: todo él se inflamaba y todo él se calcinaba. Las lenguas de fuego reptaban por su cuerpo, anidaban en su cabello, licuaban su carne. Corrió y corrió todavía ahíto de todo cuanto el fuego le había concedido contemplar a un coste que había resultado ser demasiado elevado. Con ojos todavía incandescentes, creyó discernir a no mucha distancia una orilla y forzó los pasos hasta que la extenuación y el dolor se lo permitieron. Tropezó de bruces contra la arenisca y se arrastró a lo largo del mar de conchas y corales que se interponía entre él y el agua.

Se rasgaba las manos, se laceraba el abdomen, se le paralizaban las piernas, presas de un fulminante calambre. Se impulsaba, luchaba, vivía y moría a cada hálito que liberaba y reprimía. El agua parecía huir de su infame presencia cada vez que la marea bajaba y parecía recibirle con los inabarcables brazos extendidos cada vez que la marea subía. Vertió lágrimas de fuego, aulló con el dolor propio de quienes han visto, sentido, sabido, vivido…

Demasiado.

Su rostro es mecido por el movimiento del mar. Las llamas de su cuerpo se extinguen con un siseo ensordecedor y las aguas hierven a su alrededor como si tratasen de ahogar la cólera de un volcán sumergido. La letanía de las olas susurra, cristalina, en sus oídos. Sus ojos observan impasibles los primeros rayos del Sol, y también los últimos. Sus manos no reflejan signo alguno de la abrasadora caricia del fuego. Siente el peso de sus cabellos mojados flotando en la superficie. Los latidos de su corazón se sincronizan con el bramido del oleaje cada vez que rompe en la costa.

Y súbitamente entiende muchas, demasiadas cosas.

El mísero inmortal experimenta la poderosa atracción que el océano está comenzando a ejercer sobre su ser. Impertérrito, comienza a nadar, a ofrecer resistencia y a avanzar hacia la arena, palmo a palmo. No ha escalado y descendido la montaña ni ha perecido ante el fuego para ahora dejarse someter ante la infinita oscuridad del piélago. Quizás ese era el destino del mísero mortal que fue antaño, pero no el del ser que es en acto:

Un inmortal que ha vertido lágrimas de fuego y ha aullado con el dolor de quienes han visto, sentido, sabido, vivido y muerto…

LaertesDurante demasiado tiempo.

Zorro

Zorro vino al mundo como uno más de los seres que abrazan la vida por puro instinto aún sin haberla deseado.

Zorro tuvo suerte: nació en el seno de una familia de raposos astutos y de buenas intenciones para con los demás . Durante su período como cachorro, nada le faltaba a Zorro y disponía de cuanto precisaba. La inmensa frondosidad del Bosque le resultaba todavía desconocida, pero su madriguera era profunda, cálida y confortable. Se esperaban grandes cosas de Zorro, pues en él se depositaban buena parte de las esperanzas de su clan, y él había desarrollado una fuerte consciencia de sí mismo y de su potencial. 

Hemos mencionado que Zorro provenía de una estirpe astuta, y fue precisamente de allí de donde heredó Zorro su inteligencia y madurez… Y fueron ambas las que avivaron en su interior un fuego que sigue ardiendo y que no ha menguado desde entonces: la curiosidad. Y fue precisamente esta la que le llevó a dejar la comodidad de su hogar y a internarse en lo más profundo del Bosque antes de tiempo.

Y es que, si bien Zorro era feliz en su madriguera con los suyos, ya hacía tiempo que en él había despertado el afán de conocer el Bosque, de nutrirse directamente de él y de su conocimiento, de vivir aventuras, de conocer a sus moradores, de ser parte del todo y de ver qué existía más allá de los límites de su cubil… Pero como ya hemos advertido, con demasiada precocidad.

En su audaz vagar por la hojarasca del Bosque que se abría al fin ante él, Zorro topó con Ciervo. Acostumbrado a moverse entre áreas seguras y controladas, Zorro se presentó tímido y precavido en este primer contacto con el ser de la foresta: ya por aquel entonces prefería ir con sigilo a abalanzarse con las fauces por delante. Sin embargo, en esta ocasión, Zorro abandonó su escondite y se mostró ante los ojos de Ciervo, cuya mirada parecía siempre otear más allá de los árboles, las rocas y los ríos, penetrando más allá de los confines del Bosque mismo. Y nuevamente, contra todo pronóstico, Ciervo no emprendió la huida ante la presencia del depredador anaranjado. Desconcertados el uno por la reacción del otro, procedieron a aproximarse, se olfatearon e incluso jugaron juntos durante varias semanas. Se convirtieron en compañeros y forjaron un lazo. Y, eventualmente, Zorro llegó a convencerse de que el Bosque era, tal y como había pensado durante muchas noches cobijado en su madriguera, un Edén, un remanso de paz, bondad y, ¿por qué no? felicidad. 

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Fue entonces cuando sobrevino la primera cornada.

No supo ni cómo ni por qué, pero en mitad de uno de tantos días de recreo, las astas de Ciervo hendieron en la carne de Zorro. La sangre manó profusamente, pero la disculpa de Ciervo por el aparente accidente y el perdón de Zorro bastaron para que el trágico asunto no cobrase más importancia de la que tenía. Pero antes incluso de que la herida sanase, el filo de la cornamenta refulgió por segunda vez durante apenas un segundo en mitad de la oscuridad de la noche. Y esta vez, quizás por la furtividad de la estocada, quizás por el dolor residual del primer ataque, quizás por la traición que se percibía en el acto… Zorro fue herido de gravedad. Con la visión nublada y al borde del colapso, rechazó a Ciervo gruñendo y mostrando los colmillos amenazadoramente. Y cuando se vio al fin libre de todo peligro, se dejó caer en la tupida hierba teñida de carmesí y se sumió en un profundo sueño del que tardó varios días en despertar.

El regreso al lejano hogar fue una calamidad para Zorro: sin la atención adecuada en el momento adecuado, no sólo sus heridas cicatrizaron mal: también le marcaron de forma indeleble para el resto de sus días. No volvería a cazar con la misma precisión que hasta entonces había demostrado, sus patas ya no aguantarían correr largas distancias sin sentir fatiga y dolor, su olfato se había atrofiado y su oído ya no le permitía diferenciar el canto de las aves más deliciosas de las menos suculentas. Y, por encima de todo, sintió el miedo y la decepción. Miedo hacia lo desconocido que yacía oculto tras la infinidad de ramas y maleza del bosque y que podía ocasionarle cualquier tipo de daño. Decepción por la traición de Ciervo y por su propia ingenuidad, tan característica de cualquier cachorro que se precie.

Durante la travesía, el dolor, sumado al impulso de rendirse debido a la severidad de sus heridas, hizo mella en su cuerpo y en su espíritu, y esta sería una constante en su futuro porvenir. En un par de ocasiones estuvo realmente cerca de ser besado en los labios por la Dama Muerte, pero el instinto de la vida se antepuso y le insufló fuerza desde lo más profundo de su ser. Finalmente, llegó a la madriguera esbozando entre jadeos una sonrisa amarga y cansada que sería su signo de identidad durante largo tiempo. Su familia le recibió con los brazos abiertos y lamió sus heridas en vano, pues las astas de Ciervo, como sus ojos, penetraban más allá de lo que podía distinguirse en superficie. Cuando se hizo un ovillo y logró descansar plácidamente en lo más recóndito de su madriguera, le sorprendió percatarse de lo mucho que había añorado su refugio a lo largo de los tormentosos días a la deriva.

Los años pasaron y Zorro creció y aprendió de su experiencia con Ciervo, pero a un elevado precio. Su carácter, otrora resplandeciente y colmado de esperanza, se tornó sombrío y áspero a causa del sufrimiento resultante de la lección del Bosque.

Hermano Zorro, quien siempre había profesado gran amor y atención hacia Zorro, le informó de que conocía a alguien de confianza que podía ayudarle a atravesar la dura etapa existencial que se encontraba recorriendo. Aun a pesar de su desinterés, y de dudar de que pudiese existir algún ser benévolo en el Bosque tras su historia con Ciervo, Zorro aceptó la proposición de Hermano Zorro 

Al alba del día siguiente, los dos canes dejaron la madriguera y trotaron dentro de los límites del dominio del clan, para evitar a otros depredadores y peligros del Bosque. Y entonces, Hermano Zorro presentó a Serpiente. Zorro nunca había conocido a ningún ser remotamente parecido a Serpiente y la impresión que el reptil causó en él fue profunda y notable. Por su parte, los afilados ojos de Serpiente se estrecharon más que de costumbre cuando se posaron en el rostro todavía demacrado de Zorro. Cuando este le preguntó a Serpiente si quería unirse a él como compañera de viajes para explorar el Bosque, por toda respuesta, la bífida lengua del ofidio siseó resonando en todo el páramo.

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Zorro y Serpiente se convirtieron en más que camaradas durante sus días y sus noches mientras descubrían y se maravillaban con los secretos del Bosque. Como lo hizo en su día con Ciervo, Zorro encontró en Serpiente su razón de ser y el Bosque comenzó a perder interés para él. Peor aún: Serpiente se convirtió en el nuevo Bosque de Zorro. Y, cuando la ladina Serpiente supo que era el momento perfecto de descubrir su auténtica naturaleza, mudó su piel escamosa e hipnotizó a Zorro con un poderoso embrujo para a continuación morderle en el cuello con sus colmillos rebosantes de veneno. Y cada vez que la ponzoña se diluía en su sangre, el espíritu de Zorro se quebraba más y más. Fueron tantos los embrujos, que Zorro llegó a hipnotizarse a sí mismo por puro hábito: así de bien conocía ya las palabras mágicas de Serpiente. Fueron tantas las dentelladas, que Zorro se volvió adicto a su intenso veneno. Serpiente se convirtió en la droga de Zorro, una droga tan potente, que incluso a sabiendas de que se había transformado en poco más que un títere, no podía luchar contra la tentación de resistirse a la influencia del tóxico. 

Y por fin, un venturoso día, Serpiente se fue de la misma forma que llegó: reptando sigilosamente y sin dejar rastro. Quizás olfateó una presa más sabrosa, quizás sencillamente se cansó de morder el mismo cuello una y otra vez. Fuese por la razón que fuese, Zorro era libre, pero volvía a encontrarse al límite de sus fuerzas. Y en esta ocasión, llegó a sentir como los huesudos dedos de Dama Muerte acariciaban su hocico con gélida ternura para poco después esfumarse súbitamente.

Hermano Zorro lo encontró extenuado al borde de un acantilado y lo cargó en su lomo durante toda la vuelta a casa. Una vez logró despertar, Hermano Zorro se disculpó por todo lo acaecido con Serpiente y asumió toda la responsabilidad de su error. Pero Zorro entendió que el error sería no extraer ninguna enseñanza de ese capítulo de su vida y que él mismo había sido responsable al ser consciente del daño que se estaba infligiendo al exponerse ante un veneno a cuyos efectos parecía no ser capaz de inmunizarse. Esta vez la sanación de sus terribles heridas tomó menos tiempo del esperado: a fin de cuentas, el Bosque estaba volviendo a Zorro más fuerte, más resistente y más sabio. Eso, o que se estaba acostumbrando con sorprendente facilidad al dolor y al sufrimiento…

En una de sus tantas jornadas de cacería, Zorro llegó a un claro del Bosque que no conocía. Fatigado por el ejercicio, se acercó a las aguas de un arroyo cercano para saciar su sed cuando de pronto le interrumpió un sonoro graznido. Zorro elevó la vista y descubrió a un ave de gran tamaño al otro lado de la orilla. Garza sabía que tenía ante sí a un depredador y conocía bien la astucia de los raposos: un descuido podía costarle la vida… Y sin embargo se veía demasiado absorta como para emprender el vuelo. En cuanto a Zorro, desconocía por qué, pero su capacidad para confiar en el resto de seres del Bosque, que ya creía agotada debido a sus desafortunadas experiencias con Ciervo y Serpiente, brotó de su interior a borbotones con inusitada fuerza. Estuvieron contemplándose durante un prudencial lapso de tiempo divididos por el torrente hasta que finalmente comenzaron a dialogar el uno con el otro. Y descubrieron que tenían poco o nada en común entre ambos, y que, sin embargo, se atraían mutuamente. Pero eran tantas las diferencias… Garza no disponía de patas con las que correr, ni siquiera de colmillos. Zorro no tenía alas con las que volar, ni pico con el que atrapar los peces como hacía el ave. Intentaron bordear el río con todas sus fuerzas, pero sus aguas eran demasiado caudalosas y profundas. Con todo, a base de buena voluntad y amor, lograron anteponerse a las enormes diferencias que los separaban y gozaron de una feliz etapa juntos. 

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Fue entonces cuando Garza cayó víctima de una grave enfermedad.

Zorro hizo cuanto pudo, pero sus esfuerzos resultaron en vano ya que nada podía hacer desde su ribera por Garza y, en lo referente a ella, estaba demasiado débil como para experimentar mejora alguna. La incapacitante enfermedad de Garza se mantuvo durante un largo tiempo y no fue tarea fácil mostrarse fuerte en los momentos especialmente críticos. La situación de Garza dificultó la relación que mantenía con Zorro y se acabó generando una nociva dependencia entre ambas criaturas. Sin embargo, los esfuerzos de Garza acabaron dando sus frutos y, lentamente, su estado comenzó a estabilizarse y a recuperar la salud. Ilusionado por el giro de los acontecimientos, Zorro pensó que todo volvería a como era antes, pero se equivocaba: los estragos de la enfermedad habían cambiado a Garza, quien había decidido fortalecerse a sí misma y por sí misma para no tener que volver a depender de Zorro ni de nadie más.

Llegó el Invierno, y con él sus vientos, que enfriaron las aguas del arroyo y el vínculo entre Garza y Zorro. Sin importar el qué ni el por qué, las cosas habían cambiado con los años. Quizás fue Garza. Quizás fue Zorro. Quizás fueron ambos. Quizás fue el Bosque.

Agotado por dentro y por fuera, Zorro abandonó el claro por primera vez en mucho tiempo. Su corazón albergaba demasiadas dudas y demasiado dolor y corrió sin rumbo fijo durante meses: nunca había estado tan confuso y perdido. Desesperado por la situación, desandó sus pisadas para volver junto a Garza. En ese momento de debilidad deseó de todo corazón poder ignorar las diferencias, el cauce insalvable del río, la enfermedad de Garza y todo cuanto había cambiado.  

En el preciso momento en el que llegó, ya era demasiado tarde: con el batir de sus alas, Garza remontaba el vuelo para dejar el claro para siempre. Zorro aulló angustiado durante horas y Garza guardó silencio durante horas: la decisión estaba tomada y era irrevocable. Zorro entendió enmudeciendo por fin y Garza se alejó hasta perderse en el horizonte. No era un final digno de su capítulo, pero era un final que estaba escrito desde hacía ya mucho tiempo. Desde antes incluso de que llegase el gélido Invierno. Resultó ser la mejor de las posibilidades: sus diferentes naturalezas los apartaban más que todos los ríos del Bosque juntos.

 

Ha pasado el tiempo y hoy Zorro tiene un nuevo compañero: Chacal. 

Como autor de este cuento, que aún ahora sigue escribiéndose, les deseo lo mejor a Zorro y a Chacal a medida que corren, juegan y aúllan por el Bosque. Ojalá que bebáis hasta la última gota de sus ríos, degustéis hasta la última de sus frutas, olfateéis hasta la última de sus fragancias, piséis hasta la última de sus briznas de hierba y escuchéis hasta la última de sus melodías.

Y cuando al final, después de todo, el Bosque ya no guarde más secretos para vosotros dos… Viajad y explorad otro Bosque. Uno que sea aún más grande y maravilloso que este.

Si es que acaso existe.

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Lata de sardinas

Abres los ojos. Es un nuevo día. Dejas la cama con desgana, acariciándola con todo el cuerpo, profesando con un sólo gesto más cariño del que muchos de los llamados “amantes” de hoy en día saben dar. Te apoyas primero sobre el pie derecho, para que luego no se diga que fue culpa tuya. Te plantas frente al espejo y tratas de deshacer ese desastre que tienes por cara. Limpias las legañas, sientes la humedad del agua cercenando tu piel. Aplicas la loción hidratante, confiando en que oculte las cicatrices que nadie salvo tú puedes apreciar. Pero lo haces por si acaso porque sería demasiado arriesgado permitirse el lujo de que alguien más reparase en ellas.

Es la misma cara de todas las mañanas. ¿Qué esperas conseguir que no hayas conseguido ya día tras día durante años y años…?

 Te vistes con cuidado, no vayas a dar la nota, y cuelgas al hombro la bandolera, más vacía que llena. Abandonas el confort del hogar y desciendes en el ascensor. Giras el picaporte del portal.

Y ante ti, el mundo exterior: el ruidoso mundo exterior.

Te abruma el bullicio, el tráfico, el humo, el frío, los extraños y sus extrañas vidas. La tentación de volver sobre tus pasos besa tu cuello y roza tu nuca con dedos de seda fina. Qué fácil sería, realmente, huir de todo y de todos. Pero no es lo que se espera de ti. Das tu primera zancada con el pie derecho, para que luego no se diga que fue culpa tuya. Los semáforos en rojo te dan tiempo para pensar hasta que el hombrecillo verde se deja ver por fin, tímido o perezoso. Un coche casi te atropella, porque para los conductores la bombilla ámbar no significa circular con precaución, por extraño que a ti te lo parezca. Ni siquiera te sorprende lo cerca que ha estado de esfumarse todo. Toda tu reacción se basa en fulminar al sujeto tras el volante con una mirada cansada. Hasta de la rabia te han privado, piensas a medida que aceleras el paso para alcanzar el otro lado de la acera. En la acera nada ni nadie te atropella, salvo los ojos y los empujones resignados del resto de transeúntes para quien tú eres el desconocido, el intruso, el cero a la izquierda.

Vivir en sociedad es un mal trago. Nadie te conoce ni tú conoces a nadie. Es incómodo, frío y estéril. Se siente como compartir algo con alguien de quien no sabes nada ni sabes si quieres saber algo. Y ante el temor de tratarlos como quizás no se merezcan, la mejor alternativa parece ser guardar un silencio que deja a los de los velatorios de los cementerios en apenas un silencio de pentagrama. 

Guareces las manos en los bolsillos del abrigo, protegiéndote de un frío que sabes bien que no es producto del mes de Noviembre. Sigues con los ojos una estela que se aleja a unos metros: ahí va tu autobús. Buscas nuevamente la rabia en tu interior, esa a cuya ausencia ya te has acostumbrado como un perro bien amaestrado. El panel luminoso de la parada indica que quedan 11 minutos de espera. Esperar es como el “ABC” de la vida.

Te entretienes observando el ir y venir de los autómatas de la ciudad. Pero más que entretenido, resulta inquietante, como un sombrío desfile digno de la literatura de Poe. Llegan nuevos personajes a la parada. Se abstraen en sus móviles inteligentes. Te sonríes con amargura cuando recuerdas que hace algún tiempo leíste una frase que era algo así como “móviles inteligentes para personas tontas”. Pero lo que más gracia te hace es que muy probablemente tú pareces igual de estúpido cuando la pantalla de tu dispositivo ilumina tu cara, revelando las cicatrices, arrugas y la grasa de esa fabulosa loción hidratante que como otras tantas cosas, sirve para poco o nada a la hora de la verdad.

El autobús se planta ante ti con un chirriar de frenos. Montas. Pasas la tarjeta. Bip. El conductor ni te mira a los ojos, ni tú a él: total, seguro que conduce como el culo. Y ahora sí, la crema y nata de la sociedad descubre su magnificencia y sus encantos ante ti. Avanzas por el pasillo mirando de lado a lado, juzgando y siendo juzgado por el resto de sardinas de la lata sobre ruedas. Encuentras tu espacio en la parte intermedia, y agradeces ser de pequeño tamaño, porque eso facilita mucho las cosas. Y por un momento, temes haberte vuelto sordo, hasta que alguien tose. Es sorprendente la facilidad con la que se llega a olvidar que la sociedad suena así: vacía, envasada, hueca, rota, moribunda. Decenas de personas que comparten una misma dirección, pero no el mismo viaje.

Los autobuses son como pequeños ecosistemas, en los que se podrían hacer multitud de fructíferos estudios experimentales. En ellos, se lucha por sobrevivir y por los recursos con una ferocidad digna de bestias carroñeras. Un asiento vacío es algo por lo que merece la pena moverse rápido, aun si para ello tienes que sentir cómo crujen tus entumecidos y oxidados huesos… Si llegas a tiempo, claro. Si no llegas, resignación, vergüenza, derrota. Y si llegas, sabes que estás en lo más alto de la cadena alimenticia, aunque sea durante un viaje de 30 minutos, pero ¿quién eres tú para privarte de tamaña victoria?

Y se produce un curioso fenómeno cuando alguien se te sienta al lado: no sabes si es invasor, compañero o ambas respuestas son incorrectas. Y cuánto te confunde ese conflicto de sensaciones… Porque, por un lado, te sientes solo cuando abarcas demasiado espacio vital y realmente llegas a desear que alguien te tome en sus brazos y consuele tus miedos e inquietudes, pero por el otro, amenazado por si alguien lo asedia y viola sin miramientos. Y el debate interno se intensifica aún más cuando caes en la cuenta de que no es tan interno como pensabas: es recíproco y mutuo. Es casi como si compartieses un tácito “lo siento” con esa persona, para después pararte y pensar: “¿Qué es lo que siento exactamente…?”

Ni idea, ¿verdad? A fin de cuentas, las sardinas en lata no existen para pensar y mucho menos para sentir: únicamente sirven para ser consumidas.

 

Llegas a tu destino. Resoplas aliviado. La puerta mecánica del autobús se abre de par en par y vuelves a contemplar el mundo exterior: el ruidoso mundo exterior. El alivio ha durado eso, un resoplo. Puede que ni eso. 

Abandonas la lata de sardinas con el pie derecho.

Para que luego no se diga que fue culpa tuya.

 

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