El Vergel

Hay un vergel en mi interior que por más que lo riego no crece.

He probado con regaderas de todos los tamaños imaginables y con aguas de manantiales legendarios. Recuerdo una vez que para cuando tuve llena una de las regaderas, me pesaba tanto en los brazos y en los hombros con una única gota cubrí todo mi jardín, para mi satisfacción. No fui consciente hasta la mañana siguiente de que la dosis había sido mortal.

Al principio pensé que igual la culpa era de una plaga de topos celosos de la belleza en potencia de mi diminuto vergel, así que los busqué por aquí y por allá armado con un pico y una pala. Y, cosas de la vida: tenía yo razón con lo de la plaga, salvo que en lugar de encontrarme con una sociedad de feroces mamíferos peludos, el responsable resultó ser un solitario y peludo mamífero que usaba garras de metal.

Más adelante, llegué a pensar que igual lo que necesitaba mi jardín era gasolina y una cerilla. Pensé: “bueno, está claro que este jardín no quiere florecer así que quizás sea cosa de intentarlo con el que le sobreviva”. Y así, resuelto y decidido, lo quemé por completo hasta la última hoja y el que casi no sobrevivió fui yo.

Tras esto, desesperado, decidí poner a la venta mi yermo y carbonizado terreno, pero naturalmente, nadie lo quería para sí. Se acercó una simpática ancianita, más interesada por la trágica historia de mi jardín que por el beneficio agrícola que podía aportarle, si es que acaso este podía ser alguno. A regañadientes, y no sin que la vergüenza se me pintase en el rostro, le conté todo acerca de mi vergel y todos mis intentos en balde por traerlo a la vida: que si regaderas de 2 metros de grande, que si agua traída del mismísimo Amazonas, que si topos por todas partes… le hablé hasta del rayo que había provocado el reciente incendio en mi huerto pese a ser Verano y que no hubiese habido tormentas desde Marzo. El asunto es que la vi tan atenta a mis palabras que incluso se lo ofrecí totalmente gratis, como regalo por su interés y buena voluntad.

“Uy no, no, joven… Es una historia terrible la que me cuenta, pero a mí me da que yo no tendría nada que hacer con un jardín tan tozudo y arisco como este. Me ha dicho que ha intentado todo lo posible para hacerlo florecer, ¿no?

-¡Todo, señora, todo, se lo aseguro…!

-Todo… Todo… ¿Verdad…?-Enarcó una ceja, arrugando su frente hasta el punto de que parecía desafiar todas las leyes de la física y la materia. Su expresión se tornó tan propia de un ave rapaz que enmudecí súbitamente durante un instante que ella no dudó en aprovechar para seguir hablando-¿Sabe…? No sea tan duro con él, joven. ¿Qué culpa tiene él de que ningún agua por milagrosa que sea le haga bien? ¿Y qué me dice de los topos o de haber sido fulminado por un rayo (que ya es mala suerte en Verano)…? Por otro lado, si como usted dice lo ha intentado todo sin éxito, no le negaré que parece bastante inútil esforzarse, ¿no le parece? Ya se lo digo yo, y confíe en mis palabras: nadie va a aceptar ni querer este jardín como regalo y mucho menos a cambio de algo. No en vano ni siquiera usted, joven, que es su propietario, lo hace…”

En aquel momento no añadí nada más. De hecho, por el contrario, dejé que las palabras de la ancianita calasen en mis oídos, pesadas como losas, mucho después de que ella se hubiese alejado pasito a pasito de mi ahogado, acuchillado, yermo, carbonizado y patético jardín.

Y a la mañana siguiente, cuando salté de la cama y salí del interior de mi casa, recorrí mi vergel, que por primera vez sentí como mío propio (reparé en que ni siquiera era capaz de recordar cuántos años llevábamos juntos en esta atípica relación agricosocial que habíamos fraguado), le dediqué un amago de sonrisa… Y no hice nada más.

Y así durante una semana, hasta que al octavo día aparecieron de la nada unos nubarrones negros cargados de las aguas de los confines más lejanos y de algún que otro relámpago (inofensivos, esta vez, afortunadamente) que se precipitaron sobre mí y sobre mi vergel con una energía insospechada. Me avergüenza decir (aunque sea otro tipo de vergüenza, una vergüenza de la que sentirse secretamente orgulloso) que bailé al son de aquella espectacular tormenta de Verano y de que resbalé con el barro y el lodo formados hasta que acabé del mismo color y textura que mi baldío y querido vergel. Ah, y afónico de reír…

Al día siguiente, lo encontré mientras efectuaba mi paseo matutino, pese a la fiebre y el infame dolor de cabeza. Aún hoy no consigo entender cómo conseguí avistarlo, porque estaba bien oculto y enterrado. Deduzco que quería ser encontrado por mí y que de algún modo me lo hizo saber de una forma mágica y misteriosa:

 

Era el primer brote.

Y en cuanto lo vi verde, fuerte y fresco, sentí que ya era suficiente, que ya bastaba. Que todo lo pasado y vivido junto al jardín hasta ese día había merecido la pena. ¿Recordáis la dichosa regadera esa de 2 metros…? Aquel día podría haberla llenado lo menos 6 veces sólo con mis lágrimas.

Antes he dicho que aquel fue el primer brote y, en efecto, así fue. De muchos. De cientos. De miles. De millones. A lo largo del tiempo, les he buscado un nombre a todos, y los he mantenido a lo largo de su madurez y sí, tiempo después de que muriesen ya adultos. Y creedme, han pasado muchos, muchos años… Tantos que ahora todo yo está igual de arrugado que la frente de la maravillosa ancianita de aquel día cuando enarcaba su ceja. Qué puedo decir… Será que tengo una gran memoria, ¿no?

 

 

Hay un vergel en mi interior que por más que lo riego no crece.

¿Y qué? Supongo que ya ha crecido todo lo que tenía que crecer y ha florecido todo lo que tenía que florecer.

Me parece perfecto.lluvia-cielo-nublado-plomizo-waxing-storm-campo