El Muro

Los muros tienden a ser sinónimo de obstáculos.

En ocasiones, es tan simple como contar con las herramientas necesarias para franquearlos: una escalera maciza, una cuerda que no te abrase las manos en el ascenso o un pico afilado para demolerlos.

En otras, los muros adquieren una astucia insólita, cambian los ladrillos por barrotes de frío metal y se transforman en presidios de alta seguridad cuya cerradura no cede ante ninguna llave existente.

Aún más crueles son los muros que te observan y conocen hasta tal punto que optan por adoptar un tono celeste para transmitirte una falsa sensación de sosiego. Se engalanan con tus imágenes favoritas, proyectan una luz grata y resplandeciente y hasta se impregnan de tu propia fragancia para trastornarte y hacerte creer que ese es el lugar al que perteneces. Te esclavizan mucho antes de que empieces a sospechar.

Y cuando por fin desenmascaras la farsa, se te antoja absurdo cómo tan sólo cuatro paredes bastan para seducirte y enturbiar tus sentidos, y a cada día que transcurre te hacen sentir náufrago sin necesidad de océanos ni mares. 

La claustrofobia es más y más asfixiante conforme mayor es el contraste entre lo que debería ser confortabilidad pero es en realidad anatema para tu ser. Son muros similares a hermosos recipientes de marfil sellados al hermético vacío en cuyo interior vagas a la deriva.

Y todavía no os he hablado del tipo de muro más infame que se ha ideado jamás: el invisible, el que no huele a nada que lo delate, el intangible, el inabarcable, el ilimitado:

Los que comienzan en mí y terminan en mí
El que comienza en ti y termina en ti.