El Vergel

Hay un vergel en mi interior que por más que lo riego no crece.

He probado con regaderas de todos los tamaños imaginables y con aguas de manantiales legendarios. Recuerdo una vez que para cuando tuve llena una de las regaderas, me pesaba tanto en los brazos y en los hombros con una única gota cubrí todo mi jardín, para mi satisfacción. No fui consciente hasta la mañana siguiente de que la dosis había sido mortal.

Al principio pensé que igual la culpa era de una plaga de topos celosos de la belleza en potencia de mi diminuto vergel, así que los busqué por aquí y por allá armado con un pico y una pala. Y, cosas de la vida: tenía yo razón con lo de la plaga, salvo que en lugar de encontrarme con una sociedad de feroces mamíferos peludos, el responsable resultó ser un solitario y peludo mamífero que usaba garras de metal.

Más adelante, llegué a pensar que igual lo que necesitaba mi jardín era gasolina y una cerilla. Pensé: “bueno, está claro que este jardín no quiere florecer así que quizás sea cosa de intentarlo con el que le sobreviva”. Y así, resuelto y decidido, lo quemé por completo hasta la última hoja y el que casi no sobrevivió fui yo.

Tras esto, desesperado, decidí poner a la venta mi yermo y carbonizado terreno, pero naturalmente, nadie lo quería para sí. Se acercó una simpática ancianita, más interesada por la trágica historia de mi jardín que por el beneficio agrícola que podía aportarle, si es que acaso este podía ser alguno. A regañadientes, y no sin que la vergüenza se me pintase en el rostro, le conté todo acerca de mi vergel y todos mis intentos en balde por traerlo a la vida: que si regaderas de 2 metros de grande, que si agua traída del mismísimo Amazonas, que si topos por todas partes… le hablé hasta del rayo que había provocado el reciente incendio en mi huerto pese a ser Verano y que no hubiese habido tormentas desde Marzo. El asunto es que la vi tan atenta a mis palabras que incluso se lo ofrecí totalmente gratis, como regalo por su interés y buena voluntad.

“Uy no, no, joven… Es una historia terrible la que me cuenta, pero a mí me da que yo no tendría nada que hacer con un jardín tan tozudo y arisco como este. Me ha dicho que ha intentado todo lo posible para hacerlo florecer, ¿no?

-¡Todo, señora, todo, se lo aseguro…!

-Todo… Todo… ¿Verdad…?-Enarcó una ceja, arrugando su frente hasta el punto de que parecía desafiar todas las leyes de la física y la materia. Su expresión se tornó tan propia de un ave rapaz que enmudecí súbitamente durante un instante que ella no dudó en aprovechar para seguir hablando-¿Sabe…? No sea tan duro con él, joven. ¿Qué culpa tiene él de que ningún agua por milagrosa que sea le haga bien? ¿Y qué me dice de los topos o de haber sido fulminado por un rayo (que ya es mala suerte en Verano)…? Por otro lado, si como usted dice lo ha intentado todo sin éxito, no le negaré que parece bastante inútil esforzarse, ¿no le parece? Ya se lo digo yo, y confíe en mis palabras: nadie va a aceptar ni querer este jardín como regalo y mucho menos a cambio de algo. No en vano ni siquiera usted, joven, que es su propietario, lo hace…”

En aquel momento no añadí nada más. De hecho, por el contrario, dejé que las palabras de la ancianita calasen en mis oídos, pesadas como losas, mucho después de que ella se hubiese alejado pasito a pasito de mi ahogado, acuchillado, yermo, carbonizado y patético jardín.

Y a la mañana siguiente, cuando salté de la cama y salí del interior de mi casa, recorrí mi vergel, que por primera vez sentí como mío propio (reparé en que ni siquiera era capaz de recordar cuántos años llevábamos juntos en esta atípica relación agricosocial que habíamos fraguado), le dediqué un amago de sonrisa… Y no hice nada más.

Y así durante una semana, hasta que al octavo día aparecieron de la nada unos nubarrones negros cargados de las aguas de los confines más lejanos y de algún que otro relámpago (inofensivos, esta vez, afortunadamente) que se precipitaron sobre mí y sobre mi vergel con una energía insospechada. Me avergüenza decir (aunque sea otro tipo de vergüenza, una vergüenza de la que sentirse secretamente orgulloso) que bailé al son de aquella espectacular tormenta de Verano y de que resbalé con el barro y el lodo formados hasta que acabé del mismo color y textura que mi baldío y querido vergel. Ah, y afónico de reír…

Al día siguiente, lo encontré mientras efectuaba mi paseo matutino, pese a la fiebre y el infame dolor de cabeza. Aún hoy no consigo entender cómo conseguí avistarlo, porque estaba bien oculto y enterrado. Deduzco que quería ser encontrado por mí y que de algún modo me lo hizo saber de una forma mágica y misteriosa:

 

Era el primer brote.

Y en cuanto lo vi verde, fuerte y fresco, sentí que ya era suficiente, que ya bastaba. Que todo lo pasado y vivido junto al jardín hasta ese día había merecido la pena. ¿Recordáis la dichosa regadera esa de 2 metros…? Aquel día podría haberla llenado lo menos 6 veces sólo con mis lágrimas.

Antes he dicho que aquel fue el primer brote y, en efecto, así fue. De muchos. De cientos. De miles. De millones. A lo largo del tiempo, les he buscado un nombre a todos, y los he mantenido a lo largo de su madurez y sí, tiempo después de que muriesen ya adultos. Y creedme, han pasado muchos, muchos años… Tantos que ahora todo yo está igual de arrugado que la frente de la maravillosa ancianita de aquel día cuando enarcaba su ceja. Qué puedo decir… Será que tengo una gran memoria, ¿no?

 

 

Hay un vergel en mi interior que por más que lo riego no crece.

¿Y qué? Supongo que ya ha crecido todo lo que tenía que crecer y ha florecido todo lo que tenía que florecer.

Me parece perfecto.lluvia-cielo-nublado-plomizo-waxing-storm-campo

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De la sociedad actual

Esta tarde recordé, de forma inesperada, que hace tiempo, cuando mi cuenta de Ask.fm estaba activa (me temo que llegáis tarde), alguien me formuló una pregunta muy interesante para cuya respuesta tuve que dedicar cerca de un mes de profunda reflexión. Dicha pregunta era: “¿Qué palabra crees que te define mejor?”.

Para los no familiarizados con la red social, ya os informo de que es la que he puesto en negrita es una interrogante algo atípica, al menos desde mi experiencia frecuentando la web mencionada. Habitualmente, los usuarios de Ask.fm tienden a demandar información muy específica y concreta, con el fin de satisfacer sus ansias de morbo y de quedar ahítos de detalles truculentos y/o secretos. De hecho, cuantos más y en mayor intensidad posibles estos detalles, mejor, y creo que es precisamente por eso por lo que me la tomé tan en serio. A día de hoy, creo poder decir que me sigue pareciendo una de las mejores preguntas que me han hecho nunca.

Reducir todo el significado de mi ser, mi identidad, a tan sólo una palabra fue una búsqueda introspectiva ardua e intrincada incluso para mí, hecho ante el que quedé gratamente sorprendido, pues me considero un sujeto en constante autoanálisis y que dedica buena parte de su tiempo a intentar saber quién, cómo y por qué es como es. Entre otras cosas, es por este motivo por el que estudio Psicología.

Lejos de alargarme y de aburriros con todos los posibles candidatos (fueron MUCHOS) en la empresa de establecer la definición más acertada de mi Yo, me decanté finalmente por el adjetivo “incomprendido”. E incluso ahora, echando la vista al pasado, me reafirmo con satisfacción de haber elegido esa palabra y no otra, porque creo que es una buena síntesis de lo que soy y de cómo me siento desde hace ya bastantes años.

Pero al contrario de lo que pueda parecer con estos párrafos, y opuestamente a la línea de lo que se consume en Ask.fm (y en todas las redes sociales existentes, para qué negar lo evidente), no vengo a hablaros de mi ego ni de mi, sino del conflicto entre individualismo y colectivismo y también de las relaciones humanas y de su vasta complejidad en los tiempos modernos.

 

En ocasiones, resulta un esfuerzo titánico poder determinar con precisión dónde acaba el individuo y dónde empieza el colectivo. Especialmente en nuestra sociedad actual, más globalizada, más yuxtapuesta, más simbionte, más, perdonad la redundancia, “social” que nunca en la Historia de la humanidad. Se puede afirmar abiertamente y sin temor a equivocarse que vivimos en la era en la que más difícil es ser uno y en la que más fácil es ser parte del todo. No hablo de que estemos viviendo una paulatina caza de brujas del individuo aislado, (huelga aclarar que la especie humana es eminentemente gregaria y social, hasta ahí estamos, ¿no?), sino de una progresiva extinción de la individualidad del ser humano a favor del progreso del colectivo. A modo de paradigma, es como si hubiésemos dejado de ser hormigueros independientes entre nosotros para haber pasado a formar parte de una mente enjambre total y absoluta y a operar bajo los designios y mandatos de una única hormiga reina.

Tampoco digo que esto haya sido cosa exclusiva del siglo XXI ni una consecuencia retardada de ese “Efecto 2000” con el que tanto miedo nos metieron nuestros mayores. Esto viene de antes, de mucho antes, de siglos atrás. Pero durante las últimas décadas,y estrechamente relacionado con el salto tecnológico, este fenómeno se me antoja cada vez más desorbitado y palpable, como si no conociese límites. Y lo peor de todo es que el único fin a la vista, la única luz al final del túnel, parece ser el del colapso derivado de nuestro propio e insostenible peso.

Atención, no digo en absoluto que este “colectivismo” no tenga sus beneficios, porque están ahí, a la vista de todos. Pero en lo que a relaciones humanas INDIVIDUALES se trata… O me parecen insuficientes, o directamente no los veo. 

Gran parte de culpa de esto la tienen los medios, la tecnología y una entidad incorpórea terriblemente poderosa y que yo personalmente encuentro fascinante: la moda. Y no, no me refiero a la de pasarela, precisamente, si no a las tendencias. Y no, tampoco me refiero a los Trending Topic ni a los Hashtags de Twitter. Me refiero a ese yugo invisible que llega de nadie sabe dónde y que un buen día golpea sin piedad, ejerciendo una presión social devastadora que juzga cómo debes vestir, qué debes comer, qué debes hacer, cómo debes pensar, qué tienes que desear, cómo hay que caminar, a qué marca de perfume tienes que oler… Podría seguir así toda la noche de hoy y todo el día de mañana y aún no sería suficiente. Es la pandemia, la Peste Bubónica de nuestro tiempo. Y esta no ha sido un “castigo de Dios” ni un virus accidental: esto la ha desarrollado el ser humano para ser usado por seres humanos contra seres humanos. Triste pero cierto, como dice la canción de Metallica.

Y ay de ti como desafíes a la moda y nades a contracorriente. Porque si la moda es el himno, el estandarte del ejército, y los medios y la tecnología son la caballería… ¿quién es la infantería? Bingo: la sociedad. Tú y yo. Nosotros. Soldados que se rigen por normas y leyes impuestas desde la cúspide y cuya función es la de conseguir que nuestros semejantes las acaten de acuerdo al plan del sistema. Y el método es efectivo de cojones: si el pastor enseña al rebaño a autorregularse de acuerdo a sus intereses y dictamina qué conductas son adecuadas y cuáles inadecuadas, eso que se ahorra en perros ovejeros. Y el rebaño se implica hasta las trancas, porque placer como el de joder a tus semejantes y hacerles sentir en la mierda… Como ese no hay ninguno.

 

¿Es la sociedad entonces el problema? Rayos no, el problema es hasta dónde ha llegado la sociedad en su frenética caída libre sin frenos, o más bien hasta dónde ha llegado la manipulación de la sociedad. Porque la realidad es que vivimos en una dictamocracia. ¿Y en qué afecta eso a las relaciones humanas, que es a lo que yo me refería al poco de comenzar el post? En todo.

Para bien o para mal, el modelo bajo el que se sustenta nuestra sociedad globalizada es el Capitalismo y la máxima del Capitalismo es elaborar, ofrecer y consumir el producto. Y resulta demoledor reconocerlo, pero con la manipulación, los recursos y el marketing apropiados igual vendes un Iphone… Que a una persona. De hecho ya pasa. ¿Creéis que estoy exagerando? Por favor, sacadme del error y decidme qué puñetas es entonces la exitosa web de adoptauntio.es si no una forma de “comerciar” con personas como producto de consumo. Y he puesto este ejemplo porque es el más transparente de todos con los que me he topado hasta el momento. ¿Queréis aún más ejemplos? Tan sólo tenéis que mirar a vuestro alrededor para comprobar que nos han maleado, que han sacrificado nuestro individualismo para nutrir la carne del sistema, de la sociedad, llamadlo como queráis. Lo que se viene llamando una alienación. Y claro, como siempre tiende a pasar, todo, llegado a determinado punto, se resquebraja si se ejerce la fuerza necesaria.

 

Os invito a quedar con vuestros amigos y a contar, si es que podéis, el número de veces que cada uno de ellos se abstrae y se refugia en la pantalla de su móvil para mantener contacto con el resto del mundo, con la sociedad, para decir “Ey, querido Facebook y mis X número de amigos, sigo aquí, tomándome un café con Fulano y Mengana pasando un rato muy agradable, pero aún así al mismo tiempo estoy PERPETUAMENTE CONECTADO AL SISTEMA”. Y no podemos escapar. Ni queremos, en verdad. O bueno, suponiendo que quisiésemos, podríamos dejarlo si nos lo propusiésemos… O no. ¿Alguien dijo droga?

Y aun si lo intentamos, es tarea imposible, un absurdo. Resistirse es inútil. Es el “si no puedes con el enemigo, únete a él” llevado a la práctica, y al final caemos todos, más tarde o más temprano. Por la exclusión, por la soledad, por el miedo a ser diferentes, porque nos tachan y tildan, porque nos censuran, porque nos hacen dudar de nuestra propia valía, porque nos hacen daño, porque no nos vemos capaces de seguir adelante sin el reconocimiento y los “me gusta” de los demás. Porque mal que nos pese, seguimos necesitando a la gente, ansiando su contacto, dependiendo de la posibilidad de interactuar con cuantos nos rodean. Pero he aquí otro problema añadido: cada vez sabemos menos acerca de cómo se lidia en el día a día con nuestros semejantes. En el mundo real, quiero decir. En el cara a cara. He mantenido dilatadas conversaciones por chat con compañeros de clase de la universidad con quienes me he encontrado al día siguiente en un mismo pasillo… Y ninguno ha sido capaz de decir N-A-D-A. Es un hecho preocupante y terriblemente desadaptativo, evolutivamente hablando. Choque de miradas y si te he visto no me acuerdo. Es más, probablemente ni me acuerde de quién eres o de tu nombre. Ahora, si me preguntan por la información que hay en tu muro, con los datos que conozco de ti puedo hacer un ANOVA, toda una tesis doctoral y me sobra para un TFG…

 

 

Asi que bueno, ya sabéis (al menos en el plano social-global, el personal ya habrá oportunidad de abordarlo otro día) por qué fue incomprendido y no caribú (para los de la LOGSE: una forma culta y repipi de llamar a la subespecie americana del reno) la palabra que seleccioné para autodefinirme. Y como yo, no me cabe duda: decenas, centenares, millares, legiones de incomprendidos sociales ahí fuera que piensan igual que yo o de forma similar. Y eso, por poco que nos parezca, es un consuelo: una pequeña chispa de luz en mitad de un océano de oscuridad. Al menos digo yo que unidos, la soledad no nos pesará tanto.

 

No, si al final va a tener razón el Quiz que hice al mediodía en Facebook (ironías de la vida) y va a resultar que sería más feliz en la Florencia del Renacimiento que en estos tiempos locos de móviles inteligentes y de personas vacuas. 

 

Pero que mucho más feliz.

 

Y de propina, por leer tanta parrafada, un caribú:

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De humo

Hoy únicamente puedo pensar en una cosa:

El humo está infravalorado. 

Pregúntale a cualquiera. Te dirá que el humo es desagradable, tóxico y nocivo. Que le provoca escozor cuando entra en contacto con sus ojos. Que apesta. Que mancha. Que contamina. Que asfixia. Que mata. 

Sólo el ser humano es capaz de denunciar con tanto desprecio, a la par que con tanta hipocresía, aquello que le define por la naturaleza de sus propios actos. Sólo él es capaz de incurrir en la paradoja perfecta y de dormir tranquilo por las noches como si jamás hubiese pecado.

No afirmo que no sea yo el bárbaro entre ilustres: es una duda tan razonable como cualquier otra, pero quizás, y sólo quizás, suceda que no todos hayan tenido la oportunidad (o hayan aprendido) a convivir con el humo y quizás por eso a lo largo de los años han aprendido a censurarlo, a evitarlo, a temerlo, a maldecirlo y a odiarlo. 

Me he visto rodeado de humo desde mi más tierna infancia y es posible que ese sea el motivo por el que siempre intento recibirle con una media sonrisa y con una de esas miradas tácitas que se comparten con alguien con quien has vivido demasiadas cosas. Sin embargo, ese humo primigenio y omnipresente no me pertenecía. No lo sentía como mío y ciertamente no lo era en absoluto. Siempre me era impuesto. Y contra todo pronóstico, nunca llegó a molestarme, sino que aprendí a apreciarlo. O también puede que, reduzcamos al absurdo, el humo me gustase desde el primer momento. 

El primer humo del que pude sentirme dueño plenamente, provino del cigarro de un 14 de Febrero de 2009, cuyo consumo fue resultado de la curiosidad y el arrojo tan propios de los adolescentes. Era la primera vez que tomaba uno entre mis dedos, la primera vez que accionaba un mechero con el propósito de hacer lo que tantos me dijeron que no debía hacer nunca: fumar. Como el avezado lector ya debe intuir, esos mismos que aconsejaban (amenazaban se me antoja un término más preciso, pero también más impopular) al autor no fumar, eran fumadores de primera. No sorprende, tan sólo se trata de otra prueba manifiesta de esa ironía que señalaba previamente. De ese “no hagas lo que me estás viendo hacer, porque es malo. Pero si lo hago yo, ya no lo es tanto”.

Quizás lo que más me impactó de la experiencia fue que era el primer cigarro, pero no lo sentí como tal en ningún instante. Fue, como en alguna ocasión he referido, tan natural como el respirar. Y es que para mi, fumar no es ni más ni menos que eso, con la distinción de que, a diferencia de que el proceso respiratorio es una condición necesaria para mantenernos con vida, fumar es un pasatiempo y un placer. También un hábito, provocado por la tremenda adicción que provoca, sí, pero fumar es tan digno de la categoría “placer” como lo son la comida, el sexo o el sueño. 

 

A estas alturas, no me cabe duda de que el lector ya se habrá posicionado en torno a una de las dos posibles posturas que implícitamente se están tratando en el presente ensayo. Seguramente aquel que fume de forma regular cualquier sustancia, coincide conmigo en la enorme fruición que provoca esta actividad. Por contra, un defensor de la idea opuesta podría ofenderse con lo que esta noche estoy escribiendo. De ser así, de forma magnánima (no en vano este es un blog personal y tengo derecho a expresarme) me disculpo por el posible agravio ocasionado, pero no sin antes hablar de la cuestión que ha sido precisamente el detonante de este post y que probablemente los pertenecientes a este segundo tipo de lectores se hayan preguntado miles de veces: “¿Por qué fuman las personas?”. Naturalmente, no dispongo de una respuesta objetiva (si es que la hubiese), pero si al lector le satisface, a continuación yo expongo la mía, que es la única que puedo aportar sin temor a equivocarme, puesto que me pertenece a mi y sólo a mi:

Si yo preguntase: “¿Por qué las personas beben alcohol?”, probablemente un reducido porcentaje de respuestas sería que es debido a que el alcohol sabe bien, frente a un porcentaje notablemente superior que afirmaría que para alcanzar un estado de embriaguez. En otras palabras: para obtener un efecto beneficioso. Si no se abusa de las copas, claro. 

Con el tabaco pasa lo mismo, pero de forma más sutil y difícil de apreciar. No hay una opinión muy generalizada que apueste por el sabor del tabaco, ni siquiera entre los más adictos de los fumadores. A diferencia de otras drogas, como el alcohol, la heroína, la marihuana, el LSD… El tabaco no aporta un efecto de “coloque”, de subidón. Más bien al contrario (y de forma relativamente similar a la marihuana), bastantes consumidores afirman fumar para relajarse y disminuir sus niveles de estrés: es neuroquímica pura. Por el contrario, la mayoría del resto de drogas (y el alcohol es el ejemplo perfecto) se consumen primordialmente con el fin de romper con la monotonía, en pos de la llamada “búsqueda de sensaciones”. En mi caso personal, he aprendido a tolerar el sabor del alcohol y hay ciertos tipos que han acabado por resultarme agradables al gusto, pero jamás diré que consumo alcohol por lo bien que sabe, sino por la desinhibición que desencadena en mi. De hecho, si se analiza con detenimiento, resulta bastante más cuestionable el hecho de ingerir una sustancia cuyo efectos en el consumidor son entre otros enlentecimiento cognitivo y motriz, náuseas, mareos, déficit en el lenguaje o agresividad, sólo por citar algunos. Casi podríamos decir que lo que está buscando un joven cualquiera que sale al centro por la noche, yendo de bar en bar, es atontarse el cerebro a base de chupitos de absenta y que nadie se ofenda, porque ese joven podría ser yo perfectamente.

Y, sin embargo, no deja de resultar curioso que el alcohol esté mejor considerado que el tabaco en nuestra sociedad. Mi única hipótesis se debe a que el consumo de alcohol es, de lejos, más antiguo que el consumo de tabaco, por lo que parece evidente que la memoria histórico-cultural desempeña aquí un importante papel en establecer prejuicios.

¿Qué persigue entonces el fumador con su hábito? Pues una de las finalidades es en parte aceptación y pertenencia al ámbito social, como de nuevo ocurre con el alcohol. La presión social y las teorías del funcionamiento de los grupos tienen sin duda un considerable peso en este tipo de conductas y hábitos. Y siempre ha sido y siempre será así per secula seculorum.

Probablemente el lector conozca el siguiente vídeo:

http://www.youtube.com/watch?v=IZrnURFNbu4 

Que el niño que protagoniza el vídeo es deleznable es un hecho… Pero su mensaje no es del todo desacertado, en lo que a mi respecta. Me considero un individuo con una elevada sensibilidad estética y artística, y del mismo modo que vestimos con unas ropas u otras para proyectar una imagen, también se fuma para aparentar. Y no es tan terrible como parece en primera instancia. Yo, por ejemplo, me siento más seguro de mi mismo cuando estoy fumando y a pesar de que no puedo observarme con otros ojos que no sean los míos, me percibo como más atractivo e interesante, ¿es un crimen tan horrible dedicarme una pizca de amor propio aunque sea de forma sugestionada y artificial…? Pues sí, lo hago en parte para sentirme más chulo, como bien dice el mocoso. Queda a expensas del lector generarse la opinión que guste de esta “revelación” que comparto de la forma más honesta posible porque no me avergüenza y me siento con la absoluta libertad de hacerlo. Y sé lo que muchos pensaréis: “pues te tendrás merecido el cáncer”; si no lo pillo por cualquier otra cosa, querrás decir, responderé yo, y total, de algo hay que morir. Porque eso es como decir que me estoy buscando que me atropelle un coche por cruzar todos los días por los pasos de peatones. “Pues fumar no te hace más atractivo, que lo sepas”; es que no lo hago para los demás, lo hago en pro de mi maltrecho autoconcepto, esa es la cuestión que quiero aclarar. “Pues al final, tú que vas tan de adalid de la cultura, de la sapiencia y de amante de lo profundo, estás siendo tan superficial como el resto”; sin duda, asentiré yo, y en mi derecho estoy. Ya decía Einstein en su genial frase que “todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas“. Pues yo lo extrapolo a todo y también, sí, por qué no, a la superficialidad, esa pandemia que hoy en día nos afecta más que nunca en toda la Historia de la humanidad. Así que no voy a martirizarme por permitirme un poco de ego, cuando mis semejantes no se nutren de otra cosa que del suyo propio.

 

Concluyo, con trato más cercano, diciendo que adoro fumar. Que me hace sentir bien, que disfruto viendo ese espectáculo visual que es la ascensión de las volutas grises danzando por toda la habitación. Que me gusta sentir el humo en mis pulmones, exhalarlo y captar ese aroma que para muchos es motivo de asco y repulsa. Que me asombra, cigarro tras cigarro, cómo se quema y consume el extremo cuando aproximo la llama del encendedor. Que seduce todos mis sentidos cuando una mujer atractiva se lleva a los labios ese cilindro repleto de alquitrán, metano, monóxido de carbono y demás mierda industrial y que aún así logre abstraerme en el momento en el que contemplo cómo deja volar parte de su ser en esa bocanada de espesa niebla que la acompaña flotando hipnóticamente con la misma fidelidad que hace un perro paseando con su amo.

Al menos espero no haberos dejado indiferentes y haberos hecho pensar, o al menos haber sido motivo de vuestro entretenimiento con esta entrada improvisada en esta aburrida noche frente al ordenador.

 

No, es mentira. Lamento decepcionaros, pero os he manipulado y todo lo que habéis leído aquí responde a la única finalidad de persuadiros de la irrefutable veracidad que se esconde tras la frase que ha desencadenado esta debacle literaria:

 

El humo está infravalorado.