Lluvia de otoño

La lluvia de otoño lo vuelve todo doloroso. Áspero. Duro. Resbaladizo. Inestable.

Súbitamente me veo sorprendido por los nubarrones y el bramido del trueno, invocado de ninguna parte. El dulce silencio es roto en mil pedazos de cristal por un repiqueteo que no cesa, que lo taladra todo y provoca un zumbido en mis oídos que no me deja pensar ni sentir con claridad.

La lluvia de otoño se lleva la luz. Me deja a oscuras, a merced de la emboscada de mis propios demonios, esos que tan bien me conocen y que saben dónde oculto mis más secretas debilidades. La humedad cuartea las hojas del libro que estoy leyendo y diluye la tinta de todas y cada una de sus palabras hasta el punto de volverlas ilegibles. Ya nunca llegaré a saber cómo acababa la historia.

La lluvia de otoño anega mi jardín. Lo inunda sin piedad, suministrando más de lo que es capaz de asimilar. Las hormigas se hacinan y levantan montículos funerarios que dibujan profundas cicatrices en la tierra. Cicatrices que sé que seguirán ahí mucho después de que pase el aguacero. Si es que pasa.

La lluvia de otoño enturbia la laguna. La mancilla con un verde enfermizo y la vuelve densa y pantanosa, un festín para los parásitos. La observo con melancolía e inevitablemente acude a mí la memoria de que hace tan sólo unos días era yo quien atravesaba a nado sus aguas cristalinas. Pero eran días sin lluvia. Y todavía eran días de verano.

La lluvia de otoño hace colapsar los nidos de las aves, arranca las hojas de los árboles, enfría todo aquello sobre lo que precipita. En cualquier otra estación, la lluvia es agente de regeneración, de vida. En otoño, la lluvia se disfraza de verdugo y es guadaña.

La lluvia de otoño me roba toda la paleta de tonalidades. La lluvia de otoño me sabe amarga. La lluvia de otoño me cala hasta los huesos y soy incapaz de recuperar el calor, por más que lo intento. La lluvia de otoño engulle el sol. La lluvia de otoño secuestra mis vivencias más felices y las arrastra por el fango. La lluvia de otoño me abofetea hasta dejarme sin sentido una vez, dos veces, tres. La lluvia de otoño ralentiza mi avance y termina por hacerme su prisionero. La lluvia de otoño me sienta a los pies de la cama y me obliga a contemplar a través de la ventana el lienzo sobre el que está creando su nueva obra de arte. Y para tal propósito se basta de tan sólo un pincel y de un único color:

La lluvia de otoño pinta mi día de gris.

Sin prisa, con cruel regodeo, mostrándome todos los colmillos con su maligna sonrisa, torturándome, trazo a trazo, gota a gota, lágrima a lágrima. La lluvia de otoño me conoce mejor que el peor de mis demonios, puede incluso mejor que yo mismo:

Sabe que de todos los colores, el gris es el que más me recuerda a ti.

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Imagen tomada de https://www.deviantart.com/urceola/art/Unremitting-Gray-Rain-Stock-199569556

 

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El rojo Otoño

Siempre he sido consciente de que existe una ancestral relación de amor-odio entre el Otoño y yo.

Es la misma sensación que se experimenta cuando acabas de conocer a alguien y al poco descubres que es idéntico a ti y de lo que es capaz de provocar. Detestas sus debilidades y sus flaquezas y al mismo tiempo te encuentras recreándote y admirando sus más encantadoras virtudes.

En el Otoño se respiran la nostalgia y la melancolía con tanta intensidad que asfixian.

Apenas ha dado comienzo la estación y ya puedo sentir sus garras traspasando mi carne, abriéndose paso en lo profundo para hendirme el alma. Siento cómo duele la herida al dar inusitada bienvenida a la calidez, al aroma del café y a las castañas asadas. Y también a la miríada de recuerdos que me asaltan sin previo aviso salidos de oscuros rincones de mi ser de los que creía que ya sólo quedaban escombros. Saboreo la traición al resbalar en el charco, pese a que el día luce soleado. Me dejo sorprender por el súbito aguacero, tan propio de la estación, para que la lluvia haga compañía  al arrepentimiento y la culpa que han hecho de mis hombros su refugio. Para que tengan con quien hablar.

Incluso nuestra afición por el tono rojizo es compartida y es que me niego a atribuir a la casualidad mi manifiesta preferencia por el júbilo del Verano o por la romántica solemnidad del Invierno cuando me veo reflejado en cada negro nubarrón, en el lastimoso bramido del vendaval, en los claroscuros vespertinos, en la confusión que tanto lo caracteriza.

En cada maldita y solitaria gota de lluvia.

Por eso, a todo aquel que me pregunta le respondo de igual forma a los cuatro vientos, sin temblarme la voz, con el ceño fruncido: Odio el Otoño.

Y sólo para mis adentros, en vergonzoso secreto, soy capaz de admitir que estoy irremediablemente enamorado de él.

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