El Muro

Los muros tienden a ser sinónimo de obstáculos.

En ocasiones, es tan simple como contar con las herramientas necesarias para franquearlos: una escalera maciza, una cuerda que no te abrase las manos en el ascenso o un pico afilado para demolerlos.

En otras, los muros adquieren una astucia insólita, cambian los ladrillos por barrotes de frío metal y se transforman en presidios de alta seguridad cuya cerradura no cede ante ninguna llave existente.

Aún más crueles son los muros que te observan y conocen hasta tal punto que optan por adoptar un tono celeste para transmitirte una falsa sensación de sosiego. Se engalanan con tus imágenes favoritas, proyectan una luz grata y resplandeciente y hasta se impregnan de tu propia fragancia para trastornarte y hacerte creer que ese es el lugar al que perteneces. Te esclavizan mucho antes de que empieces a sospechar.

Y cuando por fin desenmascaras la farsa, se te antoja absurdo cómo tan sólo cuatro paredes bastan para seducirte y enturbiar tus sentidos, y a cada día que transcurre te hacen sentir náufrago sin necesidad de océanos ni mares. 

La claustrofobia es más y más asfixiante conforme mayor es el contraste entre lo que debería ser confortabilidad pero es en realidad anatema para tu ser. Son muros similares a hermosos recipientes de marfil sellados al hermético vacío en cuyo interior vagas a la deriva.

Y todavía no os he hablado del tipo de muro más infame que se ha ideado jamás: el invisible, el que no huele a nada que lo delate, el intangible, el inabarcable, el ilimitado:

Los que comienzan en mí y terminan en mí
El que comienza en ti y termina en ti.

La Bestia

Es una despiadada cacería.

Eres como una liebre tratando de escapar de las fauces de un depredador cuyo hálito te acaricia la nuca, proyectándote un terror inenarrable que te revuelve las entrañas. Si eres lo bastante hábil, puedes lograr dar esquinazo a la Bestia, despistarla, dejarla atrás… Pero siempre te encuentra por muy profunda y segura que sea la madriguera en la que te guareces. Y de nuevo, como cada vez, más tarde o más temprano, se abre la veda: los días amargos, los días de sobrevivir, los días del huir de algo contra lo que simplemente no te puedes enfrentar.

Y cuando por fin parece cansarse de dejarse las pezuñas contra el terreno, de desgastarse las garras, de desafilarse los colmillos, de morirse de hambre, sed y sueño todo a la vez… Se detiene. Se detiene y te ofrece la oportunidad de girarte para observar a la Bestia a los ojos desde una distancia en la que te consideras a salvo. Y contra todo pronóstico, la Bestia no muestra signos de extenuación o fatiga en absoluto. Al contrario: esboza la horripilante mueca de lo que deduces que es su particular y macabra forma de sonreír. Y contemplas esos ojos. Esos ojos que centellean hasta en la más negra de las noches y que te han perseguido en demasiadas pesadillas como para recordar si acaso alguna vez tuviste sueños apacibles. El chasquido de su lengua resuena en tus enormes orejas de liebre y la Bestia te habla, sin pestañear, sin torcer el gesto o relajar su postura. Y sus palabras revelan cuánto se equivocaban tus sentidos: No está cansada. De hecho, de desearlo, en ese preciso momento podría abalanzarse sobre ti de un salto y arrancarte de una dentellada ese sabroso cuello que tienes. De forma rápida, de forma letal. Pero, ¿acaso no sería ese un placer efímero, vano y finito? La Bestia ha podido darte muerte desde el primer instante en el que te designó como su presa predilecta. Antes incluso de que reparases en su presencia, siquiera en su existencia.

Pero ni la más apetitosa de las carnes puede compararse con el sabor de los manjares más suculentos que existen en la Naturaleza: las saladas lágrimas, la densa textura de la tristeza, la intensidad de la desesperación… Y su favorito desde la primera vez que pudo degustarlo: el gusto del miedo ajeno.

Entiendes entonces que has sido un juguete, acaso un pasatiempo destinado a la eternidad. Es tu maldición, tu sino. Y te jura, antes de dejarte respirar tranquilo por unos pocos meses o años si la Bestia se siente magnánima, que la próxima vez desearás desde lo más profundo de tu corazón que te de caza y acabe con esta tortura para siempre. Pero no lo hará porque tu temor, tus ganas de vivir, tu deseo de aferrarte a la vida aún cuando ya asumes que no te pertenece, significan mucho más para la Bestia que para ti mismo. Se alimenta del proceso, no del resultado. Y cada vez que le suplicas, cada vez que el grito se silencia atragantado en tu garganta, cada vez que sientes como el gélido vacío se apodera de tu esperanza más recóndita… Cada vez la Bestia se fortalece más y más. Eres su nutriente, su esencia, su razón de ser… Por ese único motivo te mantiene con vida.

Y súbitamente, con la misma celeridad con la que te encontró, desaparece sin dejar rastro.

Como si nunca hubiese estado ahí.

Como si siempre hubieses estado tú sólo.

Huyendo.

De ti mismo.

De la Bestia que se agazapa en tu interior.gray wolf.jpg.CROP.promo-mediumlarge