Sublimación

El mísero mortal buscaba respuestas. A demasiadas preguntas.

Pensó que las encontraría en la montaña, pero la estéril llanura no iluminó el insondable abismo de sus pensamientos.

Escaló la escarpada sierra e interrogó a todas y a cada una de las rocas, pero parecieron burlarse del mísero mortal al no romper su milenario juramento de silencio.

Cuando alcanzó la cima, contempló la magnífica vista que ante él se revelaba y expuso sus dudas, desnudó su alma, confesó sus secretos mejor guardados. Admitió sus miedos más profundos y su voz hizo eco tembloroso hasta difuminarse como carboncillo en un lienzo al no obtener contestación alguna.

Emprendió el descenso, aún más abatido que durante la subida, y caminó hasta que sus pies descalzos dejaron de responder ante los designios de su voluntad.

Apiló leña y hojarasca y logró hacer un fuego confortable que calentó su cercenada piel y sus cansados huesos. Pensó que quizás la llave que tanto anhelaba se hallaba en el corazón de las llamas y formuló las palabras. Y, a diferencia de la montaña, el fuego replicó intensamente, con vehemencia. En sus pupilas se reflejaron las imágenes y escenas que las brasas mostraban. Le sedujeron: lujuriosas, lascivas, ladinas. Le prometieron más allá de los confines de lo imaginable y fue embaucado por la belleza de la mentira y cegado por las repentinas chispas de verdad que de tanto en tanto crepitaban. Las ascuas se acrecentaron a medida que el mísero mortal se sumía en la opulencia que la danza ígnea reservaba sólo para su recreo personal.

Y percibió el ardid demasiado tarde: todo él se inflamaba y todo él se calcinaba. Las lenguas de fuego reptaban por su cuerpo, anidaban en su cabello, licuaban su carne. Corrió y corrió todavía ahíto de todo cuanto el fuego le había concedido contemplar a un coste que había resultado ser demasiado elevado. Con ojos todavía incandescentes, creyó discernir a no mucha distancia una orilla y forzó los pasos hasta que la extenuación y el dolor se lo permitieron. Tropezó de bruces contra la arenisca y se arrastró a lo largo del mar de conchas y corales que se interponía entre él y el agua.

Se rasgaba las manos, se laceraba el abdomen, se le paralizaban las piernas, presas de un fulminante calambre. Se impulsaba, luchaba, vivía y moría a cada hálito que liberaba y reprimía. El agua parecía huir de su infame presencia cada vez que la marea bajaba y parecía recibirle con los inabarcables brazos extendidos cada vez que la marea subía. Vertió lágrimas de fuego, aulló con el dolor propio de quienes han visto, sentido, sabido, vivido…

Demasiado.

Su rostro es mecido por el movimiento del mar. Las llamas de su cuerpo se extinguen con un siseo ensordecedor y las aguas hierven a su alrededor como si tratasen de ahogar la cólera de un volcán sumergido. La letanía de las olas susurra, cristalina, en sus oídos. Sus ojos observan impasibles los primeros rayos del Sol, y también los últimos. Sus manos no reflejan signo alguno de la abrasadora caricia del fuego. Siente el peso de sus cabellos mojados flotando en la superficie. Los latidos de su corazón se sincronizan con el bramido del oleaje cada vez que rompe en la costa.

Y súbitamente entiende muchas, demasiadas cosas.

El mísero inmortal experimenta la poderosa atracción que el océano está comenzando a ejercer sobre su ser. Impertérrito, comienza a nadar, a ofrecer resistencia y a avanzar hacia la arena, palmo a palmo. No ha escalado y descendido la montaña ni ha perecido ante el fuego para ahora dejarse someter ante la infinita oscuridad del piélago. Quizás ese era el destino del mísero mortal que fue antaño, pero no el del ser que es en acto:

Un inmortal que ha vertido lágrimas de fuego y ha aullado con el dolor de quienes han visto, sentido, sabido, vivido y muerto…

LaertesDurante demasiado tiempo.