Musicoterapia:The Cat Empire

La música miserable me hace feliz. Por el contrario, la música feliz me hace sentir jodidamente miserable – Steven Wilson

Pese a considerarme un melómano, nunca me leeréis jactándome de mi gran diversidad de gustos musicales. Sí, puede que me vea casi como un cinturón negro en lo que al género progresivo se refiere, pero por ejemplo soy prácticamente un analfabeto en el panorama del jazz. El conocimiento básico que poseo de la música clásica se debe casi exclusivamente a mis años en el conservatorio y a la influencia de mis padres y si bien es inusual verme escuchando pop, también tengo mis debilidades personales en el que posiblemente es el más trillado de los estilos musicales de nuestro tiempo. Entre este año y el pasado me he estado abriendo a la electrónica, aunque haya sido a paso de hormiga. Pero oye, supongo que por algo se empieza. 

Y es que amo la música. Es mi gran pasión, mi mayor confidente y el ente en el que encuentro mayor placer y recreo, aparte de, cómo no, la escritura. La música tiene la capacidad de hacerme feliz y como reza la fantástica cita con la que he dado pie a la entrada también miserable. Personalmente considero este hecho como algo infinitamente más mágico y sobrenatural que el hecho de sacar un conejo de una chistera.

No es un secreto confesar que la mayor parte de la música que escucho día a día tiene un elevado contenido “negativo”: Ya sea por sus letras o melodías, la música triste, depresiva, nostálgica y melancólica es la que más ha casado siempre con mis preferencias. Y es que pienso que ya estamos demasiado bombardeados de arco iris, “coelhismo” y hollywoodismo gratuitos. Me parece perfecto que exista el positivismo, pero opino que nada en exceso es bueno y menos si se le atribuye a una filosofía de vida un carácter que roza lo sectario. Porque sincerémonos: hoy en día tienes que aparentar que eres feliz y optimista, y si no, la sociedad aparte de señalarte como a un leproso, te intenta convertir a su dogma de “sonríe hasta que lo acabes haciendo de forma natural”. Que tiemble el cristianismo: le ha surgido un digno competidor… Llamadme raro, pero lo que es a mí, la idea de que me atiborren a la fuerza de happiness para que se haga foie gras conmigo no es una idea que me entusiasme demasiado. Es lo que yo sin tapujos me atrevo a catalogar como una alienación del estado de ánimo genuino. 

Una de las formas bajo las que opera esta forma de alienación es la música mainstream de consumo que existe únicamente por y para el estribillo pegadizo de turno. ¿Es esto algo necesariamente malo? Insisto en que no, pero a veces es inevitable pensar en que la gente no es consciente que existen unos cuantos formatos más en este arte tan hermoso llamado música.

Adelante, me quitaré la máscara: soy un cruzado de la música, un rebelde inconformista que nada a contracorriente de lo cien mil veces manido, del ineludible verso-estribillo-verso, un despiadado hater del material de discoteca y de los hits que todo Dios conoce menos un servidor. Supongo que esto que expongo es lo mismo que ocurre pero a la inversa con la pintura contemporánea: si no tienes ni zorra de arte pictórico ves un montón de manchas de colores en un lienzo y dices “esta mierda la pinto hasta yo con el rabo”. 

Quizás no es cuestión de elitismo y simplemente la fórmula de la música positiva no hace click conmigo y soy incapaz de creérmela. Como cuando un Testigo de Jehová llama a tu puerta sin siquiera habérselo ofrecido antes, la música mainstream es para mí una invasión en toda regla.

Sin embargo, y aquí llega al fin el quid de la entrada, hay días en los cuales estoy tan mal que no me veo capaz de escuchar 4 canciones seguidas de Radiohead o Porcupine Tree, por citar sólo un par de tantos ejemplos. En esos nefastos días, la empatía que normalmente debería transmitirme consuelo y desahogo se tornan en algo mucho más nocivo para mi ser.

Lo cierto es que es música que me define tan bien, que conecta tanto conmigo, que en esos casos es capaz de provocarme auténtico daño. ¿Qué hacer entonces, en esos días de autosabotaje y amotinamiento espiritual en los que el mundo y yo conspiramos contra mí mismo? Beberme el agridulce y vulgar veneno al que yo me refiero como música happy me produce una náusea inenarrable, pero sentir cómo la montaña de mi propia mierda comienza a taponar mis orificios asfixiándome al ritmo del 80% de mi depresiva música tampoco es una opción a tener en cuenta. Afortunadamente, como se suele decir, siempre hay un roto para un descosido. Estaba ya resignado, convencido de que no existía la musicoterapia eficaz para sujetos con unas tendencias tan depresivas como las del menda, cuando mis plegarias fueron escuchadas.

Y The Cat Empire entró en mi vida por la puerta grande.

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Y como otras tantas cosas de la vida, fue por casualidad. Me dirigía yo el Verano pasado a una fiesta en casa de una amiga y nada más llegar, la música que sonaba de fondo captó poderosamente mi atención. Por describirla de algún modo, en palabras, diré que era enérgica, de digestión fácil a la vez que dejaba translucir capas de profundidad, debido a, todo sea dicho, a la ecléctica mezcla de ritmos y melodías de las que hacía gala. Para empezar, no se apreciaba ni una sola guitarra eléctrica, lo cuál ya es raro de cojones se mire por donde se mire. Por el contrario, el protagonismo lo ostentaban los vientos metales y unos ritmos de innegable influencia latina que a mi me estaban trayendo loquito. Además la canción ambientaba de maravilla la temática fiestera porque horror… Era música happy.

El responsable de la música era amigo de la anfitriona y le pregunté casi de inmediato por el grupo:

“Se llaman The Cat Empire. Molan mucho”

Fue mucho más que molar mucho. Fue amor a primera escucha. 

Toda la playlist me tuvo abstraído durante toda la fiesta, quizás porque aún no lo sabía, pero ya una parte de mí intuía que The Cat Empire era todo lo que siempre había estado buscando durante mucho tiempo sin éxito. De vuelta a casa me empapé de su música y me documenté bien de ellos y desde entonces se han vuelto unos imprescindibles en mi reproductor de música.

THE CAT EMPIRE

The Cat Empire es un grupo australiano que simplemente es imposible de encasillar en un sólo género. The Cat Empire es un cocktail que suma tantos ingredientes que debería acarrear una resaca del carajo pegado al retrete, pero todo lo contrario: entra como agua y te deja uno de esos ciegos de reírte por cualquier cosa. Y a la mañana siguiente, amaneces lúcido recordando las anécdotas de la noche anterior.

The Cat Empire hace rock pero no al uso, porque lo combina con grandes dosis de reggae, ska, jazz, funk, calipso, música disco, bossa nova, klezmer, vals… Sin hacer música progresiva, su doctrina musical lo es precisamente por poseer un estilo polifacético a la par que único y por atreverse compositivamente con todo.

En directo demuestran una energía contagiosa y electrizante hasta el punto de que sus conciertos se convierten en verdaderas pistas de danza… Ah sí, que no os lo he contado: a mí The Cat Empire me hacen bailar. A mí. Sin quererlo. Bailar. La cosa de moverse y eso.

Los australianos con filia por la música latina se han ganado a pulso entrar en mi top10 de grupos favoritos de todos los tiempos no sólo por su genio compositivo ni por su envidiable ejecución. La música de The Cat Empire es adictiva, divertida y hace feliz a su público sin proponérselo siquiera. Sin artificios de ninguna clase, sólo siendo eso, naturales. Es curioso que lo que debería ser lo más esencial sea hoy en día algo tan escaso, ¿no?

LOS MUSICOTERAPEUTAS

-Félix Riebl es el líder y cerebro detrás del Imperio y si bien no es raro verle marcándose un digno solo con la percusión latina, su papel principal es el de vocalista y frontman. A mí, directamente, es un tío que me pone (no homo) porque derrocha magnetismo por los cuatro costados y tiene un timbre de voz muy particular e interesante.

-Henry James Angus y Ollie McGill son los encargados del virtuosismo y lucimiento instrumental. El primero es un trompetista bestial y en más de una ocasión asume el rol de vocalista (benditos pulmones), especialmente en esas alocadas secciones de ska repletas de palabras disparadas a cadencias imposibles. El segundo es el teclista y responsable de tocar en sus solos más notas por segundo de las que la ley permite. Anymore o Motion (la que es probablemente mi canción favorita del grupo y eso que hay entre dónde elegir…) lo demuestran a la perfección.

-Ryan Monro (bajo y contrabajo) y Will Hull-Brown (batería), se ocupan de la labor rítmica del grupo, posiblemente la característica más notoria del estilo de la banda. Dominan holgadamente todo tipo de géneros y sí, ellos son los culpables de que tus extremidades se muevan como poseídass por el ritmo ragatanga al son de The Cat Empire .

-El DJ Jamshid “Jumps” Khadiwhala es percusionista de apoyo, pero cuando realmente brilla con luz propia es cuando se pone a pinchar sus mezclas y samples en su mesa. Sus efectos son probablemente el añadido más experimental del grupo y le dan un sabor extra al estilo de The Cat Empire. Lo confieso, al principio choca bastante, pero tras unas cuantas escuchas, te das cuenta de que sin su scratching, The Cat Empire no sería el mismo rollo.

-Ross Irwin y Kieran Conrau más que miembros oficiales son un grupo de apoyo en la sección de viento metal para reforzar (más si cabe) el sonido de la banda y aunque su actividad tiene un cariz más secundario, forman parte del imperio felino con méritos y honores propios.

En sus más de 12 años de carrera han publicado 6 discos de los cuales los 3 primeros son indiscutibles obras maestras, habiendo tomado una orientación significativamente más accesible e easylistening en la segunda mitad de su discografía. Estos tres últimos siguen siendo discos de una calidad envidiable por la que ya muchos grupos de renombre querrían firmar, pero es justo puntualizar que la dosis de atrevimiento y virtuosismo se ha visto ligeramente reducida en los últimos años, lo cual no quita para que muchos fans, entre los que me encuentro, ya estemos deseando que vea la luz el séptimo trabajo.

Por si fuera poco, las letras de las canciones de The Cat Empire (aspecto que rara vez capta con fuerza mi atención) rozan un nivel más que elevado y algunas como las de la canción Miserere (que es una preciosa oda a la vida y al existencialismo), poseen un factor literario verdaderamente conmovedor.

Y ya sí, dejándome de tanto tecnicismo y análisis, finalizo concluyendo que este ensayo no es sólo (espero) una carta de recomendación para The Cat Empire: es una cuenta que tenía pendiente con ellos prácticamente desde que tuve la oportunidad de escucharlos por todo cuanto me han aportado.

Porque The Cat Empire ha supuesto para mí una verdadera musicoterapia en momentos difíciles en los que nada parecía ser capaz de dibujarme una sonrisa en el rostro. Así, este post es también un humilde homenaje a ese talento que tienen para componer grandes canciones que mudan vertiginosamente de estilo, ritmo y melodía en tan sólo 3 minutos. Homenaje también por hacerme bailar a golpe de ritmo latino, a pesar de moverme con la gracilidad de un pato mareado. Homenaje porque son la fiesta auditiva personificada y porque son capaces de hacer que el espíritu del Verano perviva durante los 365 días del año, evocando playas de fina arena, olas rompiendo en la costa, y un Sol radiante aunque los escuches en el mes de Febrero. 

Pero sobre todo homenaje por conseguir que me importen menos los cabreos, las decepciones, el mal tiempo, que las cosas no siempre salgan tan bien como me gustaría y por hacer que mi forma de ver el mundo sea un poco menos oscura y mucho más resplandeciente, permitiéndome apreciar con más claridad todo aquello por lo que tengo que alegrarme y dar las gracias. Y dicho esto, me despido con las líneas de Félix Riebl, porque de mi cosecha no las hay mejores ni tan brillantes:

Long live living if living can be this.

 

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Lata de sardinas

Abres los ojos. Es un nuevo día. Dejas la cama con desgana, acariciándola con todo el cuerpo, profesando con un sólo gesto más cariño del que muchos de los llamados “amantes” de hoy en día saben dar. Te apoyas primero sobre el pie derecho, para que luego no se diga que fue culpa tuya. Te plantas frente al espejo y tratas de deshacer ese desastre que tienes por cara. Limpias las legañas, sientes la humedad del agua cercenando tu piel. Aplicas la loción hidratante, confiando en que oculte las cicatrices que nadie salvo tú puedes apreciar. Pero lo haces por si acaso porque sería demasiado arriesgado permitirse el lujo de que alguien más reparase en ellas.

Es la misma cara de todas las mañanas. ¿Qué esperas conseguir que no hayas conseguido ya día tras día durante años y años…?

 Te vistes con cuidado, no vayas a dar la nota, y cuelgas al hombro la bandolera, más vacía que llena. Abandonas el confort del hogar y desciendes en el ascensor. Giras el picaporte del portal.

Y ante ti, el mundo exterior: el ruidoso mundo exterior.

Te abruma el bullicio, el tráfico, el humo, el frío, los extraños y sus extrañas vidas. La tentación de volver sobre tus pasos besa tu cuello y roza tu nuca con dedos de seda fina. Qué fácil sería, realmente, huir de todo y de todos. Pero no es lo que se espera de ti. Das tu primera zancada con el pie derecho, para que luego no se diga que fue culpa tuya. Los semáforos en rojo te dan tiempo para pensar hasta que el hombrecillo verde se deja ver por fin, tímido o perezoso. Un coche casi te atropella, porque para los conductores la bombilla ámbar no significa circular con precaución, por extraño que a ti te lo parezca. Ni siquiera te sorprende lo cerca que ha estado de esfumarse todo. Toda tu reacción se basa en fulminar al sujeto tras el volante con una mirada cansada. Hasta de la rabia te han privado, piensas a medida que aceleras el paso para alcanzar el otro lado de la acera. En la acera nada ni nadie te atropella, salvo los ojos y los empujones resignados del resto de transeúntes para quien tú eres el desconocido, el intruso, el cero a la izquierda.

Vivir en sociedad es un mal trago. Nadie te conoce ni tú conoces a nadie. Es incómodo, frío y estéril. Se siente como compartir algo con alguien de quien no sabes nada ni sabes si quieres saber algo. Y ante el temor de tratarlos como quizás no se merezcan, la mejor alternativa parece ser guardar un silencio que deja a los de los velatorios de los cementerios en apenas un silencio de pentagrama. 

Guareces las manos en los bolsillos del abrigo, protegiéndote de un frío que sabes bien que no es producto del mes de Noviembre. Sigues con los ojos una estela que se aleja a unos metros: ahí va tu autobús. Buscas nuevamente la rabia en tu interior, esa a cuya ausencia ya te has acostumbrado como un perro bien amaestrado. El panel luminoso de la parada indica que quedan 11 minutos de espera. Esperar es como el “ABC” de la vida.

Te entretienes observando el ir y venir de los autómatas de la ciudad. Pero más que entretenido, resulta inquietante, como un sombrío desfile digno de la literatura de Poe. Llegan nuevos personajes a la parada. Se abstraen en sus móviles inteligentes. Te sonríes con amargura cuando recuerdas que hace algún tiempo leíste una frase que era algo así como “móviles inteligentes para personas tontas”. Pero lo que más gracia te hace es que muy probablemente tú pareces igual de estúpido cuando la pantalla de tu dispositivo ilumina tu cara, revelando las cicatrices, arrugas y la grasa de esa fabulosa loción hidratante que como otras tantas cosas, sirve para poco o nada a la hora de la verdad.

El autobús se planta ante ti con un chirriar de frenos. Montas. Pasas la tarjeta. Bip. El conductor ni te mira a los ojos, ni tú a él: total, seguro que conduce como el culo. Y ahora sí, la crema y nata de la sociedad descubre su magnificencia y sus encantos ante ti. Avanzas por el pasillo mirando de lado a lado, juzgando y siendo juzgado por el resto de sardinas de la lata sobre ruedas. Encuentras tu espacio en la parte intermedia, y agradeces ser de pequeño tamaño, porque eso facilita mucho las cosas. Y por un momento, temes haberte vuelto sordo, hasta que alguien tose. Es sorprendente la facilidad con la que se llega a olvidar que la sociedad suena así: vacía, envasada, hueca, rota, moribunda. Decenas de personas que comparten una misma dirección, pero no el mismo viaje.

Los autobuses son como pequeños ecosistemas, en los que se podrían hacer multitud de fructíferos estudios experimentales. En ellos, se lucha por sobrevivir y por los recursos con una ferocidad digna de bestias carroñeras. Un asiento vacío es algo por lo que merece la pena moverse rápido, aun si para ello tienes que sentir cómo crujen tus entumecidos y oxidados huesos… Si llegas a tiempo, claro. Si no llegas, resignación, vergüenza, derrota. Y si llegas, sabes que estás en lo más alto de la cadena alimenticia, aunque sea durante un viaje de 30 minutos, pero ¿quién eres tú para privarte de tamaña victoria?

Y se produce un curioso fenómeno cuando alguien se te sienta al lado: no sabes si es invasor, compañero o ambas respuestas son incorrectas. Y cuánto te confunde ese conflicto de sensaciones… Porque, por un lado, te sientes solo cuando abarcas demasiado espacio vital y realmente llegas a desear que alguien te tome en sus brazos y consuele tus miedos e inquietudes, pero por el otro, amenazado por si alguien lo asedia y viola sin miramientos. Y el debate interno se intensifica aún más cuando caes en la cuenta de que no es tan interno como pensabas: es recíproco y mutuo. Es casi como si compartieses un tácito “lo siento” con esa persona, para después pararte y pensar: “¿Qué es lo que siento exactamente…?”

Ni idea, ¿verdad? A fin de cuentas, las sardinas en lata no existen para pensar y mucho menos para sentir: únicamente sirven para ser consumidas.

 

Llegas a tu destino. Resoplas aliviado. La puerta mecánica del autobús se abre de par en par y vuelves a contemplar el mundo exterior: el ruidoso mundo exterior. El alivio ha durado eso, un resoplo. Puede que ni eso. 

Abandonas la lata de sardinas con el pie derecho.

Para que luego no se diga que fue culpa tuya.

 

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De la sociedad actual

Esta tarde recordé, de forma inesperada, que hace tiempo, cuando mi cuenta de Ask.fm estaba activa (me temo que llegáis tarde), alguien me formuló una pregunta muy interesante para cuya respuesta tuve que dedicar cerca de un mes de profunda reflexión. Dicha pregunta era: “¿Qué palabra crees que te define mejor?”.

Para los no familiarizados con la red social, ya os informo de que es la que he puesto en negrita es una interrogante algo atípica, al menos desde mi experiencia frecuentando la web mencionada. Habitualmente, los usuarios de Ask.fm tienden a demandar información muy específica y concreta, con el fin de satisfacer sus ansias de morbo y de quedar ahítos de detalles truculentos y/o secretos. De hecho, cuantos más y en mayor intensidad posibles estos detalles, mejor, y creo que es precisamente por eso por lo que me la tomé tan en serio. A día de hoy, creo poder decir que me sigue pareciendo una de las mejores preguntas que me han hecho nunca.

Reducir todo el significado de mi ser, mi identidad, a tan sólo una palabra fue una búsqueda introspectiva ardua e intrincada incluso para mí, hecho ante el que quedé gratamente sorprendido, pues me considero un sujeto en constante autoanálisis y que dedica buena parte de su tiempo a intentar saber quién, cómo y por qué es como es. Entre otras cosas, es por este motivo por el que estudio Psicología.

Lejos de alargarme y de aburriros con todos los posibles candidatos (fueron MUCHOS) en la empresa de establecer la definición más acertada de mi Yo, me decanté finalmente por el adjetivo “incomprendido”. E incluso ahora, echando la vista al pasado, me reafirmo con satisfacción de haber elegido esa palabra y no otra, porque creo que es una buena síntesis de lo que soy y de cómo me siento desde hace ya bastantes años.

Pero al contrario de lo que pueda parecer con estos párrafos, y opuestamente a la línea de lo que se consume en Ask.fm (y en todas las redes sociales existentes, para qué negar lo evidente), no vengo a hablaros de mi ego ni de mi, sino del conflicto entre individualismo y colectivismo y también de las relaciones humanas y de su vasta complejidad en los tiempos modernos.

 

En ocasiones, resulta un esfuerzo titánico poder determinar con precisión dónde acaba el individuo y dónde empieza el colectivo. Especialmente en nuestra sociedad actual, más globalizada, más yuxtapuesta, más simbionte, más, perdonad la redundancia, “social” que nunca en la Historia de la humanidad. Se puede afirmar abiertamente y sin temor a equivocarse que vivimos en la era en la que más difícil es ser uno y en la que más fácil es ser parte del todo. No hablo de que estemos viviendo una paulatina caza de brujas del individuo aislado, (huelga aclarar que la especie humana es eminentemente gregaria y social, hasta ahí estamos, ¿no?), sino de una progresiva extinción de la individualidad del ser humano a favor del progreso del colectivo. A modo de paradigma, es como si hubiésemos dejado de ser hormigueros independientes entre nosotros para haber pasado a formar parte de una mente enjambre total y absoluta y a operar bajo los designios y mandatos de una única hormiga reina.

Tampoco digo que esto haya sido cosa exclusiva del siglo XXI ni una consecuencia retardada de ese “Efecto 2000” con el que tanto miedo nos metieron nuestros mayores. Esto viene de antes, de mucho antes, de siglos atrás. Pero durante las últimas décadas,y estrechamente relacionado con el salto tecnológico, este fenómeno se me antoja cada vez más desorbitado y palpable, como si no conociese límites. Y lo peor de todo es que el único fin a la vista, la única luz al final del túnel, parece ser el del colapso derivado de nuestro propio e insostenible peso.

Atención, no digo en absoluto que este “colectivismo” no tenga sus beneficios, porque están ahí, a la vista de todos. Pero en lo que a relaciones humanas INDIVIDUALES se trata… O me parecen insuficientes, o directamente no los veo. 

Gran parte de culpa de esto la tienen los medios, la tecnología y una entidad incorpórea terriblemente poderosa y que yo personalmente encuentro fascinante: la moda. Y no, no me refiero a la de pasarela, precisamente, si no a las tendencias. Y no, tampoco me refiero a los Trending Topic ni a los Hashtags de Twitter. Me refiero a ese yugo invisible que llega de nadie sabe dónde y que un buen día golpea sin piedad, ejerciendo una presión social devastadora que juzga cómo debes vestir, qué debes comer, qué debes hacer, cómo debes pensar, qué tienes que desear, cómo hay que caminar, a qué marca de perfume tienes que oler… Podría seguir así toda la noche de hoy y todo el día de mañana y aún no sería suficiente. Es la pandemia, la Peste Bubónica de nuestro tiempo. Y esta no ha sido un “castigo de Dios” ni un virus accidental: esto la ha desarrollado el ser humano para ser usado por seres humanos contra seres humanos. Triste pero cierto, como dice la canción de Metallica.

Y ay de ti como desafíes a la moda y nades a contracorriente. Porque si la moda es el himno, el estandarte del ejército, y los medios y la tecnología son la caballería… ¿quién es la infantería? Bingo: la sociedad. Tú y yo. Nosotros. Soldados que se rigen por normas y leyes impuestas desde la cúspide y cuya función es la de conseguir que nuestros semejantes las acaten de acuerdo al plan del sistema. Y el método es efectivo de cojones: si el pastor enseña al rebaño a autorregularse de acuerdo a sus intereses y dictamina qué conductas son adecuadas y cuáles inadecuadas, eso que se ahorra en perros ovejeros. Y el rebaño se implica hasta las trancas, porque placer como el de joder a tus semejantes y hacerles sentir en la mierda… Como ese no hay ninguno.

 

¿Es la sociedad entonces el problema? Rayos no, el problema es hasta dónde ha llegado la sociedad en su frenética caída libre sin frenos, o más bien hasta dónde ha llegado la manipulación de la sociedad. Porque la realidad es que vivimos en una dictamocracia. ¿Y en qué afecta eso a las relaciones humanas, que es a lo que yo me refería al poco de comenzar el post? En todo.

Para bien o para mal, el modelo bajo el que se sustenta nuestra sociedad globalizada es el Capitalismo y la máxima del Capitalismo es elaborar, ofrecer y consumir el producto. Y resulta demoledor reconocerlo, pero con la manipulación, los recursos y el marketing apropiados igual vendes un Iphone… Que a una persona. De hecho ya pasa. ¿Creéis que estoy exagerando? Por favor, sacadme del error y decidme qué puñetas es entonces la exitosa web de adoptauntio.es si no una forma de “comerciar” con personas como producto de consumo. Y he puesto este ejemplo porque es el más transparente de todos con los que me he topado hasta el momento. ¿Queréis aún más ejemplos? Tan sólo tenéis que mirar a vuestro alrededor para comprobar que nos han maleado, que han sacrificado nuestro individualismo para nutrir la carne del sistema, de la sociedad, llamadlo como queráis. Lo que se viene llamando una alienación. Y claro, como siempre tiende a pasar, todo, llegado a determinado punto, se resquebraja si se ejerce la fuerza necesaria.

 

Os invito a quedar con vuestros amigos y a contar, si es que podéis, el número de veces que cada uno de ellos se abstrae y se refugia en la pantalla de su móvil para mantener contacto con el resto del mundo, con la sociedad, para decir “Ey, querido Facebook y mis X número de amigos, sigo aquí, tomándome un café con Fulano y Mengana pasando un rato muy agradable, pero aún así al mismo tiempo estoy PERPETUAMENTE CONECTADO AL SISTEMA”. Y no podemos escapar. Ni queremos, en verdad. O bueno, suponiendo que quisiésemos, podríamos dejarlo si nos lo propusiésemos… O no. ¿Alguien dijo droga?

Y aun si lo intentamos, es tarea imposible, un absurdo. Resistirse es inútil. Es el “si no puedes con el enemigo, únete a él” llevado a la práctica, y al final caemos todos, más tarde o más temprano. Por la exclusión, por la soledad, por el miedo a ser diferentes, porque nos tachan y tildan, porque nos censuran, porque nos hacen dudar de nuestra propia valía, porque nos hacen daño, porque no nos vemos capaces de seguir adelante sin el reconocimiento y los “me gusta” de los demás. Porque mal que nos pese, seguimos necesitando a la gente, ansiando su contacto, dependiendo de la posibilidad de interactuar con cuantos nos rodean. Pero he aquí otro problema añadido: cada vez sabemos menos acerca de cómo se lidia en el día a día con nuestros semejantes. En el mundo real, quiero decir. En el cara a cara. He mantenido dilatadas conversaciones por chat con compañeros de clase de la universidad con quienes me he encontrado al día siguiente en un mismo pasillo… Y ninguno ha sido capaz de decir N-A-D-A. Es un hecho preocupante y terriblemente desadaptativo, evolutivamente hablando. Choque de miradas y si te he visto no me acuerdo. Es más, probablemente ni me acuerde de quién eres o de tu nombre. Ahora, si me preguntan por la información que hay en tu muro, con los datos que conozco de ti puedo hacer un ANOVA, toda una tesis doctoral y me sobra para un TFG…

 

 

Asi que bueno, ya sabéis (al menos en el plano social-global, el personal ya habrá oportunidad de abordarlo otro día) por qué fue incomprendido y no caribú (para los de la LOGSE: una forma culta y repipi de llamar a la subespecie americana del reno) la palabra que seleccioné para autodefinirme. Y como yo, no me cabe duda: decenas, centenares, millares, legiones de incomprendidos sociales ahí fuera que piensan igual que yo o de forma similar. Y eso, por poco que nos parezca, es un consuelo: una pequeña chispa de luz en mitad de un océano de oscuridad. Al menos digo yo que unidos, la soledad no nos pesará tanto.

 

No, si al final va a tener razón el Quiz que hice al mediodía en Facebook (ironías de la vida) y va a resultar que sería más feliz en la Florencia del Renacimiento que en estos tiempos locos de móviles inteligentes y de personas vacuas. 

 

Pero que mucho más feliz.

 

Y de propina, por leer tanta parrafada, un caribú:

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De humo

Hoy únicamente puedo pensar en una cosa:

El humo está infravalorado. 

Pregúntale a cualquiera. Te dirá que el humo es desagradable, tóxico y nocivo. Que le provoca escozor cuando entra en contacto con sus ojos. Que apesta. Que mancha. Que contamina. Que asfixia. Que mata. 

Sólo el ser humano es capaz de denunciar con tanto desprecio, a la par que con tanta hipocresía, aquello que le define por la naturaleza de sus propios actos. Sólo él es capaz de incurrir en la paradoja perfecta y de dormir tranquilo por las noches como si jamás hubiese pecado.

No afirmo que no sea yo el bárbaro entre ilustres: es una duda tan razonable como cualquier otra, pero quizás, y sólo quizás, suceda que no todos hayan tenido la oportunidad (o hayan aprendido) a convivir con el humo y quizás por eso a lo largo de los años han aprendido a censurarlo, a evitarlo, a temerlo, a maldecirlo y a odiarlo. 

Me he visto rodeado de humo desde mi más tierna infancia y es posible que ese sea el motivo por el que siempre intento recibirle con una media sonrisa y con una de esas miradas tácitas que se comparten con alguien con quien has vivido demasiadas cosas. Sin embargo, ese humo primigenio y omnipresente no me pertenecía. No lo sentía como mío y ciertamente no lo era en absoluto. Siempre me era impuesto. Y contra todo pronóstico, nunca llegó a molestarme, sino que aprendí a apreciarlo. O también puede que, reduzcamos al absurdo, el humo me gustase desde el primer momento. 

El primer humo del que pude sentirme dueño plenamente, provino del cigarro de un 14 de Febrero de 2009, cuyo consumo fue resultado de la curiosidad y el arrojo tan propios de los adolescentes. Era la primera vez que tomaba uno entre mis dedos, la primera vez que accionaba un mechero con el propósito de hacer lo que tantos me dijeron que no debía hacer nunca: fumar. Como el avezado lector ya debe intuir, esos mismos que aconsejaban (amenazaban se me antoja un término más preciso, pero también más impopular) al autor no fumar, eran fumadores de primera. No sorprende, tan sólo se trata de otra prueba manifiesta de esa ironía que señalaba previamente. De ese “no hagas lo que me estás viendo hacer, porque es malo. Pero si lo hago yo, ya no lo es tanto”.

Quizás lo que más me impactó de la experiencia fue que era el primer cigarro, pero no lo sentí como tal en ningún instante. Fue, como en alguna ocasión he referido, tan natural como el respirar. Y es que para mi, fumar no es ni más ni menos que eso, con la distinción de que, a diferencia de que el proceso respiratorio es una condición necesaria para mantenernos con vida, fumar es un pasatiempo y un placer. También un hábito, provocado por la tremenda adicción que provoca, sí, pero fumar es tan digno de la categoría “placer” como lo son la comida, el sexo o el sueño. 

 

A estas alturas, no me cabe duda de que el lector ya se habrá posicionado en torno a una de las dos posibles posturas que implícitamente se están tratando en el presente ensayo. Seguramente aquel que fume de forma regular cualquier sustancia, coincide conmigo en la enorme fruición que provoca esta actividad. Por contra, un defensor de la idea opuesta podría ofenderse con lo que esta noche estoy escribiendo. De ser así, de forma magnánima (no en vano este es un blog personal y tengo derecho a expresarme) me disculpo por el posible agravio ocasionado, pero no sin antes hablar de la cuestión que ha sido precisamente el detonante de este post y que probablemente los pertenecientes a este segundo tipo de lectores se hayan preguntado miles de veces: “¿Por qué fuman las personas?”. Naturalmente, no dispongo de una respuesta objetiva (si es que la hubiese), pero si al lector le satisface, a continuación yo expongo la mía, que es la única que puedo aportar sin temor a equivocarme, puesto que me pertenece a mi y sólo a mi:

Si yo preguntase: “¿Por qué las personas beben alcohol?”, probablemente un reducido porcentaje de respuestas sería que es debido a que el alcohol sabe bien, frente a un porcentaje notablemente superior que afirmaría que para alcanzar un estado de embriaguez. En otras palabras: para obtener un efecto beneficioso. Si no se abusa de las copas, claro. 

Con el tabaco pasa lo mismo, pero de forma más sutil y difícil de apreciar. No hay una opinión muy generalizada que apueste por el sabor del tabaco, ni siquiera entre los más adictos de los fumadores. A diferencia de otras drogas, como el alcohol, la heroína, la marihuana, el LSD… El tabaco no aporta un efecto de “coloque”, de subidón. Más bien al contrario (y de forma relativamente similar a la marihuana), bastantes consumidores afirman fumar para relajarse y disminuir sus niveles de estrés: es neuroquímica pura. Por el contrario, la mayoría del resto de drogas (y el alcohol es el ejemplo perfecto) se consumen primordialmente con el fin de romper con la monotonía, en pos de la llamada “búsqueda de sensaciones”. En mi caso personal, he aprendido a tolerar el sabor del alcohol y hay ciertos tipos que han acabado por resultarme agradables al gusto, pero jamás diré que consumo alcohol por lo bien que sabe, sino por la desinhibición que desencadena en mi. De hecho, si se analiza con detenimiento, resulta bastante más cuestionable el hecho de ingerir una sustancia cuyo efectos en el consumidor son entre otros enlentecimiento cognitivo y motriz, náuseas, mareos, déficit en el lenguaje o agresividad, sólo por citar algunos. Casi podríamos decir que lo que está buscando un joven cualquiera que sale al centro por la noche, yendo de bar en bar, es atontarse el cerebro a base de chupitos de absenta y que nadie se ofenda, porque ese joven podría ser yo perfectamente.

Y, sin embargo, no deja de resultar curioso que el alcohol esté mejor considerado que el tabaco en nuestra sociedad. Mi única hipótesis se debe a que el consumo de alcohol es, de lejos, más antiguo que el consumo de tabaco, por lo que parece evidente que la memoria histórico-cultural desempeña aquí un importante papel en establecer prejuicios.

¿Qué persigue entonces el fumador con su hábito? Pues una de las finalidades es en parte aceptación y pertenencia al ámbito social, como de nuevo ocurre con el alcohol. La presión social y las teorías del funcionamiento de los grupos tienen sin duda un considerable peso en este tipo de conductas y hábitos. Y siempre ha sido y siempre será así per secula seculorum.

Probablemente el lector conozca el siguiente vídeo:

http://www.youtube.com/watch?v=IZrnURFNbu4 

Que el niño que protagoniza el vídeo es deleznable es un hecho… Pero su mensaje no es del todo desacertado, en lo que a mi respecta. Me considero un individuo con una elevada sensibilidad estética y artística, y del mismo modo que vestimos con unas ropas u otras para proyectar una imagen, también se fuma para aparentar. Y no es tan terrible como parece en primera instancia. Yo, por ejemplo, me siento más seguro de mi mismo cuando estoy fumando y a pesar de que no puedo observarme con otros ojos que no sean los míos, me percibo como más atractivo e interesante, ¿es un crimen tan horrible dedicarme una pizca de amor propio aunque sea de forma sugestionada y artificial…? Pues sí, lo hago en parte para sentirme más chulo, como bien dice el mocoso. Queda a expensas del lector generarse la opinión que guste de esta “revelación” que comparto de la forma más honesta posible porque no me avergüenza y me siento con la absoluta libertad de hacerlo. Y sé lo que muchos pensaréis: “pues te tendrás merecido el cáncer”; si no lo pillo por cualquier otra cosa, querrás decir, responderé yo, y total, de algo hay que morir. Porque eso es como decir que me estoy buscando que me atropelle un coche por cruzar todos los días por los pasos de peatones. “Pues fumar no te hace más atractivo, que lo sepas”; es que no lo hago para los demás, lo hago en pro de mi maltrecho autoconcepto, esa es la cuestión que quiero aclarar. “Pues al final, tú que vas tan de adalid de la cultura, de la sapiencia y de amante de lo profundo, estás siendo tan superficial como el resto”; sin duda, asentiré yo, y en mi derecho estoy. Ya decía Einstein en su genial frase que “todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas“. Pues yo lo extrapolo a todo y también, sí, por qué no, a la superficialidad, esa pandemia que hoy en día nos afecta más que nunca en toda la Historia de la humanidad. Así que no voy a martirizarme por permitirme un poco de ego, cuando mis semejantes no se nutren de otra cosa que del suyo propio.

 

Concluyo, con trato más cercano, diciendo que adoro fumar. Que me hace sentir bien, que disfruto viendo ese espectáculo visual que es la ascensión de las volutas grises danzando por toda la habitación. Que me gusta sentir el humo en mis pulmones, exhalarlo y captar ese aroma que para muchos es motivo de asco y repulsa. Que me asombra, cigarro tras cigarro, cómo se quema y consume el extremo cuando aproximo la llama del encendedor. Que seduce todos mis sentidos cuando una mujer atractiva se lleva a los labios ese cilindro repleto de alquitrán, metano, monóxido de carbono y demás mierda industrial y que aún así logre abstraerme en el momento en el que contemplo cómo deja volar parte de su ser en esa bocanada de espesa niebla que la acompaña flotando hipnóticamente con la misma fidelidad que hace un perro paseando con su amo.

Al menos espero no haberos dejado indiferentes y haberos hecho pensar, o al menos haber sido motivo de vuestro entretenimiento con esta entrada improvisada en esta aburrida noche frente al ordenador.

 

No, es mentira. Lamento decepcionaros, pero os he manipulado y todo lo que habéis leído aquí responde a la única finalidad de persuadiros de la irrefutable veracidad que se esconde tras la frase que ha desencadenado esta debacle literaria:

 

El humo está infravalorado.