Habitación 219

 

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Está muerta.

Enciendo un cigarro con el mechero mientras hago memoria intentando recordar su nombre: ¿Chloe…? Ni idea. Observo distraídamente cómo las volutas de humo escapan de la habitación del hotel en dirección a la ventana abierta. Me abrocho el botón del pantalón del traje y salgo al alféizar a que me de un poco el aire: estoy sudando como un maldito cerdo y el alcohol tiene mi cabeza algo embotada.

Confieso que hace una noche exquisita para ser Noviembre, la verdad. La única luz que hay en la calle es la de la brillante Luna en forma de uña de gato que se trasluce a través de las densas nubes del cielo. Ha estado bien, pienso a medida que me recompenso inhalando una buena calada. El tabaco en mis pulmones relaja el todavía acelerado pulso de mi corazón. Echaba de menos esta euforia, este subidón fisiológico: es la única sensación que de verdad me arranca de los pegajosos y sórdidos brazos de la monotonía y me hace sentir vivo. Noches como esta hacen que merezca la pena pasar por toda la mierda del mundo en el que me ha tocado nacer. ¿Cuánto hacía ya que no salía a pasármelo bien? Mes y medio como poco. Judy me ha estado dando el coñazo durante semanas con lo de organizar y celebrar el décimo cumpleaños de Tyson, pero ahora que la fecha ya ha pasado ,tengo más tiempo para mí. Y para ti, ¿no es así Cl… au… dia…? No te llamabas así, ¿verdad?

Apuro el cigarrillo, lo apago contra la barandilla y lo arrojo al vacío nocturno antes de acercarme a la cama. Ante mis ojos se muestra… ¿Qué puedo decir…? Una obra de arte. Es un lienzo digno de Velázquez, una escultura no reconocida de Cellini, el clímax que se merecía la Sinfonía Inacabada de Schubert… Porque menudo final compartimos, querida mía. Nuestros cuerpos desnudos danzaban en una vorágine tan bárbara y a la vez tan delicada… Nos estremecíamos como hojas al viento y nos inflamábamos del deseo, de la pasión, del sexo más salvaje. Apenas tres horas, un escueto pero provechoso repaso a la obra de Rousseau y Sade y tres o cuatro Gin-Tonics me han bastado para hacerte mía por y para toda la eternidad. Porque a mi siempre me quedará atesorar el recuerdo de esta velada, pero tú… Tú has pasado a ser algo mucho más puro e intocable: has pasado a ser arte. Deberías estarme agradecida, porque el sexo se puede comprar, vender, mendigar… Pero el arte no tiene precio, por mucho que los críticos y especialistas se esfuercen en refutar el incalculable valor de su esencia. El arte no entiende de cifras, monedas, billetes, maletines… El arte está por encima de todo eso, porque nos eleva a nosotros los artistas a la categoría de Dioses. Pero tú ya lo sabías, ¿verdad, querida? ¡Mírate! Has sido la musa que ha inspirado una creación. Y con la sangre que aún mana de la inercia de tu cadáver podría pintar un hermoso fresco en la pared de esta habitación de hotel, podría confeccionar el perfume más embriagador del mercado… Y créeme, no habría hombre ni mujer que no se sintiese tentado de refrescar su cuello con unas gotas de tu aromático carmesí después de una noche tan inolvidable como la de hoy. Si pudieras, no me cabe duda de que volverías a la vida sólo para suplicarme que vuelva a follarte y a asesinarte como lo he hecho hoy. ¿Y qué clase de monstruo sería yo para negar una última voluntad como esa a tan hermosa mujer…?

Ni el mejor cirujano, ni el mejor carnicero habría sido capaz de practicar estos cortes e incisiones con la precisión, exactitud y belleza con los que he actuado yo esta noche. Si pudiese vivir de esta, mi verdadera vocación, nadaría en la abundancia más absoluta. Ser un visionario en tiempos tan frívolos es una maldición, ¿no te parece, Claudine…?

En ese instante algo me arranca de la fascinación contemplativa de mi víctima: se oyen pasos en el corredor inusualmente próximos a la puerta de nuestra habitación. Aún falta más de una hora para que amanezca: no puede ser el servicio de lavandería, ni un botones. De haberse escuchado algo, no habría sido más que el crujir de los muelles y nuestros gemidos de placer, pero nada más: soy muy silencioso y precavido cuando saco a relucir mi faceta artística. Reacciono tan rápido como puedo, tomo uno de mis cuchillos y me oculto bajo la cama tapando los huecos con la colcha. Escucho perfectamente lo que me parecen dos pies del 47 retumbando zancada a zancada hasta que, efectivamente se detienen ante mi puerta. Escucho cómo una ganzúa trastea en la cerradura del picaporte. La ausencia de aviso pone mi cerebro a maquinar a toda velocidad: o se trata de un soplo o me han estado siguiendo. Sea la opción que sea, estoy jodido.

La puerta se abre con un lento crujido para a continuación ser cerrada suavemente. Percibo cómo algo se desenfunda: si mis agudizados oídos no me engañan, diría que se trata de un revólver siendo amartillado. La respiración de mi hostigador suena pesada y lenta: se trata de un hombre maduro, de constitución corpulenta y me atrevería a decir que con bastante experiencia en esto de cazar. Se produce un silencio tal que por un momento pienso que debe de estar escuchando mis sienes palpitando con violencia… Afortunadamente, tras lo que parecen interminables horas, los pasos se dirigen hacia el cuarto de baño. Con todo el sigilo del que dispongo, ruedo dejando atrás mi escondite y me sitúo en la esquina que da a la pared del exterior del aseo. Me asomo al interior y adivino una figura de espaldas con gabardina descorriendo la cortina de la bañera. Aprovecho la inmejorable oportunidad y estampo la cabeza del detective contra los azulejos de una patada y me apodero del revólver no sin antes jactarme de mi propia profesionalidad por seguir llevando puestos los guantes profilácticos. Cuando se da la vuelta dispuesto a contraatacar, ya le estoy apuntando con el revólver al corazón. Su expresión es el resultado de la mezcla a partes iguales de un odio visceral y del temor de quien tiene a la muerte cara a cara.

-Dispara y mátame, hijo de puta, y hazle el trabajo a mis colegas de la sección de balística. Cuando te cojan vas a pasar entre rejas lo que resta de tu puta y miserable vida.

Interrumpe su propio discurso al verse incapaz de disimular la sorpresa cuando, poco a poco, se va dibujando en mi rostro una amplia sonrisa:

-… Detective… Clive… Beskin.-leo en la placa que pende de su pecho.-Lamento desilusionarle, pero ni yo soy tan estúpido como para caer en su truco, ni usted merece morir por la mano de un artista de mi talla, sino más bien por la suya propia.-con un dedo le señalo el ventilador de techo que se alza sobre su cabeza. Y cuando comprende por fin lo que está a punto de pasar, el odio se esfuma y sólo queda el temor.

Sin dejar de apuntarle con el revólver, planto la banqueta de aseo delante suya y le obligo a subirse a ella. Le digo que si no sigue mis instrucciones le espera una muerte tan lenta y dolorosa que se arrepentirá de no haberme obedecido a tiempo. Se resiste hasta que le pateo los cojones con todas mis fuerzas a modo de advertencia y termina por ceder mostrándose menos insolente. Le ordeno que ate el extremo de la corbata al ventilador y cuando desplazo la banqueta de un puntapié y le veo pendiendo y balanceándose luchando por respirar como un pez fuera del agua, asisto al segundo gran espectáculo de la noche: pierdo la noción del tiempo apreciando embelesado cómo se desencajan sus ojos, cómo comienza a babear y cómo, finalmente, Clive Beskin se vuelve rígido y de color azul.

Cuando todo termina, le desnudo a excepción de la corbata y guardo sus efectos personales en mi maleta. Traslado a ¿Clementine, era? y la deposito en la bañera confiando en que la policía asocie las muertes a un caso de violencia de género, si bien sé que es cuestión de horas que identifiquen al detective y que comprueben que el perfil que el hotel posee de mi identidad falsa no coincide con la de Beskin. Con todo, el enredo me hará ganar algo de tiempo y ralentizará el proceso, o eso espero.

Limpio todo cuanto me es posible, me cambio de traje y empaqueto mis cosas, incluido el maletín en el que guardo mi instrumental artístico, y dejo la habitación sin más demora. Cuando llego al recibidor, dejo bien atadas todas las gestiones en el hotel y hago gala de mi encanto natural dedicándole palabras de gratitud por el servicio a la recepcionista, que no sospecha en absoluto de las dos sorpresas que le esperan en la habitación 219.

Subo al coche, arranco el motor y me incorporo a la carretera. Transcurridos 20 o 30 kilómetros, estaciono cerca de la ribera del Lago Chesuncook, rocío con gasolina las pertenencias de Beskin y las hago arder para eliminar las pruebas.

Preocupado por el revés de los acontecimientos, rebusco en los bolsillos de mi pantalón para ver si un cigarro me relaja, pero en lugar del paquete de tabaco, topo con algo alargado, duro y pringoso. Ah, querida, con las prisas incluso se me había olvidado que me había llevado un recuerdo tuyo, símbolo de lo bien que lo hemos pasado esta pasada noche. Y es que justo en el instante en el que vi este anular tuyo, tan esbelto, tan hermoso… Fue en ese preciso instante cuando me enamoré perdidamente de ti y supe que estábamos hechos el uno para el otro. Pero tenías que estar casada, querida… Tenías que estar casada. Cuando mis ojos se posaron en este anillo de compromiso creí morir y eso me dolió y me enfureció hasta el punto de amarte y odiarte a la vez en tan sólo una noche. Y el resto… Bueno, el resto, querida mía, es historia: nuestra historia.

Arranco el dedo del anillo de diamantes y lo lanzo a la superficie del Lago Chesuncook, donde a buen seguro nadie lo encontrará, o al menos no en un estado útil para los forenses ni la policia científica. Y antes de hacer lo mismo con el anillo, lo examino una última vez en mis manos y se me escapa una sonrisa cuando leo el grabado que hay en el interior.

 

Claire: estaba seguro de que te llamabas Claire.

 

 

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