Oda al Limoncello

En noches como esta, adoro el sabor de un buen Limoncello tras las cenas en mi chalé en compañía de mi querida familia. De hecho, no se me ocurre forma más perfecta de rematar un día tan grandioso como el de hoy.

Llamadme pijito, llamadme sibarita… Pero el tan cacareado licor de limón siempre me resulta especialmente grato en Verano y me recuerda a aquel primer ciego que me cogí en Italia en ese ya lejano Viaje de Estudios de 4º de ESO del que tantos buenos recuerdos guardo. Por ello mismo creo que, pese a que el primer chupito siempre sabe a Nenuco, a que su aroma es penetrante e intenso como pocos y a que las borracheras que se pillan con él resultan especialmente traicioneras… Pese a todo ello, siempre recibo al Limoncello como a un viejo amigo al que no veo desde hace años. Uno de estos de los que quizás no estén ahí pase lo que pase a través del tiempo, pero que siempre deja una huella grabada a fuego en el corazón. O en el hígado. O en ambos. Y claro, cada encuentro es digno de la más excelsa celebración…

 Y es que sí: el Limoncello es, grosso modo, como una persona. Y como persona bajo la envoltura de líquido elemento, no puedes dejarte guiar por las primeras impresiones, que todo sea dicho, suelen echar para atrás en su caso particular, pero oye, conforme lo conoces (lo bebes), vas percibiendo sus virtudes, sus carencias, su actitud, su humor… Y acaba resultando irremediablemente encantador. Quizás sea porque hay que adaptarse a su exótico sabor con cada sorbo que se da, o porque siempre me electrocuta la boca con ese mágico calambre que me adormece la lengua de forma placentera y narcótica. O quizás es que mi hermana y yo somos capaces de bebernos botellas y botellas del cítrico elixir siempre y cuando las carcajadas hagan acto de presencia, oferta que nunca se atreven a declinar. Y qué carcajadas, madre. De antología.

 

No sé a quién culpar, si a mi estado de embriaguez o a que el júbilo merma mis capacidades para escribir, pero hay que decir que el Limoncello hoy me ha sentado mejor que nunca. Y sería ladino por mi parte negar que el brebaje de la Toscana potencia la melancolía y la nostalgia que desde siempre fluye por mis venas, pero relajémonos, porque no siempre la melancolía estrangula y no siempre la nostalgia angustia. Hoy es día de celebración y podría beber y beber y beber… No para olvidar, sino para crear nuevos recuerdos de ácido e impredecible sabor. Hoy me gustaría que el alcohol poseyese mi cuerpo y que lo hiciese despertar de su letargo, que lo volviese salvaje, instintivo, puro. Y reír, y bailar, y caer, y resurgir. Para al día siguiente, despertar con una resaca de mil pares de cojones y poder decir…

 

“Mereció la pena”.

 

Divino Limoncello: brindemos por muchos más encuentros memorables en el interior de copas de cristal en lo que resta de Verano. Y que este éxtasis dure lo que tenga que durar, que ojalá sea mucho y con la intensidad de tu cítrico sabor. Que te maceren bien, amigo mío, que yo aquí te espero impaciente por degustarte.

limoncello

 

 

 

 

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De síes y de noes

Probablemente la causa de mayor frustración que experimenta el ser humano a lo largo de su vida es la fútil búsqueda en pos de la felicidad perpetua. Digo fútil porque, como todo lo existente, nada es eterno ni está libre de ser afectado por el tiempo o por el cambio y eso es ley de vida. Y una bien jodida, pero que urge internalizar por y para nuestro propio bienestar y cuanto antes asimilemos esta lección, mejor.

 

¿A qué queda aferrarse entonces en esta oscura senda de sufrimiento a la que llamamos vida? A las chispas de luz que de tanto en tanto alumbran fugaz pero intensamente y que nos permiten, durante apenas un instante, tener un punto de referencia y orientarnos a través de las galerías del intrincado túnel. Para mí en eso es, ni más ni menos, en lo que consiste la felicidad: breves destellos que iluminan un camino por lo general lóbrego y arduo y que son tan escasos, tan impredecibles, tan súbitos y que resplandecen con tanta intensidad que hacen que merezca la pena toda la amargura, tristeza, dolor y lágrimas que acechan tras cada sombra del trayecto. 

 

¿Y a qué viene todo esto? A que, para qué negarlo, llevo una racha de tres días consecutivos geniales y me aventuraré a usar el término prohibido: felices. Y oye, hay que señalar lo malo, pero también lo bueno. Y es de biennacido ser agradecido y por eso escribo esta entrada.

Pero al caso, mis tres últimos días han sido tal que así:

Pasé un gran día con mi hermano hace 2 Lunas y aprovecho para recomendaros la película que vimos: The Sunset Limited, con Samuel L. Jackson y Tommy Lee Jones, y paso de decir más porque todo lo que añada ahora mismo sólo conseguirá mancillar el sensacional y atípico filme el cual, por cierto, es casi imprescindible de ver en V.O.S.E para su absoluto disfrute. Voy a ser majo y os voy a dejar aquí el enlace de la película completa en Youtube:

Por lo demás, hicimos poco o nada y con todo fue un día redondo como una plaza de toros.

 

Ayer tocaba quedar entre amigos para un poco de despiporre. Y es que al final uno viste con sus mejores galas para estar guapete para el deleite de sus colegas aunque sea en un piso tirados más que para lucirse en el centro: eso es lo que nos hace tener auténtica clase. Y es que, gracias al ron y al vodka, la lectura en voz alta de Harry Potter y el Prisionero de Azkaban se convirtió en la novela erótica más picante de todos los tiempos. Qué puñetero descojone. Amén del maquiavélico juego que más finos nos dejó: responder con el adverbio afirmativo y/o negativo suponía ser castigado con chupitos que se acumulaban con una facilidad pasmosa y terriblemente destructiva. Juego tonto donde los haya, correcto, pero su efectividad demostró ser incuestionable. Las trampas, los ardides, la Psicología, el uso del entorno y el contexto… Las posibilidades son ilimitadas cuando se trata de que tus colegas se tajen hasta las cejas. A mi personalmente me conquistó: me lo apunto para el futuro.

 

Y hoy, día de relax para eliminar el alcohol en sangre, con huevos fritos poco agraciados pero comestibles (que es lo importante), un pozo sin fondo de patatas fritas y siesta, mucha siesta. Me atrevería a decir que la mejor y más cómoda siesta que me he echado en mucho tiempo y una de estas que te dejan nuevo, como recién salido del embalaje. También iba a haber piscina, pero el día sólo tiene 24 horas y hoy la modorra veraniega ha golpeado certera y letal así que queda para el próximo día.

 

Y como veis, tres días con nada de excepcional… ¿O quizás sí…? Mierda, con lo bien que iba: ni un sí ni un no en toda el post y… JOOODER, ya van 3 chupitazos de lo primero que sea que encuentre en el minibar de mi chalé. Me cago en la leche así no se puede…

 

 

Mira, mejor lo dejo aquí y listo porque me conozco cómo acaba esto, ¿vale? ¿Ok? ¿Correcto? ¿De acuerdo? ¿Conforme? ¿Afirmativo?

 

Cualquier cosa con tal de no decir que sí.

 

 

 

 

La madre que me…

 

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