El duelista

El duelista sólo confiaba en su acero.

Quienes habían tenido trato con él en su constante vagar sin rumbo fijo lo describían como un individuo parco en palabras, pero poseedor de un metal de voz afable e incluso, por extraño que parezca… tierno. Era él de gestos suaves, exquisitos y modales propios de un miembro de la alta alcurnia. Sin embargo, no podía decirse lo mismo de los harapos que portaba o del avinagrado hedor que emanaba de su cuerpo.

Había dedicado la mayor parte de su ya casi media centuria  a vivir como un nómada, viajando de aquí a allá. Había visitado más ciudades y aldeas que el más intrépido de los heraldos de la nobleza y las recordaba todas y cada una de ellas pues todas y cada una de ellas habían tenido algo que ofrecerle en su periplo sin fin. Las ganancias que percibía exclusivamente de las victorias que le valían su veterana muñeca y su juego de pies iban dirigidas a llenarse el estómago y a abastecerse para sobrevivir un día más. A veces, cuando había conseguido ahorrar lo suficiente a manos de los cuerpos sin vida de sus siempre respetados contrincantes, se permitía el lujo de costearse una bota del vino más barato posible, o un buen libro, le faltasen páginas o no. Y ni él mismo podía afirmar con exactitud qué consumía con mayor avidez, si las palabras o el elixir: sólo sabía que necesitaba de la compañía de ambos.

De ambos y de su acero, por supuesto.

Al principio no le resultó nada fácil acostumbrarse a esta nueva filosofía de vida. Parece obvio deducir que, partiese de donde partiese en un principio, el duelista emprendió su camino con cierta reserva monetaria en el bolsillo, pues el hambre y la sed no tardaron en formar parte de su ser tanto como su propia sombra. Había decidido desde muy temprano que la desnudez de su protectora estaría reservada para los ojos de aquellos dispuestos a batirse en un duelo honorable con él. Se tomaba este acuerdo con honda formalidad y era su máxima. Quizás la fama de la que gozaba procedía precisamente del seguimiento de una doctrina tan inflexible e inusual como la que se había autoimpuesto o esa era la explicación que él había ideado para responder al porqué de haberse convertido en una leyenda viviente del arte de la espada, aunque muchos otros alegarían que se debía más bien al virtuosismo de su técnica o a su precisión inigualable a la hora de lanzar estocadas fulminantes directas a la guardia desprotegida de sus adversarios. Se sonreía cada vez que se le venían a las mientes los absurdos y prodigiosos rumores que circulaban alrededor de su sencilla y llana persona: en una ocasión le oyó decir a un aldeano que había conseguido que su rival envainase su estoque en su propia vaina sin percatarse siquiera, de tanto forzar la parada a un ataque dirigido a su costado izquierdo. Antes de batirse con él, el hijo menor de la Casa de Belchiar afirmó no tener miedo alguno de “su espada forjada con el corazón de una estrella” y al oír esto no pudo contener las carcajadas durante todo cuanto duró el lance. Aquella mañana, la Casa de Belchiar lloró la pérdida del joven e impetuoso esgrimidor y el duelista pudo despreocuparse sobradamente de su manutención durante dos meses que difícilmente olvidaría mientras viviese. Algunos maldecían murmurando que la capa con la que se cubría estaba tejida a partir de un jirón arrancado por él mismo de la oscuridad de la noche más negra y que por eso nadie había sido capaz de atravesarle mientras la vistiese. Mas lo que nadie sabe, es que años atrás, esa capa había sido de un tono de radiante verde esmeralda antes de que la mugre, el polvo, la tierra y las heces la hubiesen empañado sin dejar rastro alguno del color original. 

Merecía la pena seguir viviendo, seguir arriesgando la vida y empuñando la Muerte misma en su diestra con tal de asistir como testigo al fabuloso desarrollo de su propia historia. Y disfrutaba aún más cuando por fin alguien de entre las calles o los senderos le reconocía por el único signo en el que convergían la realidad y el mito: su característico ojo izquierdo sin visión, sin brillo en la mirada. Y en ese momento, ese alguien le contemplaba por segunda vez pero como por vez primera, como si dudase de si estaba o no frente a la leyenda viva de la espada: acaso un vagabundo, un sucio y maloliente vejestorio envuelto en harapos. Y el éxtasis alcanzaba por fin su cenit cuando desenvainaba y enarbolaba la ropera y la leyenda se materializaba en la centella de su filo. Y si el duelo estaba a la altura de sus expectativas, ni la más atroz de las hambres ni la más lacerante de las sedes hacían mella en su pétreo orgullo.

 

 

Aquel día amaneció, como otros tantos, a la sombra de un roble del camino, envuelto en su propia mortaja con la mano en torno al pomo de su protectora. Lucía el Sol y cantaban las aves con jolgorio. Su desayuno consistió en el dulce pensamiento de que muy probablemente, en ese preciso instante, a incontables millas de sí, un charlatán le estaría narrando en la plaza de la urbe a la multitud enardecida cómo había derrotado al Barón de Khanna en inigualable encuentro, ya fuese edulcorando la gesta declarando que el duelista se batió en esa ocasión con la mano izquierda, con el ojo sano cerrado, de espaldas, sin portar su capa de sombras… 

Sí… Definitivamente, merecía la pena seguir viviendo, seguir arriesgando la vida y empuñando la Muerte misma en su diestra con tal de asistir como testigo al fabuloso desarrollo de su propia historia. Una historia que se iba escribiendo duelo a duelo, estocada a estocada.

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Sublimación

El mísero mortal buscaba respuestas. A demasiadas preguntas.

Pensó que las encontraría en la montaña, pero la estéril llanura no iluminó el insondable abismo de sus pensamientos.

Escaló la escarpada sierra e interrogó a todas y a cada una de las rocas, pero parecieron burlarse del mísero mortal al no romper su milenario juramento de silencio.

Cuando alcanzó la cima, contempló la magnífica vista que ante él se revelaba y expuso sus dudas, desnudó su alma, confesó sus secretos mejor guardados. Admitió sus miedos más profundos y su voz hizo eco tembloroso hasta difuminarse como carboncillo en un lienzo al no obtener contestación alguna.

Emprendió el descenso, aún más abatido que durante la subida, y caminó hasta que sus pies descalzos dejaron de responder ante los designios de su voluntad.

Apiló leña y hojarasca y logró hacer un fuego confortable que calentó su cercenada piel y sus cansados huesos. Pensó que quizás la llave que tanto anhelaba se hallaba en el corazón de las llamas y formuló las palabras. Y, a diferencia de la montaña, el fuego replicó intensamente, con vehemencia. En sus pupilas se reflejaron las imágenes y escenas que las brasas mostraban. Le sedujeron: lujuriosas, lascivas, ladinas. Le prometieron más allá de los confines de lo imaginable y fue embaucado por la belleza de la mentira y cegado por las repentinas chispas de verdad que de tanto en tanto crepitaban. Las ascuas se acrecentaron a medida que el mísero mortal se sumía en la opulencia que la danza ígnea reservaba sólo para su recreo personal.

Y percibió el ardid demasiado tarde: todo él se inflamaba y todo él se calcinaba. Las lenguas de fuego reptaban por su cuerpo, anidaban en su cabello, licuaban su carne. Corrió y corrió todavía ahíto de todo cuanto el fuego le había concedido contemplar a un coste que había resultado ser demasiado elevado. Con ojos todavía incandescentes, creyó discernir a no mucha distancia una orilla y forzó los pasos hasta que la extenuación y el dolor se lo permitieron. Tropezó de bruces contra la arenisca y se arrastró a lo largo del mar de conchas y corales que se interponía entre él y el agua.

Se rasgaba las manos, se laceraba el abdomen, se le paralizaban las piernas, presas de un fulminante calambre. Se impulsaba, luchaba, vivía y moría a cada hálito que liberaba y reprimía. El agua parecía huir de su infame presencia cada vez que la marea bajaba y parecía recibirle con los inabarcables brazos extendidos cada vez que la marea subía. Vertió lágrimas de fuego, aulló con el dolor propio de quienes han visto, sentido, sabido, vivido…

Demasiado.

Su rostro es mecido por el movimiento del mar. Las llamas de su cuerpo se extinguen con un siseo ensordecedor y las aguas hierven a su alrededor como si tratasen de ahogar la cólera de un volcán sumergido. La letanía de las olas susurra, cristalina, en sus oídos. Sus ojos observan impasibles los primeros rayos del Sol, y también los últimos. Sus manos no reflejan signo alguno de la abrasadora caricia del fuego. Siente el peso de sus cabellos mojados flotando en la superficie. Los latidos de su corazón se sincronizan con el bramido del oleaje cada vez que rompe en la costa.

Y súbitamente entiende muchas, demasiadas cosas.

El mísero inmortal experimenta la poderosa atracción que el océano está comenzando a ejercer sobre su ser. Impertérrito, comienza a nadar, a ofrecer resistencia y a avanzar hacia la arena, palmo a palmo. No ha escalado y descendido la montaña ni ha perecido ante el fuego para ahora dejarse someter ante la infinita oscuridad del piélago. Quizás ese era el destino del mísero mortal que fue antaño, pero no el del ser que es en acto:

Un inmortal que ha vertido lágrimas de fuego y ha aullado con el dolor de quienes han visto, sentido, sabido, vivido y muerto…

LaertesDurante demasiado tiempo.

Zorro

Zorro vino al mundo como uno más de los seres que abrazan la vida por puro instinto aún sin haberla deseado.

Zorro tuvo suerte: nació en el seno de una familia de raposos astutos y de buenas intenciones para con los demás . Durante su período como cachorro, nada le faltaba a Zorro y disponía de cuanto precisaba. La inmensa frondosidad del Bosque le resultaba todavía desconocida, pero su madriguera era profunda, cálida y confortable. Se esperaban grandes cosas de Zorro, pues en él se depositaban buena parte de las esperanzas de su clan, y él había desarrollado una fuerte consciencia de sí mismo y de su potencial. 

Hemos mencionado que Zorro provenía de una estirpe astuta, y fue precisamente de allí de donde heredó Zorro su inteligencia y madurez… Y fueron ambas las que avivaron en su interior un fuego que sigue ardiendo y que no ha menguado desde entonces: la curiosidad. Y fue precisamente esta la que le llevó a dejar la comodidad de su hogar y a internarse en lo más profundo del Bosque antes de tiempo.

Y es que, si bien Zorro era feliz en su madriguera con los suyos, ya hacía tiempo que en él había despertado el afán de conocer el Bosque, de nutrirse directamente de él y de su conocimiento, de vivir aventuras, de conocer a sus moradores, de ser parte del todo y de ver qué existía más allá de los límites de su cubil… Pero como ya hemos advertido, con demasiada precocidad.

En su audaz vagar por la hojarasca del Bosque que se abría al fin ante él, Zorro topó con Ciervo. Acostumbrado a moverse entre áreas seguras y controladas, Zorro se presentó tímido y precavido en este primer contacto con el ser de la foresta: ya por aquel entonces prefería ir con sigilo a abalanzarse con las fauces por delante. Sin embargo, en esta ocasión, Zorro abandonó su escondite y se mostró ante los ojos de Ciervo, cuya mirada parecía siempre otear más allá de los árboles, las rocas y los ríos, penetrando más allá de los confines del Bosque mismo. Y nuevamente, contra todo pronóstico, Ciervo no emprendió la huida ante la presencia del depredador anaranjado. Desconcertados el uno por la reacción del otro, procedieron a aproximarse, se olfatearon e incluso jugaron juntos durante varias semanas. Se convirtieron en compañeros y forjaron un lazo. Y, eventualmente, Zorro llegó a convencerse de que el Bosque era, tal y como había pensado durante muchas noches cobijado en su madriguera, un Edén, un remanso de paz, bondad y, ¿por qué no? felicidad. 

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Fue entonces cuando sobrevino la primera cornada.

No supo ni cómo ni por qué, pero en mitad de uno de tantos días de recreo, las astas de Ciervo hendieron en la carne de Zorro. La sangre manó profusamente, pero la disculpa de Ciervo por el aparente accidente y el perdón de Zorro bastaron para que el trágico asunto no cobrase más importancia de la que tenía. Pero antes incluso de que la herida sanase, el filo de la cornamenta refulgió por segunda vez durante apenas un segundo en mitad de la oscuridad de la noche. Y esta vez, quizás por la furtividad de la estocada, quizás por el dolor residual del primer ataque, quizás por la traición que se percibía en el acto… Zorro fue herido de gravedad. Con la visión nublada y al borde del colapso, rechazó a Ciervo gruñendo y mostrando los colmillos amenazadoramente. Y cuando se vio al fin libre de todo peligro, se dejó caer en la tupida hierba teñida de carmesí y se sumió en un profundo sueño del que tardó varios días en despertar.

El regreso al lejano hogar fue una calamidad para Zorro: sin la atención adecuada en el momento adecuado, no sólo sus heridas cicatrizaron mal: también le marcaron de forma indeleble para el resto de sus días. No volvería a cazar con la misma precisión que hasta entonces había demostrado, sus patas ya no aguantarían correr largas distancias sin sentir fatiga y dolor, su olfato se había atrofiado y su oído ya no le permitía diferenciar el canto de las aves más deliciosas de las menos suculentas. Y, por encima de todo, sintió el miedo y la decepción. Miedo hacia lo desconocido que yacía oculto tras la infinidad de ramas y maleza del bosque y que podía ocasionarle cualquier tipo de daño. Decepción por la traición de Ciervo y por su propia ingenuidad, tan característica de cualquier cachorro que se precie.

Durante la travesía, el dolor, sumado al impulso de rendirse debido a la severidad de sus heridas, hizo mella en su cuerpo y en su espíritu, y esta sería una constante en su futuro porvenir. En un par de ocasiones estuvo realmente cerca de ser besado en los labios por la Dama Muerte, pero el instinto de la vida se antepuso y le insufló fuerza desde lo más profundo de su ser. Finalmente, llegó a la madriguera esbozando entre jadeos una sonrisa amarga y cansada que sería su signo de identidad durante largo tiempo. Su familia le recibió con los brazos abiertos y lamió sus heridas en vano, pues las astas de Ciervo, como sus ojos, penetraban más allá de lo que podía distinguirse en superficie. Cuando se hizo un ovillo y logró descansar plácidamente en lo más recóndito de su madriguera, le sorprendió percatarse de lo mucho que había añorado su refugio a lo largo de los tormentosos días a la deriva.

Los años pasaron y Zorro creció y aprendió de su experiencia con Ciervo, pero a un elevado precio. Su carácter, otrora resplandeciente y colmado de esperanza, se tornó sombrío y áspero a causa del sufrimiento resultante de la lección del Bosque.

Hermano Zorro, quien siempre había profesado gran amor y atención hacia Zorro, le informó de que conocía a alguien de confianza que podía ayudarle a atravesar la dura etapa existencial que se encontraba recorriendo. Aun a pesar de su desinterés, y de dudar de que pudiese existir algún ser benévolo en el Bosque tras su historia con Ciervo, Zorro aceptó la proposición de Hermano Zorro 

Al alba del día siguiente, los dos canes dejaron la madriguera y trotaron dentro de los límites del dominio del clan, para evitar a otros depredadores y peligros del Bosque. Y entonces, Hermano Zorro presentó a Serpiente. Zorro nunca había conocido a ningún ser remotamente parecido a Serpiente y la impresión que el reptil causó en él fue profunda y notable. Por su parte, los afilados ojos de Serpiente se estrecharon más que de costumbre cuando se posaron en el rostro todavía demacrado de Zorro. Cuando este le preguntó a Serpiente si quería unirse a él como compañera de viajes para explorar el Bosque, por toda respuesta, la bífida lengua del ofidio siseó resonando en todo el páramo.

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Zorro y Serpiente se convirtieron en más que camaradas durante sus días y sus noches mientras descubrían y se maravillaban con los secretos del Bosque. Como lo hizo en su día con Ciervo, Zorro encontró en Serpiente su razón de ser y el Bosque comenzó a perder interés para él. Peor aún: Serpiente se convirtió en el nuevo Bosque de Zorro. Y, cuando la ladina Serpiente supo que era el momento perfecto de descubrir su auténtica naturaleza, mudó su piel escamosa e hipnotizó a Zorro con un poderoso embrujo para a continuación morderle en el cuello con sus colmillos rebosantes de veneno. Y cada vez que la ponzoña se diluía en su sangre, el espíritu de Zorro se quebraba más y más. Fueron tantos los embrujos, que Zorro llegó a hipnotizarse a sí mismo por puro hábito: así de bien conocía ya las palabras mágicas de Serpiente. Fueron tantas las dentelladas, que Zorro se volvió adicto a su intenso veneno. Serpiente se convirtió en la droga de Zorro, una droga tan potente, que incluso a sabiendas de que se había transformado en poco más que un títere, no podía luchar contra la tentación de resistirse a la influencia del tóxico. 

Y por fin, un venturoso día, Serpiente se fue de la misma forma que llegó: reptando sigilosamente y sin dejar rastro. Quizás olfateó una presa más sabrosa, quizás sencillamente se cansó de morder el mismo cuello una y otra vez. Fuese por la razón que fuese, Zorro era libre, pero volvía a encontrarse al límite de sus fuerzas. Y en esta ocasión, llegó a sentir como los huesudos dedos de Dama Muerte acariciaban su hocico con gélida ternura para poco después esfumarse súbitamente.

Hermano Zorro lo encontró extenuado al borde de un acantilado y lo cargó en su lomo durante toda la vuelta a casa. Una vez logró despertar, Hermano Zorro se disculpó por todo lo acaecido con Serpiente y asumió toda la responsabilidad de su error. Pero Zorro entendió que el error sería no extraer ninguna enseñanza de ese capítulo de su vida y que él mismo había sido responsable al ser consciente del daño que se estaba infligiendo al exponerse ante un veneno a cuyos efectos parecía no ser capaz de inmunizarse. Esta vez la sanación de sus terribles heridas tomó menos tiempo del esperado: a fin de cuentas, el Bosque estaba volviendo a Zorro más fuerte, más resistente y más sabio. Eso, o que se estaba acostumbrando con sorprendente facilidad al dolor y al sufrimiento…

En una de sus tantas jornadas de cacería, Zorro llegó a un claro del Bosque que no conocía. Fatigado por el ejercicio, se acercó a las aguas de un arroyo cercano para saciar su sed cuando de pronto le interrumpió un sonoro graznido. Zorro elevó la vista y descubrió a un ave de gran tamaño al otro lado de la orilla. Garza sabía que tenía ante sí a un depredador y conocía bien la astucia de los raposos: un descuido podía costarle la vida… Y sin embargo se veía demasiado absorta como para emprender el vuelo. En cuanto a Zorro, desconocía por qué, pero su capacidad para confiar en el resto de seres del Bosque, que ya creía agotada debido a sus desafortunadas experiencias con Ciervo y Serpiente, brotó de su interior a borbotones con inusitada fuerza. Estuvieron contemplándose durante un prudencial lapso de tiempo divididos por el torrente hasta que finalmente comenzaron a dialogar el uno con el otro. Y descubrieron que tenían poco o nada en común entre ambos, y que, sin embargo, se atraían mutuamente. Pero eran tantas las diferencias… Garza no disponía de patas con las que correr, ni siquiera de colmillos. Zorro no tenía alas con las que volar, ni pico con el que atrapar los peces como hacía el ave. Intentaron bordear el río con todas sus fuerzas, pero sus aguas eran demasiado caudalosas y profundas. Con todo, a base de buena voluntad y amor, lograron anteponerse a las enormes diferencias que los separaban y gozaron de una feliz etapa juntos. 

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Fue entonces cuando Garza cayó víctima de una grave enfermedad.

Zorro hizo cuanto pudo, pero sus esfuerzos resultaron en vano ya que nada podía hacer desde su ribera por Garza y, en lo referente a ella, estaba demasiado débil como para experimentar mejora alguna. La incapacitante enfermedad de Garza se mantuvo durante un largo tiempo y no fue tarea fácil mostrarse fuerte en los momentos especialmente críticos. La situación de Garza dificultó la relación que mantenía con Zorro y se acabó generando una nociva dependencia entre ambas criaturas. Sin embargo, los esfuerzos de Garza acabaron dando sus frutos y, lentamente, su estado comenzó a estabilizarse y a recuperar la salud. Ilusionado por el giro de los acontecimientos, Zorro pensó que todo volvería a como era antes, pero se equivocaba: los estragos de la enfermedad habían cambiado a Garza, quien había decidido fortalecerse a sí misma y por sí misma para no tener que volver a depender de Zorro ni de nadie más.

Llegó el Invierno, y con él sus vientos, que enfriaron las aguas del arroyo y el vínculo entre Garza y Zorro. Sin importar el qué ni el por qué, las cosas habían cambiado con los años. Quizás fue Garza. Quizás fue Zorro. Quizás fueron ambos. Quizás fue el Bosque.

Agotado por dentro y por fuera, Zorro abandonó el claro por primera vez en mucho tiempo. Su corazón albergaba demasiadas dudas y demasiado dolor y corrió sin rumbo fijo durante meses: nunca había estado tan confuso y perdido. Desesperado por la situación, desandó sus pisadas para volver junto a Garza. En ese momento de debilidad deseó de todo corazón poder ignorar las diferencias, el cauce insalvable del río, la enfermedad de Garza y todo cuanto había cambiado.  

En el preciso momento en el que llegó, ya era demasiado tarde: con el batir de sus alas, Garza remontaba el vuelo para dejar el claro para siempre. Zorro aulló angustiado durante horas y Garza guardó silencio durante horas: la decisión estaba tomada y era irrevocable. Zorro entendió enmudeciendo por fin y Garza se alejó hasta perderse en el horizonte. No era un final digno de su capítulo, pero era un final que estaba escrito desde hacía ya mucho tiempo. Desde antes incluso de que llegase el gélido Invierno. Resultó ser la mejor de las posibilidades: sus diferentes naturalezas los apartaban más que todos los ríos del Bosque juntos.

 

Ha pasado el tiempo y hoy Zorro tiene un nuevo compañero: Chacal. 

Como autor de este cuento, que aún ahora sigue escribiéndose, les deseo lo mejor a Zorro y a Chacal a medida que corren, juegan y aúllan por el Bosque. Ojalá que bebáis hasta la última gota de sus ríos, degustéis hasta la última de sus frutas, olfateéis hasta la última de sus fragancias, piséis hasta la última de sus briznas de hierba y escuchéis hasta la última de sus melodías.

Y cuando al final, después de todo, el Bosque ya no guarde más secretos para vosotros dos… Viajad y explorad otro Bosque. Uno que sea aún más grande y maravilloso que este.

Si es que acaso existe.

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Lata de sardinas

Abres los ojos. Es un nuevo día. Dejas la cama con desgana, acariciándola con todo el cuerpo, profesando con un sólo gesto más cariño del que muchos de los llamados “amantes” de hoy en día saben dar. Te apoyas primero sobre el pie derecho, para que luego no se diga que fue culpa tuya. Te plantas frente al espejo y tratas de deshacer ese desastre que tienes por cara. Limpias las legañas, sientes la humedad del agua cercenando tu piel. Aplicas la loción hidratante, confiando en que oculte las cicatrices que nadie salvo tú puedes apreciar. Pero lo haces por si acaso porque sería demasiado arriesgado permitirse el lujo de que alguien más reparase en ellas.

Es la misma cara de todas las mañanas. ¿Qué esperas conseguir que no hayas conseguido ya día tras día durante años y años…?

 Te vistes con cuidado, no vayas a dar la nota, y cuelgas al hombro la bandolera, más vacía que llena. Abandonas el confort del hogar y desciendes en el ascensor. Giras el picaporte del portal.

Y ante ti, el mundo exterior: el ruidoso mundo exterior.

Te abruma el bullicio, el tráfico, el humo, el frío, los extraños y sus extrañas vidas. La tentación de volver sobre tus pasos besa tu cuello y roza tu nuca con dedos de seda fina. Qué fácil sería, realmente, huir de todo y de todos. Pero no es lo que se espera de ti. Das tu primera zancada con el pie derecho, para que luego no se diga que fue culpa tuya. Los semáforos en rojo te dan tiempo para pensar hasta que el hombrecillo verde se deja ver por fin, tímido o perezoso. Un coche casi te atropella, porque para los conductores la bombilla ámbar no significa circular con precaución, por extraño que a ti te lo parezca. Ni siquiera te sorprende lo cerca que ha estado de esfumarse todo. Toda tu reacción se basa en fulminar al sujeto tras el volante con una mirada cansada. Hasta de la rabia te han privado, piensas a medida que aceleras el paso para alcanzar el otro lado de la acera. En la acera nada ni nadie te atropella, salvo los ojos y los empujones resignados del resto de transeúntes para quien tú eres el desconocido, el intruso, el cero a la izquierda.

Vivir en sociedad es un mal trago. Nadie te conoce ni tú conoces a nadie. Es incómodo, frío y estéril. Se siente como compartir algo con alguien de quien no sabes nada ni sabes si quieres saber algo. Y ante el temor de tratarlos como quizás no se merezcan, la mejor alternativa parece ser guardar un silencio que deja a los de los velatorios de los cementerios en apenas un silencio de pentagrama. 

Guareces las manos en los bolsillos del abrigo, protegiéndote de un frío que sabes bien que no es producto del mes de Noviembre. Sigues con los ojos una estela que se aleja a unos metros: ahí va tu autobús. Buscas nuevamente la rabia en tu interior, esa a cuya ausencia ya te has acostumbrado como un perro bien amaestrado. El panel luminoso de la parada indica que quedan 11 minutos de espera. Esperar es como el “ABC” de la vida.

Te entretienes observando el ir y venir de los autómatas de la ciudad. Pero más que entretenido, resulta inquietante, como un sombrío desfile digno de la literatura de Poe. Llegan nuevos personajes a la parada. Se abstraen en sus móviles inteligentes. Te sonríes con amargura cuando recuerdas que hace algún tiempo leíste una frase que era algo así como “móviles inteligentes para personas tontas”. Pero lo que más gracia te hace es que muy probablemente tú pareces igual de estúpido cuando la pantalla de tu dispositivo ilumina tu cara, revelando las cicatrices, arrugas y la grasa de esa fabulosa loción hidratante que como otras tantas cosas, sirve para poco o nada a la hora de la verdad.

El autobús se planta ante ti con un chirriar de frenos. Montas. Pasas la tarjeta. Bip. El conductor ni te mira a los ojos, ni tú a él: total, seguro que conduce como el culo. Y ahora sí, la crema y nata de la sociedad descubre su magnificencia y sus encantos ante ti. Avanzas por el pasillo mirando de lado a lado, juzgando y siendo juzgado por el resto de sardinas de la lata sobre ruedas. Encuentras tu espacio en la parte intermedia, y agradeces ser de pequeño tamaño, porque eso facilita mucho las cosas. Y por un momento, temes haberte vuelto sordo, hasta que alguien tose. Es sorprendente la facilidad con la que se llega a olvidar que la sociedad suena así: vacía, envasada, hueca, rota, moribunda. Decenas de personas que comparten una misma dirección, pero no el mismo viaje.

Los autobuses son como pequeños ecosistemas, en los que se podrían hacer multitud de fructíferos estudios experimentales. En ellos, se lucha por sobrevivir y por los recursos con una ferocidad digna de bestias carroñeras. Un asiento vacío es algo por lo que merece la pena moverse rápido, aun si para ello tienes que sentir cómo crujen tus entumecidos y oxidados huesos… Si llegas a tiempo, claro. Si no llegas, resignación, vergüenza, derrota. Y si llegas, sabes que estás en lo más alto de la cadena alimenticia, aunque sea durante un viaje de 30 minutos, pero ¿quién eres tú para privarte de tamaña victoria?

Y se produce un curioso fenómeno cuando alguien se te sienta al lado: no sabes si es invasor, compañero o ambas respuestas son incorrectas. Y cuánto te confunde ese conflicto de sensaciones… Porque, por un lado, te sientes solo cuando abarcas demasiado espacio vital y realmente llegas a desear que alguien te tome en sus brazos y consuele tus miedos e inquietudes, pero por el otro, amenazado por si alguien lo asedia y viola sin miramientos. Y el debate interno se intensifica aún más cuando caes en la cuenta de que no es tan interno como pensabas: es recíproco y mutuo. Es casi como si compartieses un tácito “lo siento” con esa persona, para después pararte y pensar: “¿Qué es lo que siento exactamente…?”

Ni idea, ¿verdad? A fin de cuentas, las sardinas en lata no existen para pensar y mucho menos para sentir: únicamente sirven para ser consumidas.

 

Llegas a tu destino. Resoplas aliviado. La puerta mecánica del autobús se abre de par en par y vuelves a contemplar el mundo exterior: el ruidoso mundo exterior. El alivio ha durado eso, un resoplo. Puede que ni eso. 

Abandonas la lata de sardinas con el pie derecho.

Para que luego no se diga que fue culpa tuya.

 

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Habitación 219

 

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Está muerta.

Enciendo un cigarro con el mechero mientras hago memoria intentando recordar su nombre: ¿Chloe…? Ni idea. Observo distraídamente cómo las volutas de humo escapan de la habitación del hotel en dirección a la ventana abierta. Me abrocho el botón del pantalón del traje y salgo al alféizar a que me de un poco el aire: estoy sudando como un maldito cerdo y el alcohol tiene mi cabeza algo embotada.

Confieso que hace una noche exquisita para ser Noviembre, la verdad. La única luz que hay en la calle es la de la brillante Luna en forma de uña de gato que se trasluce a través de las densas nubes del cielo. Ha estado bien, pienso a medida que me recompenso inhalando una buena calada. El tabaco en mis pulmones relaja el todavía acelerado pulso de mi corazón. Echaba de menos esta euforia, este subidón fisiológico: es la única sensación que de verdad me arranca de los pegajosos y sórdidos brazos de la monotonía y me hace sentir vivo. Noches como esta hacen que merezca la pena pasar por toda la mierda del mundo en el que me ha tocado nacer. ¿Cuánto hacía ya que no salía a pasármelo bien? Mes y medio como poco. Judy me ha estado dando el coñazo durante semanas con lo de organizar y celebrar el décimo cumpleaños de Tyson, pero ahora que la fecha ya ha pasado ,tengo más tiempo para mí. Y para ti, ¿no es así Cl… au… dia…? No te llamabas así, ¿verdad?

Apuro el cigarrillo, lo apago contra la barandilla y lo arrojo al vacío nocturno antes de acercarme a la cama. Ante mis ojos se muestra… ¿Qué puedo decir…? Una obra de arte. Es un lienzo digno de Velázquez, una escultura no reconocida de Cellini, el clímax que se merecía la Sinfonía Inacabada de Schubert… Porque menudo final compartimos, querida mía. Nuestros cuerpos desnudos danzaban en una vorágine tan bárbara y a la vez tan delicada… Nos estremecíamos como hojas al viento y nos inflamábamos del deseo, de la pasión, del sexo más salvaje. Apenas tres horas, un escueto pero provechoso repaso a la obra de Rousseau y Sade y tres o cuatro Gin-Tonics me han bastado para hacerte mía por y para toda la eternidad. Porque a mi siempre me quedará atesorar el recuerdo de esta velada, pero tú… Tú has pasado a ser algo mucho más puro e intocable: has pasado a ser arte. Deberías estarme agradecida, porque el sexo se puede comprar, vender, mendigar… Pero el arte no tiene precio, por mucho que los críticos y especialistas se esfuercen en refutar el incalculable valor de su esencia. El arte no entiende de cifras, monedas, billetes, maletines… El arte está por encima de todo eso, porque nos eleva a nosotros los artistas a la categoría de Dioses. Pero tú ya lo sabías, ¿verdad, querida? ¡Mírate! Has sido la musa que ha inspirado una creación. Y con la sangre que aún mana de la inercia de tu cadáver podría pintar un hermoso fresco en la pared de esta habitación de hotel, podría confeccionar el perfume más embriagador del mercado… Y créeme, no habría hombre ni mujer que no se sintiese tentado de refrescar su cuello con unas gotas de tu aromático carmesí después de una noche tan inolvidable como la de hoy. Si pudieras, no me cabe duda de que volverías a la vida sólo para suplicarme que vuelva a follarte y a asesinarte como lo he hecho hoy. ¿Y qué clase de monstruo sería yo para negar una última voluntad como esa a tan hermosa mujer…?

Ni el mejor cirujano, ni el mejor carnicero habría sido capaz de practicar estos cortes e incisiones con la precisión, exactitud y belleza con los que he actuado yo esta noche. Si pudiese vivir de esta, mi verdadera vocación, nadaría en la abundancia más absoluta. Ser un visionario en tiempos tan frívolos es una maldición, ¿no te parece, Claudine…?

En ese instante algo me arranca de la fascinación contemplativa de mi víctima: se oyen pasos en el corredor inusualmente próximos a la puerta de nuestra habitación. Aún falta más de una hora para que amanezca: no puede ser el servicio de lavandería, ni un botones. De haberse escuchado algo, no habría sido más que el crujir de los muelles y nuestros gemidos de placer, pero nada más: soy muy silencioso y precavido cuando saco a relucir mi faceta artística. Reacciono tan rápido como puedo, tomo uno de mis cuchillos y me oculto bajo la cama tapando los huecos con la colcha. Escucho perfectamente lo que me parecen dos pies del 47 retumbando zancada a zancada hasta que, efectivamente se detienen ante mi puerta. Escucho cómo una ganzúa trastea en la cerradura del picaporte. La ausencia de aviso pone mi cerebro a maquinar a toda velocidad: o se trata de un soplo o me han estado siguiendo. Sea la opción que sea, estoy jodido.

La puerta se abre con un lento crujido para a continuación ser cerrada suavemente. Percibo cómo algo se desenfunda: si mis agudizados oídos no me engañan, diría que se trata de un revólver siendo amartillado. La respiración de mi hostigador suena pesada y lenta: se trata de un hombre maduro, de constitución corpulenta y me atrevería a decir que con bastante experiencia en esto de cazar. Se produce un silencio tal que por un momento pienso que debe de estar escuchando mis sienes palpitando con violencia… Afortunadamente, tras lo que parecen interminables horas, los pasos se dirigen hacia el cuarto de baño. Con todo el sigilo del que dispongo, ruedo dejando atrás mi escondite y me sitúo en la esquina que da a la pared del exterior del aseo. Me asomo al interior y adivino una figura de espaldas con gabardina descorriendo la cortina de la bañera. Aprovecho la inmejorable oportunidad y estampo la cabeza del detective contra los azulejos de una patada y me apodero del revólver no sin antes jactarme de mi propia profesionalidad por seguir llevando puestos los guantes profilácticos. Cuando se da la vuelta dispuesto a contraatacar, ya le estoy apuntando con el revólver al corazón. Su expresión es el resultado de la mezcla a partes iguales de un odio visceral y del temor de quien tiene a la muerte cara a cara.

-Dispara y mátame, hijo de puta, y hazle el trabajo a mis colegas de la sección de balística. Cuando te cojan vas a pasar entre rejas lo que resta de tu puta y miserable vida.

Interrumpe su propio discurso al verse incapaz de disimular la sorpresa cuando, poco a poco, se va dibujando en mi rostro una amplia sonrisa:

-… Detective… Clive… Beskin.-leo en la placa que pende de su pecho.-Lamento desilusionarle, pero ni yo soy tan estúpido como para caer en su truco, ni usted merece morir por la mano de un artista de mi talla, sino más bien por la suya propia.-con un dedo le señalo el ventilador de techo que se alza sobre su cabeza. Y cuando comprende por fin lo que está a punto de pasar, el odio se esfuma y sólo queda el temor.

Sin dejar de apuntarle con el revólver, planto la banqueta de aseo delante suya y le obligo a subirse a ella. Le digo que si no sigue mis instrucciones le espera una muerte tan lenta y dolorosa que se arrepentirá de no haberme obedecido a tiempo. Se resiste hasta que le pateo los cojones con todas mis fuerzas a modo de advertencia y termina por ceder mostrándose menos insolente. Le ordeno que ate el extremo de la corbata al ventilador y cuando desplazo la banqueta de un puntapié y le veo pendiendo y balanceándose luchando por respirar como un pez fuera del agua, asisto al segundo gran espectáculo de la noche: pierdo la noción del tiempo apreciando embelesado cómo se desencajan sus ojos, cómo comienza a babear y cómo, finalmente, Clive Beskin se vuelve rígido y de color azul.

Cuando todo termina, le desnudo a excepción de la corbata y guardo sus efectos personales en mi maleta. Traslado a ¿Clementine, era? y la deposito en la bañera confiando en que la policía asocie las muertes a un caso de violencia de género, si bien sé que es cuestión de horas que identifiquen al detective y que comprueben que el perfil que el hotel posee de mi identidad falsa no coincide con la de Beskin. Con todo, el enredo me hará ganar algo de tiempo y ralentizará el proceso, o eso espero.

Limpio todo cuanto me es posible, me cambio de traje y empaqueto mis cosas, incluido el maletín en el que guardo mi instrumental artístico, y dejo la habitación sin más demora. Cuando llego al recibidor, dejo bien atadas todas las gestiones en el hotel y hago gala de mi encanto natural dedicándole palabras de gratitud por el servicio a la recepcionista, que no sospecha en absoluto de las dos sorpresas que le esperan en la habitación 219.

Subo al coche, arranco el motor y me incorporo a la carretera. Transcurridos 20 o 30 kilómetros, estaciono cerca de la ribera del Lago Chesuncook, rocío con gasolina las pertenencias de Beskin y las hago arder para eliminar las pruebas.

Preocupado por el revés de los acontecimientos, rebusco en los bolsillos de mi pantalón para ver si un cigarro me relaja, pero en lugar del paquete de tabaco, topo con algo alargado, duro y pringoso. Ah, querida, con las prisas incluso se me había olvidado que me había llevado un recuerdo tuyo, símbolo de lo bien que lo hemos pasado esta pasada noche. Y es que justo en el instante en el que vi este anular tuyo, tan esbelto, tan hermoso… Fue en ese preciso instante cuando me enamoré perdidamente de ti y supe que estábamos hechos el uno para el otro. Pero tenías que estar casada, querida… Tenías que estar casada. Cuando mis ojos se posaron en este anillo de compromiso creí morir y eso me dolió y me enfureció hasta el punto de amarte y odiarte a la vez en tan sólo una noche. Y el resto… Bueno, el resto, querida mía, es historia: nuestra historia.

Arranco el dedo del anillo de diamantes y lo lanzo a la superficie del Lago Chesuncook, donde a buen seguro nadie lo encontrará, o al menos no en un estado útil para los forenses ni la policia científica. Y antes de hacer lo mismo con el anillo, lo examino una última vez en mis manos y se me escapa una sonrisa cuando leo el grabado que hay en el interior.

 

Claire: estaba seguro de que te llamabas Claire.

 

 

La Bestia

Es una despiadada cacería.

Eres como una liebre tratando de escapar de las fauces de un depredador cuyo hálito te acaricia la nuca, proyectándote un terror inenarrable que te revuelve las entrañas. Si eres lo bastante hábil, puedes lograr dar esquinazo a la Bestia, despistarla, dejarla atrás… Pero siempre te encuentra por muy profunda y segura que sea la madriguera en la que te guareces. Y de nuevo, como cada vez, más tarde o más temprano, se abre la veda: los días amargos, los días de sobrevivir, los días del huir de algo contra lo que simplemente no te puedes enfrentar.

Y cuando por fin parece cansarse de dejarse las pezuñas contra el terreno, de desgastarse las garras, de desafilarse los colmillos, de morirse de hambre, sed y sueño todo a la vez… Se detiene. Se detiene y te ofrece la oportunidad de girarte para observar a la Bestia a los ojos desde una distancia en la que te consideras a salvo. Y contra todo pronóstico, la Bestia no muestra signos de extenuación o fatiga en absoluto. Al contrario: esboza la horripilante mueca de lo que deduces que es su particular y macabra forma de sonreír. Y contemplas esos ojos. Esos ojos que centellean hasta en la más negra de las noches y que te han perseguido en demasiadas pesadillas como para recordar si acaso alguna vez tuviste sueños apacibles. El chasquido de su lengua resuena en tus enormes orejas de liebre y la Bestia te habla, sin pestañear, sin torcer el gesto o relajar su postura. Y sus palabras revelan cuánto se equivocaban tus sentidos: No está cansada. De hecho, de desearlo, en ese preciso momento podría abalanzarse sobre ti de un salto y arrancarte de una dentellada ese sabroso cuello que tienes. De forma rápida, de forma letal. Pero, ¿acaso no sería ese un placer efímero, vano y finito? La Bestia ha podido darte muerte desde el primer instante en el que te designó como su presa predilecta. Antes incluso de que reparases en su presencia, siquiera en su existencia.

Pero ni la más apetitosa de las carnes puede compararse con el sabor de los manjares más suculentos que existen en la Naturaleza: las saladas lágrimas, la densa textura de la tristeza, la intensidad de la desesperación… Y su favorito desde la primera vez que pudo degustarlo: el gusto del miedo ajeno.

Entiendes entonces que has sido un juguete, acaso un pasatiempo destinado a la eternidad. Es tu maldición, tu sino. Y te jura, antes de dejarte respirar tranquilo por unos pocos meses o años si la Bestia se siente magnánima, que la próxima vez desearás desde lo más profundo de tu corazón que te de caza y acabe con esta tortura para siempre. Pero no lo hará porque tu temor, tus ganas de vivir, tu deseo de aferrarte a la vida aún cuando ya asumes que no te pertenece, significan mucho más para la Bestia que para ti mismo. Se alimenta del proceso, no del resultado. Y cada vez que le suplicas, cada vez que el grito se silencia atragantado en tu garganta, cada vez que sientes como el gélido vacío se apodera de tu esperanza más recóndita… Cada vez la Bestia se fortalece más y más. Eres su nutriente, su esencia, su razón de ser… Por ese único motivo te mantiene con vida.

Y súbitamente, con la misma celeridad con la que te encontró, desaparece sin dejar rastro.

Como si nunca hubiese estado ahí.

Como si siempre hubieses estado tú sólo.

Huyendo.

De ti mismo.

De la Bestia que se agazapa en tu interior.gray wolf.jpg.CROP.promo-mediumlarge

Vídeo

Cosmogonía

Al dejar vacío ese cascarón de carne, nervio y hueso al que hasta entonces llamaba “mi cuerpo”, mi esencia flota y se eleva ligera, liberada. Trepa y asciende, poseída por un impulso poderoso y desconocido. Deja abajo, muy abajo, los árboles, los edificios, las nubes. Y a medida que mi psique, mi alma, gana en altura, despierto de un letargo que comenzó en el preciso instante de mi gestación.

Irónicamente y desafiando toda lógica, me siento más vivo ahora que antes de morir.

Abro un par de ojos inmateriales y contemplo con ellos el manto de oscuridad que me envuelve y da cobijo. Es, en cierto modo, una sensación semejante a la de la comodidad del útero materno, pero de una magnitud indescriptiblemente superior. Las puntas de mis dedos espirituales se funden con el éter de las estrellas y sienten el ardiente latido de sus corazones de piedra incandescente. Mis inexistentes oídos me permiten apreciar el apabullante silencio del cosmos, que resulta más atronador que el estallido de una supernova. Saboreo con mi lengua astral la compañía de la dulce a la par que amarga soledad del Infinito en perpetua expansión. De un único y breve olfateo, capto el rastro del polvo estelar y de las colas de un millón de cuerpos celestes y cometas y la nostalgia se apodera de mí al reconocer a mis antiguos hermanos y hermanas y al recordar como surcábamos juntos el firmamento en nuestro afán por comprobar cuál de entre todos lograba alcanzar la ansiada velocidad de la luz…

Me permito un lapso de diez años de mi insondable vacío para descansar ante la agotadora revelación de la que soy testigo y para profundizar en el entendimiento de mi hasta entonces vacua existencia. Dedico una centuria en reflexionar acerca de los antecedentes y consecuencias de mi no-existencia. Mil años mortales más para llegar a inferir cómo algo tan insignificante y frágil como mi otrora falso cuerpo podía mantener mi espíritu encadenado y privado del conocimiento de su auténtica y extraordinaria naturaleza. Tras diez mil años vagando sin rumbo por el espacio, me embarco en un proyecto de ingeniería colosal: la reconstrucción de mi cuerpo primigenio. Mis hermanos y hermanas acuden en mi ayuda y contribuyen al proceso, danzando alrededor de mi débil órbita vital y creando un torrente de energía que me es insuflada gota a gota a costa de la suya propia. Asisto impotente a su debilitamiento a lo largo del agotador proceso: pierden luz, enferman, se apagan, mueren. Absorbo sus fríos y yermos cadáveres al tiempo que vierto lágrimas que forman nebulosas en tributo a su fraternal sacrificio.

Conforme su poder mengua, el mío aumenta y comienzo a percibir la última Verdad que aún escapa a mi alcance. Al principio sólo dispongo de un breve bagaje de conceptos, pero poco a poco voy hilvanándolos con dedicación para que el rompecabezas encaje y tome la apariencia de una intrincada y elaborada constelación de hipótesis y fórmulas para hallar la respuesta a qué soy. A quién soy. Y de pronto, tras eones de ignorancia, de estertor, de la sed más inenarrable… La última frontera, la Verdad absoluta, se descubre ante mí y me ilumina con su saber:

Soy Uno con el Cosmos.

Soy Uno con el Universo.

Soy Uno y soy…Todo.

 

Mi cuerpo restaurado y mi psique imperecedera se vinculan de modo inseparable, libres de la amenaza de las inclemencias de la existencia y de la no-existencia. No hay límites: Yo soy el límite.

Inhalo polvo estelar antes de liberar el rugido que anuncia mi despertar absoluto: un rugido que desintegra lunas, borra galaxias y que hace estremecer al Universo que me ha visto nacer, morir y renacer de nuevo.

Porque,-inquiero al cosmos mientras mi voz hace eco por y para toda la eternidad-¿Cuántos pueden jactarse de haber renacido bajo la forma de un Dios…? 

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