El Vergel

Hay un vergel en mi interior que por más que lo riego no crece.

He probado con regaderas de todos los tamaños imaginables y con aguas de manantiales legendarios. Recuerdo una vez que para cuando tuve llena una de las regaderas, me pesaba tanto en los brazos y en los hombros con una única gota cubrí todo mi jardín, para mi satisfacción. No fui consciente hasta la mañana siguiente de que la dosis había sido mortal.

Al principio pensé que igual la culpa era de una plaga de topos celosos de la belleza en potencia de mi diminuto vergel, así que los busqué por aquí y por allá armado con un pico y una pala. Y, cosas de la vida: tenía yo razón con lo de la plaga, salvo que en lugar de encontrarme con una sociedad de feroces mamíferos peludos, el responsable resultó ser un solitario y peludo mamífero que usaba garras de metal.

Más adelante, llegué a pensar que igual lo que necesitaba mi jardín era gasolina y una cerilla. Pensé: “bueno, está claro que este jardín no quiere florecer así que quizás sea cosa de intentarlo con el que le sobreviva”. Y así, resuelto y decidido, lo quemé por completo hasta la última hoja y el que casi no sobrevivió fui yo.

Tras esto, desesperado, decidí poner a la venta mi yermo y carbonizado terreno, pero naturalmente, nadie lo quería para sí. Se acercó una simpática ancianita, más interesada por la trágica historia de mi jardín que por el beneficio agrícola que podía aportarle, si es que acaso este podía ser alguno. A regañadientes, y no sin que la vergüenza se me pintase en el rostro, le conté todo acerca de mi vergel y todos mis intentos en balde por traerlo a la vida: que si regaderas de 2 metros de grande, que si agua traída del mismísimo Amazonas, que si topos por todas partes… le hablé hasta del rayo que había provocado el reciente incendio en mi huerto pese a ser Verano y que no hubiese habido tormentas desde Marzo. El asunto es que la vi tan atenta a mis palabras que incluso se lo ofrecí totalmente gratis, como regalo por su interés y buena voluntad.

“Uy no, no, joven… Es una historia terrible la que me cuenta, pero a mí me da que yo no tendría nada que hacer con un jardín tan tozudo y arisco como este. Me ha dicho que ha intentado todo lo posible para hacerlo florecer, ¿no?

-¡Todo, señora, todo, se lo aseguro…!

-Todo… Todo… ¿Verdad…?-Enarcó una ceja, arrugando su frente hasta el punto de que parecía desafiar todas las leyes de la física y la materia. Su expresión se tornó tan propia de un ave rapaz que enmudecí súbitamente durante un instante que ella no dudó en aprovechar para seguir hablando-¿Sabe…? No sea tan duro con él, joven. ¿Qué culpa tiene él de que ningún agua por milagrosa que sea le haga bien? ¿Y qué me dice de los topos o de haber sido fulminado por un rayo (que ya es mala suerte en Verano)…? Por otro lado, si como usted dice lo ha intentado todo sin éxito, no le negaré que parece bastante inútil esforzarse, ¿no le parece? Ya se lo digo yo, y confíe en mis palabras: nadie va a aceptar ni querer este jardín como regalo y mucho menos a cambio de algo. No en vano ni siquiera usted, joven, que es su propietario, lo hace…”

En aquel momento no añadí nada más. De hecho, por el contrario, dejé que las palabras de la ancianita calasen en mis oídos, pesadas como losas, mucho después de que ella se hubiese alejado pasito a pasito de mi ahogado, acuchillado, yermo, carbonizado y patético jardín.

Y a la mañana siguiente, cuando salté de la cama y salí del interior de mi casa, recorrí mi vergel, que por primera vez sentí como mío propio (reparé en que ni siquiera era capaz de recordar cuántos años llevábamos juntos en esta atípica relación agricosocial que habíamos fraguado), le dediqué un amago de sonrisa… Y no hice nada más.

Y así durante una semana, hasta que al octavo día aparecieron de la nada unos nubarrones negros cargados de las aguas de los confines más lejanos y de algún que otro relámpago (inofensivos, esta vez, afortunadamente) que se precipitaron sobre mí y sobre mi vergel con una energía insospechada. Me avergüenza decir (aunque sea otro tipo de vergüenza, una vergüenza de la que sentirse secretamente orgulloso) que bailé al son de aquella espectacular tormenta de Verano y de que resbalé con el barro y el lodo formados hasta que acabé del mismo color y textura que mi baldío y querido vergel. Ah, y afónico de reír…

Al día siguiente, lo encontré mientras efectuaba mi paseo matutino, pese a la fiebre y el infame dolor de cabeza. Aún hoy no consigo entender cómo conseguí avistarlo, porque estaba bien oculto y enterrado. Deduzco que quería ser encontrado por mí y que de algún modo me lo hizo saber de una forma mágica y misteriosa:

 

Era el primer brote.

Y en cuanto lo vi verde, fuerte y fresco, sentí que ya era suficiente, que ya bastaba. Que todo lo pasado y vivido junto al jardín hasta ese día había merecido la pena. ¿Recordáis la dichosa regadera esa de 2 metros…? Aquel día podría haberla llenado lo menos 6 veces sólo con mis lágrimas.

Antes he dicho que aquel fue el primer brote y, en efecto, así fue. De muchos. De cientos. De miles. De millones. A lo largo del tiempo, les he buscado un nombre a todos, y los he mantenido a lo largo de su madurez y sí, tiempo después de que muriesen ya adultos. Y creedme, han pasado muchos, muchos años… Tantos que ahora todo yo está igual de arrugado que la frente de la maravillosa ancianita de aquel día cuando enarcaba su ceja. Qué puedo decir… Será que tengo una gran memoria, ¿no?

 

 

Hay un vergel en mi interior que por más que lo riego no crece.

¿Y qué? Supongo que ya ha crecido todo lo que tenía que crecer y ha florecido todo lo que tenía que florecer.

Me parece perfecto.lluvia-cielo-nublado-plomizo-waxing-storm-campo

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Ríe la araña

Ríe la araña, al escuchar el peculiar sonido que producen sus hilos de seda al tensarse bajo el peso de un nuevo recién llegado. No sin impaciencia, se relame sin necesidad de disimular su hambre voraz.

Ríe la araña, al dejar la comodidad de su guarida y recorrer con sigiloso paso su formidable arquitectura que sirve con igual efectividad de trampa y de refectorio.

Ríe la araña, dándole la bienvenida a la mosca por tan inesperada visita: 

-“Qué honor que dediquéis uno de vuestros tan atesorados (y escasos, permitidme la osadía) días a una anfitriona tan humilde como yo… Me siento halagada…“.

Forcejea la mosca, cautiva en su presidio, a medida que el peligro se aproxima con la celeridad que sólo ocho extremidades milimétricamente acompasadas pueden propiciar. Lucha por liberarse de la red en vano, a sabiendas de que su sentencia final permanece vedada tras esa sonrisa ladina.

Prosigue la araña, disculpándose mientras juega distraídamente con una de las ataduras:

-“… Pero entended también el compromiso en el que me situáis, señora mosca: Si tan sólo me hubieseis comunicado con algo más de tiempo vuestra intención, podría haber preparado algún bocado digno de vuestra cortesía. Y si no me creéis, mirad a vuestro alrededor: no tengo nada de provecho que pueda ofreceros…

Tiembla la mosca, al identificar los cadáveres que hasta entonces creía informes guirnaldas adornando la telaraña: apenas los restos de algún cascarón roído y algún ala desmembrada a medio carcomer. Al presenciar la visión de su propio futuro, le suplica a su desbocado corazón que deje de latir el tiempo justo para no tener que experimentar el más funesto de los destinos.

Susurra la araña a medida que entrecierra sus cuatro pares de ojos:

-“¿Y si os dijese, señora mosca, que se me ocurre una manera a través de la cual ambas podríamos saciar nuestro apetito al mismo tiempo? ¡Es más, podríamos incluso compartir nuestras impresiones acerca de los matices, las texturas, las intensidades, los aullidos… Los sabores! ¿Qué me decís, acaso no se os antoja una oferta tentadora, una audaz propuesta…?

Llora la mosca desolada, víctima de la violación y de la impotencia. Se culpabiliza con motivo de su debilidad y de su torpeza y maldice su sino por haber nacido mosca en un mundo infestado de depredadores. Sabe lo que le espera, pero le aterroriza aún más el hecho de saber con certeza que en lo más profundo de su ser no está preparada para soportarlo.

Se carcajea la araña, y chasquea finalmente con sus afilados colmillos:

“-Así pues, riamos juntas, señora mosca. Por toda la eternidad.”

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Musicoterapia:The Cat Empire

La música miserable me hace feliz. Por el contrario, la música feliz me hace sentir jodidamente miserable – Steven Wilson

Pese a considerarme un melómano, nunca me leeréis jactándome de mi gran diversidad de gustos musicales. Sí, puede que me vea casi como un cinturón negro en lo que al género progresivo se refiere, pero por ejemplo soy prácticamente un analfabeto en el panorama del jazz. El conocimiento básico que poseo de la música clásica se debe casi exclusivamente a mis años en el conservatorio y a la influencia de mis padres y si bien es inusual verme escuchando pop, también tengo mis debilidades personales en el que posiblemente es el más trillado de los estilos musicales de nuestro tiempo. Entre este año y el pasado me he estado abriendo a la electrónica, aunque haya sido a paso de hormiga. Pero oye, supongo que por algo se empieza. 

Y es que amo la música. Es mi gran pasión, mi mayor confidente y el ente en el que encuentro mayor placer y recreo, aparte de, cómo no, la escritura. La música tiene la capacidad de hacerme feliz y como reza la fantástica cita con la que he dado pie a la entrada también miserable. Personalmente considero este hecho como algo infinitamente más mágico y sobrenatural que el hecho de sacar un conejo de una chistera.

No es un secreto confesar que la mayor parte de la música que escucho día a día tiene un elevado contenido “negativo”: Ya sea por sus letras o melodías, la música triste, depresiva, nostálgica y melancólica es la que más ha casado siempre con mis preferencias. Y es que pienso que ya estamos demasiado bombardeados de arco iris, “coelhismo” y hollywoodismo gratuitos. Me parece perfecto que exista el positivismo, pero opino que nada en exceso es bueno y menos si se le atribuye a una filosofía de vida un carácter que roza lo sectario. Porque sincerémonos: hoy en día tienes que aparentar que eres feliz y optimista, y si no, la sociedad aparte de señalarte como a un leproso, te intenta convertir a su dogma de “sonríe hasta que lo acabes haciendo de forma natural”. Que tiemble el cristianismo: le ha surgido un digno competidor… Llamadme raro, pero lo que es a mí, la idea de que me atiborren a la fuerza de happiness para que se haga foie gras conmigo no es una idea que me entusiasme demasiado. Es lo que yo sin tapujos me atrevo a catalogar como una alienación del estado de ánimo genuino. 

Una de las formas bajo las que opera esta forma de alienación es la música mainstream de consumo que existe únicamente por y para el estribillo pegadizo de turno. ¿Es esto algo necesariamente malo? Insisto en que no, pero a veces es inevitable pensar en que la gente no es consciente que existen unos cuantos formatos más en este arte tan hermoso llamado música.

Adelante, me quitaré la máscara: soy un cruzado de la música, un rebelde inconformista que nada a contracorriente de lo cien mil veces manido, del ineludible verso-estribillo-verso, un despiadado hater del material de discoteca y de los hits que todo Dios conoce menos un servidor. Supongo que esto que expongo es lo mismo que ocurre pero a la inversa con la pintura contemporánea: si no tienes ni zorra de arte pictórico ves un montón de manchas de colores en un lienzo y dices “esta mierda la pinto hasta yo con el rabo”. 

Quizás no es cuestión de elitismo y simplemente la fórmula de la música positiva no hace click conmigo y soy incapaz de creérmela. Como cuando un Testigo de Jehová llama a tu puerta sin siquiera habérselo ofrecido antes, la música mainstream es para mí una invasión en toda regla.

Sin embargo, y aquí llega al fin el quid de la entrada, hay días en los cuales estoy tan mal que no me veo capaz de escuchar 4 canciones seguidas de Radiohead o Porcupine Tree, por citar sólo un par de tantos ejemplos. En esos nefastos días, la empatía que normalmente debería transmitirme consuelo y desahogo se tornan en algo mucho más nocivo para mi ser.

Lo cierto es que es música que me define tan bien, que conecta tanto conmigo, que en esos casos es capaz de provocarme auténtico daño. ¿Qué hacer entonces, en esos días de autosabotaje y amotinamiento espiritual en los que el mundo y yo conspiramos contra mí mismo? Beberme el agridulce y vulgar veneno al que yo me refiero como música happy me produce una náusea inenarrable, pero sentir cómo la montaña de mi propia mierda comienza a taponar mis orificios asfixiándome al ritmo del 80% de mi depresiva música tampoco es una opción a tener en cuenta. Afortunadamente, como se suele decir, siempre hay un roto para un descosido. Estaba ya resignado, convencido de que no existía la musicoterapia eficaz para sujetos con unas tendencias tan depresivas como las del menda, cuando mis plegarias fueron escuchadas.

Y The Cat Empire entró en mi vida por la puerta grande.

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Y como otras tantas cosas de la vida, fue por casualidad. Me dirigía yo el Verano pasado a una fiesta en casa de una amiga y nada más llegar, la música que sonaba de fondo captó poderosamente mi atención. Por describirla de algún modo, en palabras, diré que era enérgica, de digestión fácil a la vez que dejaba translucir capas de profundidad, debido a, todo sea dicho, a la ecléctica mezcla de ritmos y melodías de las que hacía gala. Para empezar, no se apreciaba ni una sola guitarra eléctrica, lo cuál ya es raro de cojones se mire por donde se mire. Por el contrario, el protagonismo lo ostentaban los vientos metales y unos ritmos de innegable influencia latina que a mi me estaban trayendo loquito. Además la canción ambientaba de maravilla la temática fiestera porque horror… Era música happy.

El responsable de la música era amigo de la anfitriona y le pregunté casi de inmediato por el grupo:

“Se llaman The Cat Empire. Molan mucho”

Fue mucho más que molar mucho. Fue amor a primera escucha. 

Toda la playlist me tuvo abstraído durante toda la fiesta, quizás porque aún no lo sabía, pero ya una parte de mí intuía que The Cat Empire era todo lo que siempre había estado buscando durante mucho tiempo sin éxito. De vuelta a casa me empapé de su música y me documenté bien de ellos y desde entonces se han vuelto unos imprescindibles en mi reproductor de música.

THE CAT EMPIRE

The Cat Empire es un grupo australiano que simplemente es imposible de encasillar en un sólo género. The Cat Empire es un cocktail que suma tantos ingredientes que debería acarrear una resaca del carajo pegado al retrete, pero todo lo contrario: entra como agua y te deja uno de esos ciegos de reírte por cualquier cosa. Y a la mañana siguiente, amaneces lúcido recordando las anécdotas de la noche anterior.

The Cat Empire hace rock pero no al uso, porque lo combina con grandes dosis de reggae, ska, jazz, funk, calipso, música disco, bossa nova, klezmer, vals… Sin hacer música progresiva, su doctrina musical lo es precisamente por poseer un estilo polifacético a la par que único y por atreverse compositivamente con todo.

En directo demuestran una energía contagiosa y electrizante hasta el punto de que sus conciertos se convierten en verdaderas pistas de danza… Ah sí, que no os lo he contado: a mí The Cat Empire me hacen bailar. A mí. Sin quererlo. Bailar. La cosa de moverse y eso.

Los australianos con filia por la música latina se han ganado a pulso entrar en mi top10 de grupos favoritos de todos los tiempos no sólo por su genio compositivo ni por su envidiable ejecución. La música de The Cat Empire es adictiva, divertida y hace feliz a su público sin proponérselo siquiera. Sin artificios de ninguna clase, sólo siendo eso, naturales. Es curioso que lo que debería ser lo más esencial sea hoy en día algo tan escaso, ¿no?

LOS MUSICOTERAPEUTAS

-Félix Riebl es el líder y cerebro detrás del Imperio y si bien no es raro verle marcándose un digno solo con la percusión latina, su papel principal es el de vocalista y frontman. A mí, directamente, es un tío que me pone (no homo) porque derrocha magnetismo por los cuatro costados y tiene un timbre de voz muy particular e interesante.

-Henry James Angus y Ollie McGill son los encargados del virtuosismo y lucimiento instrumental. El primero es un trompetista bestial y en más de una ocasión asume el rol de vocalista (benditos pulmones), especialmente en esas alocadas secciones de ska repletas de palabras disparadas a cadencias imposibles. El segundo es el teclista y responsable de tocar en sus solos más notas por segundo de las que la ley permite. Anymore o Motion (la que es probablemente mi canción favorita del grupo y eso que hay entre dónde elegir…) lo demuestran a la perfección.

-Ryan Monro (bajo y contrabajo) y Will Hull-Brown (batería), se ocupan de la labor rítmica del grupo, posiblemente la característica más notoria del estilo de la banda. Dominan holgadamente todo tipo de géneros y sí, ellos son los culpables de que tus extremidades se muevan como poseídass por el ritmo ragatanga al son de The Cat Empire .

-El DJ Jamshid “Jumps” Khadiwhala es percusionista de apoyo, pero cuando realmente brilla con luz propia es cuando se pone a pinchar sus mezclas y samples en su mesa. Sus efectos son probablemente el añadido más experimental del grupo y le dan un sabor extra al estilo de The Cat Empire. Lo confieso, al principio choca bastante, pero tras unas cuantas escuchas, te das cuenta de que sin su scratching, The Cat Empire no sería el mismo rollo.

-Ross Irwin y Kieran Conrau más que miembros oficiales son un grupo de apoyo en la sección de viento metal para reforzar (más si cabe) el sonido de la banda y aunque su actividad tiene un cariz más secundario, forman parte del imperio felino con méritos y honores propios.

En sus más de 12 años de carrera han publicado 6 discos de los cuales los 3 primeros son indiscutibles obras maestras, habiendo tomado una orientación significativamente más accesible e easylistening en la segunda mitad de su discografía. Estos tres últimos siguen siendo discos de una calidad envidiable por la que ya muchos grupos de renombre querrían firmar, pero es justo puntualizar que la dosis de atrevimiento y virtuosismo se ha visto ligeramente reducida en los últimos años, lo cual no quita para que muchos fans, entre los que me encuentro, ya estemos deseando que vea la luz el séptimo trabajo.

Por si fuera poco, las letras de las canciones de The Cat Empire (aspecto que rara vez capta con fuerza mi atención) rozan un nivel más que elevado y algunas como las de la canción Miserere (que es una preciosa oda a la vida y al existencialismo), poseen un factor literario verdaderamente conmovedor.

Y ya sí, dejándome de tanto tecnicismo y análisis, finalizo concluyendo que este ensayo no es sólo (espero) una carta de recomendación para The Cat Empire: es una cuenta que tenía pendiente con ellos prácticamente desde que tuve la oportunidad de escucharlos por todo cuanto me han aportado.

Porque The Cat Empire ha supuesto para mí una verdadera musicoterapia en momentos difíciles en los que nada parecía ser capaz de dibujarme una sonrisa en el rostro. Así, este post es también un humilde homenaje a ese talento que tienen para componer grandes canciones que mudan vertiginosamente de estilo, ritmo y melodía en tan sólo 3 minutos. Homenaje también por hacerme bailar a golpe de ritmo latino, a pesar de moverme con la gracilidad de un pato mareado. Homenaje porque son la fiesta auditiva personificada y porque son capaces de hacer que el espíritu del Verano perviva durante los 365 días del año, evocando playas de fina arena, olas rompiendo en la costa, y un Sol radiante aunque los escuches en el mes de Febrero. 

Pero sobre todo homenaje por conseguir que me importen menos los cabreos, las decepciones, el mal tiempo, que las cosas no siempre salgan tan bien como me gustaría y por hacer que mi forma de ver el mundo sea un poco menos oscura y mucho más resplandeciente, permitiéndome apreciar con más claridad todo aquello por lo que tengo que alegrarme y dar las gracias. Y dicho esto, me despido con las líneas de Félix Riebl, porque de mi cosecha no las hay mejores ni tan brillantes:

Long live living if living can be this.

 

El rojo Otoño

Siempre he sido consciente de que existe una ancestral relación de amor-odio entre el Otoño y yo.

Es la misma sensación que se experimenta cuando acabas de conocer a alguien y al poco descubres que es idéntico a ti y de lo que es capaz de provocar. Detestas sus debilidades y sus flaquezas y al mismo tiempo te encuentras recreándote y admirando sus más encantadoras virtudes.

En el Otoño se respiran la nostalgia y la melancolía con tanta intensidad que asfixian.

Apenas ha dado comienzo la estación y ya puedo sentir sus garras traspasando mi carne, abriéndose paso en lo profundo para hendirme el alma. Siento cómo duele la herida al dar inusitada bienvenida a la calidez, al aroma del café y a las castañas asadas. Y también a la miríada de recuerdos que me asaltan sin previo aviso salidos de oscuros rincones de mi ser de los que creía que ya sólo quedaban escombros. Saboreo la traición al resbalar en el charco, pese a que el día luce soleado. Me dejo sorprender por el súbito aguacero, tan propio de la estación, para que la lluvia haga compañía  al arrepentimiento y la culpa que han hecho de mis hombros su refugio. Para que tengan con quien hablar.

Incluso nuestra afición por el tono rojizo es compartida y es que me niego a atribuir a la casualidad mi manifiesta preferencia por el júbilo del Verano o por la romántica solemnidad del Invierno cuando me veo reflejado en cada negro nubarrón, en el lastimoso bramido del vendaval, en los claroscuros vespertinos, en la confusión que tanto lo caracteriza.

En cada maldita y solitaria gota de lluvia.

Por eso, a todo aquel que me pregunta le respondo de igual forma a los cuatro vientos, sin temblarme la voz, con el ceño fruncido: Odio el Otoño.

Y sólo para mis adentros, en vergonzoso secreto, soy capaz de admitir que estoy irremediablemente enamorado de él.

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El Muro

Los muros tienden a ser sinónimo de obstáculos.

En ocasiones, es tan simple como contar con las herramientas necesarias para franquearlos: una escalera maciza, una cuerda que no te abrase las manos en el ascenso o un pico afilado para demolerlos.

En otras, los muros adquieren una astucia insólita, cambian los ladrillos por barrotes de frío metal y se transforman en presidios de alta seguridad cuya cerradura no cede ante ninguna llave existente.

Aún más crueles son los muros que te observan y conocen hasta tal punto que optan por adoptar un tono celeste para transmitirte una falsa sensación de sosiego. Se engalanan con tus imágenes favoritas, proyectan una luz grata y resplandeciente y hasta se impregnan de tu propia fragancia para trastornarte y hacerte creer que ese es el lugar al que perteneces. Te esclavizan mucho antes de que empieces a sospechar.

Y cuando por fin desenmascaras la farsa, se te antoja absurdo cómo tan sólo cuatro paredes bastan para seducirte y enturbiar tus sentidos, y a cada día que transcurre te hacen sentir náufrago sin necesidad de océanos ni mares. 

La claustrofobia es más y más asfixiante conforme mayor es el contraste entre lo que debería ser confortabilidad pero es en realidad anatema para tu ser. Son muros similares a hermosos recipientes de marfil sellados al hermético vacío en cuyo interior vagas a la deriva.

Y todavía no os he hablado del tipo de muro más infame que se ha ideado jamás: el invisible, el que no huele a nada que lo delate, el intangible, el inabarcable, el ilimitado:

Los que comienzan en mí y terminan en mí
El que comienza en ti y termina en ti.

El duelista

El duelista sólo confiaba en su acero.

Quienes habían tenido trato con él en su constante vagar sin rumbo fijo lo describían como un individuo parco en palabras, pero poseedor de un metal de voz afable e incluso, por extraño que parezca… tierno. Era él de gestos suaves, exquisitos y modales propios de un miembro de la alta alcurnia. Sin embargo, no podía decirse lo mismo de los harapos que portaba o del avinagrado hedor que emanaba de su cuerpo.

Había dedicado la mayor parte de su ya casi media centuria  a vivir como un nómada, viajando de aquí a allá. Había visitado más ciudades y aldeas que el más intrépido de los heraldos de la nobleza y las recordaba todas y cada una de ellas pues todas y cada una de ellas habían tenido algo que ofrecerle en su periplo sin fin. Las ganancias que percibía exclusivamente de las victorias que le valían su veterana muñeca y su juego de pies iban dirigidas a llenarse el estómago y a abastecerse para sobrevivir un día más. A veces, cuando había conseguido ahorrar lo suficiente a manos de los cuerpos sin vida de sus siempre respetados contrincantes, se permitía el lujo de costearse una bota del vino más barato posible, o un buen libro, le faltasen páginas o no. Y ni él mismo podía afirmar con exactitud qué consumía con mayor avidez, si las palabras o el elixir: sólo sabía que necesitaba de la compañía de ambos.

De ambos y de su acero, por supuesto.

Al principio no le resultó nada fácil acostumbrarse a esta nueva filosofía de vida. Parece obvio deducir que, partiese de donde partiese en un principio, el duelista emprendió su camino con cierta reserva monetaria en el bolsillo, pues el hambre y la sed no tardaron en formar parte de su ser tanto como su propia sombra. Había decidido desde muy temprano que la desnudez de su protectora estaría reservada para los ojos de aquellos dispuestos a batirse en un duelo honorable con él. Se tomaba este acuerdo con honda formalidad y era su máxima. Quizás la fama de la que gozaba procedía precisamente del seguimiento de una doctrina tan inflexible e inusual como la que se había autoimpuesto o esa era la explicación que él había ideado para responder al porqué de haberse convertido en una leyenda viviente del arte de la espada, aunque muchos otros alegarían que se debía más bien al virtuosismo de su técnica o a su precisión inigualable a la hora de lanzar estocadas fulminantes directas a la guardia desprotegida de sus adversarios. Se sonreía cada vez que se le venían a las mientes los absurdos y prodigiosos rumores que circulaban alrededor de su sencilla y llana persona: en una ocasión le oyó decir a un aldeano que había conseguido que su rival envainase su estoque en su propia vaina sin percatarse siquiera, de tanto forzar la parada a un ataque dirigido a su costado izquierdo. Antes de batirse con él, el hijo menor de la Casa de Belchiar afirmó no tener miedo alguno de “su espada forjada con el corazón de una estrella” y al oír esto no pudo contener las carcajadas durante todo cuanto duró el lance. Aquella mañana, la Casa de Belchiar lloró la pérdida del joven e impetuoso esgrimidor y el duelista pudo despreocuparse sobradamente de su manutención durante dos meses que difícilmente olvidaría mientras viviese. Algunos maldecían murmurando que la capa con la que se cubría estaba tejida a partir de un jirón arrancado por él mismo de la oscuridad de la noche más negra y que por eso nadie había sido capaz de atravesarle mientras la vistiese. Mas lo que nadie sabe, es que años atrás, esa capa había sido de un tono de radiante verde esmeralda antes de que la mugre, el polvo, la tierra y las heces la hubiesen empañado sin dejar rastro alguno del color original. 

Merecía la pena seguir viviendo, seguir arriesgando la vida y empuñando la Muerte misma en su diestra con tal de asistir como testigo al fabuloso desarrollo de su propia historia. Y disfrutaba aún más cuando por fin alguien de entre las calles o los senderos le reconocía por el único signo en el que convergían la realidad y el mito: su característico ojo izquierdo sin visión, sin brillo en la mirada. Y en ese momento, ese alguien le contemplaba por segunda vez pero como por vez primera, como si dudase de si estaba o no frente a la leyenda viva de la espada: acaso un vagabundo, un sucio y maloliente vejestorio envuelto en harapos. Y el éxtasis alcanzaba por fin su cenit cuando desenvainaba y enarbolaba la ropera y la leyenda se materializaba en la centella de su filo. Y si el duelo estaba a la altura de sus expectativas, ni la más atroz de las hambres ni la más lacerante de las sedes hacían mella en su pétreo orgullo.

 

 

Aquel día amaneció, como otros tantos, a la sombra de un roble del camino, envuelto en su propia mortaja con la mano en torno al pomo de su protectora. Lucía el Sol y cantaban las aves con jolgorio. Su desayuno consistió en el dulce pensamiento de que muy probablemente, en ese preciso instante, a incontables millas de sí, un charlatán le estaría narrando en la plaza de la urbe a la multitud enardecida cómo había derrotado al Barón de Khanna en inigualable encuentro, ya fuese edulcorando la gesta declarando que el duelista se batió en esa ocasión con la mano izquierda, con el ojo sano cerrado, de espaldas, sin portar su capa de sombras… 

Sí… Definitivamente, merecía la pena seguir viviendo, seguir arriesgando la vida y empuñando la Muerte misma en su diestra con tal de asistir como testigo al fabuloso desarrollo de su propia historia. Una historia que se iba escribiendo duelo a duelo, estocada a estocada.

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Sublimación

El mísero mortal buscaba respuestas. A demasiadas preguntas.

Pensó que las encontraría en la montaña, pero la estéril llanura no iluminó el insondable abismo de sus pensamientos.

Escaló la escarpada sierra e interrogó a todas y a cada una de las rocas, pero parecieron burlarse del mísero mortal al no romper su milenario juramento de silencio.

Cuando alcanzó la cima, contempló la magnífica vista que ante él se revelaba y expuso sus dudas, desnudó su alma, confesó sus secretos mejor guardados. Admitió sus miedos más profundos y su voz hizo eco tembloroso hasta difuminarse como carboncillo en un lienzo al no obtener contestación alguna.

Emprendió el descenso, aún más abatido que durante la subida, y caminó hasta que sus pies descalzos dejaron de responder ante los designios de su voluntad.

Apiló leña y hojarasca y logró hacer un fuego confortable que calentó su cercenada piel y sus cansados huesos. Pensó que quizás la llave que tanto anhelaba se hallaba en el corazón de las llamas y formuló las palabras. Y, a diferencia de la montaña, el fuego replicó intensamente, con vehemencia. En sus pupilas se reflejaron las imágenes y escenas que las brasas mostraban. Le sedujeron: lujuriosas, lascivas, ladinas. Le prometieron más allá de los confines de lo imaginable y fue embaucado por la belleza de la mentira y cegado por las repentinas chispas de verdad que de tanto en tanto crepitaban. Las ascuas se acrecentaron a medida que el mísero mortal se sumía en la opulencia que la danza ígnea reservaba sólo para su recreo personal.

Y percibió el ardid demasiado tarde: todo él se inflamaba y todo él se calcinaba. Las lenguas de fuego reptaban por su cuerpo, anidaban en su cabello, licuaban su carne. Corrió y corrió todavía ahíto de todo cuanto el fuego le había concedido contemplar a un coste que había resultado ser demasiado elevado. Con ojos todavía incandescentes, creyó discernir a no mucha distancia una orilla y forzó los pasos hasta que la extenuación y el dolor se lo permitieron. Tropezó de bruces contra la arenisca y se arrastró a lo largo del mar de conchas y corales que se interponía entre él y el agua.

Se rasgaba las manos, se laceraba el abdomen, se le paralizaban las piernas, presas de un fulminante calambre. Se impulsaba, luchaba, vivía y moría a cada hálito que liberaba y reprimía. El agua parecía huir de su infame presencia cada vez que la marea bajaba y parecía recibirle con los inabarcables brazos extendidos cada vez que la marea subía. Vertió lágrimas de fuego, aulló con el dolor propio de quienes han visto, sentido, sabido, vivido…

Demasiado.

Su rostro es mecido por el movimiento del mar. Las llamas de su cuerpo se extinguen con un siseo ensordecedor y las aguas hierven a su alrededor como si tratasen de ahogar la cólera de un volcán sumergido. La letanía de las olas susurra, cristalina, en sus oídos. Sus ojos observan impasibles los primeros rayos del Sol, y también los últimos. Sus manos no reflejan signo alguno de la abrasadora caricia del fuego. Siente el peso de sus cabellos mojados flotando en la superficie. Los latidos de su corazón se sincronizan con el bramido del oleaje cada vez que rompe en la costa.

Y súbitamente entiende muchas, demasiadas cosas.

El mísero inmortal experimenta la poderosa atracción que el océano está comenzando a ejercer sobre su ser. Impertérrito, comienza a nadar, a ofrecer resistencia y a avanzar hacia la arena, palmo a palmo. No ha escalado y descendido la montaña ni ha perecido ante el fuego para ahora dejarse someter ante la infinita oscuridad del piélago. Quizás ese era el destino del mísero mortal que fue antaño, pero no el del ser que es en acto:

Un inmortal que ha vertido lágrimas de fuego y ha aullado con el dolor de quienes han visto, sentido, sabido, vivido y muerto…

LaertesDurante demasiado tiempo.