Despertar

Últimamente, los momentos más dichosos de mi existencia son como el presente: a medio camino de la borrachera, de la melopea. No he llegado al extremo de machacarme el hígado, pero sí que empiezo, muy tímidamente, a poseer ese extraño grado de inspiración al que uno sólo puede acceder con la inestimable ayuda del alcohol, sustituto barato de la oxitocina. Pero de la compañía de esta última ya no gozo: ya no me toma de la mano con esa ternura que añoro, día sí, día también, a cada segundo que transcurre. Segundos que me caen pesados como losas de mármol.

Y en plena efervescencia, se me ocurre mirar por la ventana y doy con el abismo de la noche. Una noche que no parece que vaya a conocer fin, mas a quién pretendo engañar: como esta ya he vivido otras. Muchas veces, suficientes. En ocasiones, demasiadas. En sus tinieblas he creído adivinar porvenires futuros y he revisitado escenas de un pasado que se va alejando y desdibujando más y más hasta el punto de no reconocerlo como el mío propio. Como las aguas de un río cuya corriente fluye salvaje, desbocada, ignorante de la rotación orbital del universo. Una órbita que me obliga a fuerza de gravedad a danzar, aun cuando no me son familiares ni la melodía ni el compás. Y aunque así lo fueran, no me avergüenza reconocer que, al contrario que el valiente Aquiles, nunca fui poseedor de un par de pies ligeros.

Pero contra todo pronóstico, me dejo llevar y abrazo la inminente epifanía a la que mencionaba antes, dándole la bienvenida con sendas extremidades para cortarle la retirada que, a buen seguro, ya traza meticulosamente incluso antes de haberme sido consagrada. Y de repente, noto la cómo la  musa me acaricia el hombro con su mano de tacto sedoso, y por un breve pero muy placentero instante me siento inabarcable e inalcanzable. Infinito, etéreo, inefable. Una ilusión que culminará cuando mañana mis párpados extingan el ensimismamiento, accionados por un resorte invisible, como diciéndome: “ya basta por hoy”. Basta de la desidia, del recreo, de la ficción. De la desconexión. Del aislamiento. De la incomprensión. Del sentir. Del ser.

Y aun conociendo la efímera naturaleza de lo que es sin duda una fusa que se ha dado a la fuga del yugo del pentagrama cruel, lo que es una sentencia de muerte ya dictaminada en la garganta colectiva de mil voces… me aferro con todas mis fuerzas. Me aferro con vehemencia a estos instantes de fascinante ebriedad, de ingenuidad, de inocente desconocimiento. Instantes de anhelo por ese Samsara mil y un veces prometido, por ese quimérico vaciado del alma, por la arcana destilación de las memorias. Es en vano, yo lo sé, y el implacable universo lo sabe también, por supuesto. Y de pronto, pese a a la torpeza de mis pies y pese a mi nula gracilidad… la danza ya me ha sido ofrecida, planteada y tramitada y tan sólo resta lo que resta: ejecutarla. Porque el ímpetu es tan irrefrenable y la oportunidad lo exige tanto… que la sola posibilidad de dejarla pasar ante mis ojos sin ser parte protagonista me abrasa desde el interior. Y entonces, sin que sea un acto en absoluto premeditado, me resigno. Me resigno a interpretar por enésima vez el papel del mero espectador ahora que puedo comenzar a tantear los márgenes de mi propio súmmum. Me rebelo contra mis cadenas autoimpuestas. Y lucho por mí. Y lucho por hacer valer mi orgullo. Hasta que un chasquido resuena victorioso y me confirma lo que ya sospechaba: si la forja de los grilletes fue obra mía, ¿quién más idóneo que yo para hacerlos añicos?

Y me libero, siendo uno con el silencio de la noche, uno con el descanso de incontables mortales, uno con sus cacofónicos ronquidos, uno con sus sonambulismos extraños, uno con sus violentos espasmos. Y consigo mantenerme aparte, oculto y a salvo en las lindes de mi individualidad. Y me baño en la luz de cien estrellas agonizantes y me impregno de su energía celestial.

¿Será por un casual que ya no soy yo? ¿Que soy uno despierto y otro cuando sueño?

Súbitamente me descubro encarnando a un huracán desatado, a un volcán en plena erupción y a un atronador seísmo, todo a la vez. Y a continuación, haciendo alarde de una consciencia desbordada, doy buen uso del júbilo que palpita en mi pecho y le ordeno a mis manos que materialicen (aquí y ahora, mientras sea dueño de la capacidad) mis pensamientos, mis sensaciones, mi euforia, mis más oscuros e irreprochables deseos, mis más secretas carencias, mis más profundos pesares. Y transmuto a toda prisa arrebatos en oraciones, lamentos en palabras, rugidos en comas furiosas, cortantes como navajas. Y dejo constancia de mi frustración en cada punto.

En.

Cada.

Maldito.

Punto.

Pero el tiempo apremia y lo percibo agotarse. Y siendo conocedor de ello y viéndome impotente ante la innegable fugacidad de mi estado, de tan sólo haber llegado a rozar con las yemas de los dedos el ideal de mi perfección, me resisto por última vez haciendo acopio de lo que me queda de voluntad.

¿Es que todo conoce límites? ¿Es que al final de tantas cosas el destino de todo esfuerzo acaba siendo inane por definición?

Me niego, me niego, ¡Me niego! ¡ME NIEGO! Me niego a que se me prive de mi faceta más preciada, a que se me aliene con estas maneras, a ser devuelto a la vasija, ¿es que no es evidente que el contenido rebosa peligrosamente de su contenedor? Me niego a que se me imponga la mediocridad como norma, la conformidad como filosofía de una vida que no puede ser concebida como tal. Me niego a que mi cuerpo continúe siendo castigado sin mi consentimiento, sin dispensa aparente de piedad. Me niego a seguir siendo testigo de cómo mi espíritu se va quebrando grieta a grieta… hasta que llego al punto de fracturarme, resultando en el estallido de cientos de miles de millones de partes de mí, como aquella cadena a la que le rendía pleitesía. Y concluyo demasiado tarde una verdad demoledora: que desde el principio yo era los grilletes y que los grilletes siempre fueron yo.

¿Tan egoísta es mi aspiración? ¿En qué me tengo que convertir? ¿No soy digno de recompensa, después de todo? ¿Qué más puedo sacrificar?

Flotar en el éter a la deriva, degustar el néctar y la ambrosía… ¿nada de eso estuvo jamás al alcance de mi potencialidad? ¿Qué clase de condena es esta? ¿De qué se me acusa? ¿Es que en ningún momento ha habido respuestas que dieran solución a mis muchas preguntas? ¿No cambia nada lo que yo pueda sentir o pensar? ¿No existe el libre albedrío para las almas de los atormentados?

¿Acaso es el despertar la pesadilla definitiva para alguien como yo…?

 

Y con el descenso del último grano, la totalidad de las arenas del tiempo se amontona en la base del reloj dando por concluida mi fantasía favorita.

Y poco a poco, entre idas y venidas de impulsos nerviosos, comienzo a difuminarme. De una forma retorcidamente similar a como lo hacían las escenas de aquel pasado tan ajeno e inaccesible, varado en los confines de mi memoria.

Y muy silenciosamente, profiriendo aullidos ahogados, me acabo perdiendo a mí mismo entre la miríada de los centenares de miles de millones de fragmentos que alguna vez conformaron mi ser absoluto.

Y así, con lágrimas lamiéndome las mejillas, desaparezco progresivamente durante lo que se me antoja una agridulce eternidad…

 

…Pero el sueño, como cada noche, siempre se acaba…

Somnus

Autora: Elvira Domínguez Fernández

 

 

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