Llegando a algún lugar pero no aquí

Serás capaz de afrontar un día tras otro en cada una de sus tres fases: madrugada, puesta de sol y anochecer. Pero, inevitablemente, cada vez que consultes las manecillas de ese reloj, aparecerá en la esfera, ante tí, mi reflejo.

Transformarás mi voz en un eco lejano y distante hasta que termines por silenciarme. Pero has de saber que cuando las olas rompan en el espigón, todo cuanto podrás escuchar será el sonido de mi risa.

Harás como si nunca hubiese existido y quemarás nuestras fotografías, con afán de hacerme a un lado, de superarme. Pero debo advertirte: las cenizas arderán y distinguirás mi fragancia flotando en el humo negro.

Lucharás para olvidar mis rasgos, mis caricias, mi mirada y las palabras que te dediqué y no me cabe duda de que tarde o temprano lo conseguirás. Pero se mantendrá, firmemente anclado a tu alma, el cómo te hice sentir. Me volveré una huella indeleble en la orilla de tu playa y nada podrá borrarme de tu ser.

Deformarás los recuerdos, los descuartizarás y los sepultarás en el fondo de un gran cofre de marfil. Pero al alzarse la luna, acudirás a él sonámbula y profanarás la cerradura. Y cuando a la mañana siguiente despiertes, te preguntarás con lágrimas deslizándose por tus mejillas por qué sigues conservando la llave.

Dejarás de leerme, porque bien sé que fue lo primero que te enamoró de mí y lo que más dolor te debe causar ahora. Lamento confesar que escribir es lo único que me acerca a la catarsis que tanto anhelo y que tanto necesito. Una catarsis que se acerca, sí, pero que nunca llega. Y escribiré para que me leas, aun si ya no me lees: conociéndome, seguiré escribiendo para ti mucho tiempo después de que hayamos perdido nuestros nombres en algún rincón de nuestra imperfecta memoria.

Seguirás tu senda, sin intención de mirar atrás, sin cuestionarte demasiado los porqués, sin permitir que la duda asome ni por un breve instante, no vaya a quebrarte desde el interior. Pero cuídate de las llamas que provienen del incendio que has dejado a tus espaldas. Porque el fuego siempre fantasea con devorarlo todo a su alcance: especialmente al creador a quien le debe la existencia.

 

Y vivirás.

 

Y viviré.

 

Y transcurrirá el tiempo.

 

Y, finalmente, de algún modo, contra todo pronóstico, ambos acabaremos llegando.

 

Llegando a algún lugar…

Pero no aquí.

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Autor: Lasse Hoile

Lluvia de otoño

La lluvia de otoño lo vuelve todo doloroso. Áspero. Duro. Resbaladizo. Inestable.

Súbitamente me veo sorprendido por los nubarrones y el bramido del trueno, invocado de ninguna parte. El dulce silencio es roto en mil pedazos de cristal por un repiqueteo que no cesa, que lo taladra todo y provoca un zumbido en mis oídos que no me deja pensar ni sentir con claridad.

La lluvia de otoño se lleva la luz. Me deja a oscuras, a merced de la emboscada de mis propios demonios, esos que tan bien me conocen y que saben dónde oculto mis más secretas debilidades. La humedad cuartea las hojas del libro que estoy leyendo y diluye la tinta de todas y cada una de sus palabras hasta el punto de volverlas ilegibles. Ya nunca llegaré a saber cómo acababa la historia.

La lluvia de otoño anega mi jardín. Lo inunda sin piedad, suministrando más de lo que es capaz de asimilar. Las hormigas se hacinan y levantan montículos funerarios que dibujan profundas cicatrices en la tierra. Cicatrices que sé que seguirán ahí mucho después de que pase el aguacero. Si es que pasa.

La lluvia de otoño enturbia la laguna. La mancilla con un verde enfermizo y la vuelve densa y pantanosa, un festín para los parásitos. La observo con melancolía e inevitablemente acude a mí la memoria de que hace tan sólo unos días era yo quien atravesaba a nado sus aguas cristalinas. Pero eran días sin lluvia. Y todavía eran días de verano.

La lluvia de otoño hace colapsar los nidos de las aves, arranca las hojas de los árboles, enfría todo aquello sobre lo que precipita. En cualquier otra estación, la lluvia es agente de regeneración, de vida. En otoño, la lluvia se disfraza de verdugo y es guadaña.

La lluvia de otoño me roba toda la paleta de tonalidades. La lluvia de otoño me sabe amarga. La lluvia de otoño me cala hasta los huesos y soy incapaz de recuperar el calor, por más que lo intento. La lluvia de otoño engulle el sol. La lluvia de otoño secuestra mis vivencias más felices y las arrastra por el fango. La lluvia de otoño me abofetea hasta dejarme sin sentido una vez, dos veces, tres. La lluvia de otoño ralentiza mi avance y termina por hacerme su prisionero. La lluvia de otoño me sienta a los pies de la cama y me obliga a contemplar a través de la ventana el lienzo sobre el que está creando su nueva obra de arte. Y para tal propósito se basta de tan sólo un pincel y de un único color:

La lluvia de otoño pinta mi día de gris.

Sin prisa, con cruel regodeo, mostrándome todos los colmillos con su maligna sonrisa, torturándome, trazo a trazo, gota a gota, lágrima a lágrima. La lluvia de otoño me conoce mejor que el peor de mis demonios, puede incluso mejor que yo mismo:

Sabe que de todos los colores, el gris es el que más me recuerda a ti.

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Imagen tomada de https://www.deviantart.com/urceola/art/Unremitting-Gray-Rain-Stock-199569556