El Sueño y la Muerte

Despierto con un grito quedo, muerto prematuramente en algún rincón del interior de mi ser. Me arropa un sudor frío, la mortaja con que me obsequia Hipnos como señal de mi visita a su reino. Oteo en la penumbra a un lado y al otro… Pero no te encuentro.

Abandono el lecho y prendo las luces con el fin de localizarte, nuevamente en vano. Rebusco en los cajones y después en el armario, con la esperanza de hallarte para refugiarme en tu abrazo… Pero no te encuentro.

Salgo a la intemperie, y le inquiero a Nyx acerca de tu paradero, aun sabiendo que la diosa es muda. Las estrellas vacilan y me basta con verlas titilar para saber que juegan a hacerse las despistadas. Te busco en los cráteres de la Luna, en el bramido del viento, en cada brizna de hierba, en la miríada de ramas de la higuera… Pero no te encuentro.

Cambio mi rumbo y arribo a la laguna de las muchas criaturas. Buceo en ella con la mirada, considerando que quizás puedas yacer en el fondo, bajo el reflejo de las aguas. Interrogo al delfín que mora en ella, pero me ignora y elude la pregunta con fascinante disimulo. Para cuando los argonautas acuden a mi rescate, la pérfida sirena ya se encuentra interpretando su mortal letanía y la nave y la tripulación acaban sepultados bajo el piélago infinito. Con su último aliento, la decapitada Gorgona torna a Perseo en piedra al adivinar que la intención del guerrero era apiadarse de mi alma, puesto que se disponía a ofrecerme la pista que tanto ansío obtener. Rompo de un manotazo la quietud de las aguas, invoco a las náyades y al todopoderoso Poseidón… Pero no te encuentro.

Atravesando los bosques, mis oídos reconocen el acompasado trote de Quirón y permanezco al acecho durante largo tiempo para tener una oportunidad contra la magnífica criatura. Me abalanzo sobre su lomo y forcejeamos hasta que consigo arrebatarle su posesión más preciada: la lira. Viéndole presa de la desesperación, y con los ojos ardiendo, le amenazo con romper el instrumento en mil pedazos si no me dice dónde estás. El poderoso centauro duda y se debate consigo mismo, y advierto un atisbo de miedo en sus ojos que no se debe exclusivamente a mi intimidación. Quirón me dice que no soy consciente de mi empresa, que desista. Le desafío una segunda vez y le hago saber que no habrá una siguiente. Quirón acaba entendiendo que del mismo modo que él tiene su lira, yo tengo la mía, y que renunciar no es opción para ambos. Quirón me promete que si le devuelvo la lira me llevará a donde pueda encontrarte y, no exento de desconfianza hacia la bestia, corro el riesgo y accedo. La paz inunda el rostro de Quirón en cuanto sus dedos empuñan el instrumento, pero un instante después se torna sombrío y ominoso. Espero pacientemente hasta que llego a la conclusión de que todo ha sido un ardid.

Quirón no se mueve.

Quirón me ha embaucado.

Quirón sólo quería su maldita lira.

Quirón me ha engañado. Por última vez.

Mis manos buscan el cuello de Quirón.

Quirón dibuja tu rostro en mis oídos con tan sólo arrancar cuatro notas de su lira.

Mis manos comienzan a estrangular a Quirón.

Tres arpegios de Quirón narran con imposible exactitud nuestra infancia juntos, el robo de aquel beso y la suavidad de tu piel.

Mis uñas apuñalan la tráquea de Quirón.

Siento cómo sus acordes me regalan el tacto de tus cabellos y siento que mi corazón, antes desbocado, comienza a olvidarse poco a poco de latir.

Quirón imita el tono de tu risa con sus cuerdas y me inunda con tu fragancia, impidiéndome respirar.

Las lágrimas me nublan la vista, pero sé que Quirón boquea y que sus ojos comienzan a perder el brillo y a cuartearse.

Quirón muere. Y sin embargo sus dedos siguen pellizcando las cuerdas del instrumento de mi perdición mucho tiempo después de que exhale su último estertor.

Quirón me tortura con la melodía de tu recuerdo. Me afano en saborear el matiz de cada uno de los sonidos que te componen y la dicha me embarga cuando comprendo que eres mi elegía privada.

Apenas me queda tiempo: mi final está cerca. Pero no el de mi búsqueda.

Mi alma es conducida hasta el reino de los muertos y su soberano, Tánatos, me reclama ante su presencia. Con impaciencia, le solicito humildemente que me permita reunirme contigo en sus dominios, de los que ahora deduzco somos partícipes. Algo en mis palabras provoca en él la risa y en mí una profunda humillación. Miro a los ojos del dios y un sudor frío muy familiar me recorre de punta a punta cuando leo la verdad en su ladina sonrisa. Qué iluso. Los mortales no somos más que meras marionetas bajo el yugo de las deidades, y el Sueño es hermano de la Muerte y la Muerte hermano del Sueño. Entiendo de pronto que no puedo encontrarte. Mi espíritu se rompe en mil pedazos al imaginar la posibilidad de que tú hayas estado buscándome a mí con el mismo ahínco con el que yo lo he hecho. Al final eso es lo único que os causa verdadero placer, creadores: quebrar lo inquebrantable. No la carne, no los huesos, ni siquiera la cordura misma. Os maldigo, dioses. Os maldigo por toda la eternidad.

No me busques, amada mía.

No me busques más.

Pues estamos condenados a no encontrarnos nunca.

Porque cuando uno sueña el otro muere, y cuando uno muere el otro sueña.

Despierto con un grito quedo, muerto prematuramente en algún rincón del interior de mi ser. Me arropa un sudor frío, la mortaja con que me obsequia Tánatos como señal de mi visita a su reino. Oteo en la penumbra a un lado y al otro…

Pero no te encuentro.

dig

“Centauro”, de Elvira Domínguez Fernández

Anuncios