El rojo Otoño

Siempre he sido consciente de que existe una ancestral relación de amor-odio entre el Otoño y yo.

Es la misma sensación que se experimenta cuando acabas de conocer a alguien y al poco descubres que es idéntico a ti y de lo que es capaz de provocar. Detestas sus debilidades y sus flaquezas y al mismo tiempo te encuentras recreándote y admirando sus más encantadoras virtudes.

En el Otoño se respiran la nostalgia y la melancolía con tanta intensidad que asfixian.

Apenas ha dado comienzo la estación y ya puedo sentir sus garras traspasando mi carne, abriéndose paso en lo profundo para hendirme el alma. Siento cómo duele la herida al dar inusitada bienvenida a la calidez, al aroma del café y a las castañas asadas. Y también a la miríada de recuerdos que me asaltan sin previo aviso salidos de oscuros rincones de mi ser de los que creía que ya sólo quedaban escombros. Saboreo la traición al resbalar en el charco, pese a que el día luce soleado. Me dejo sorprender por el súbito aguacero, tan propio de la estación, para que la lluvia haga compañía  al arrepentimiento y la culpa que han hecho de mis hombros su refugio. Para que tengan con quien hablar.

Incluso nuestra afición por el tono rojizo es compartida y es que me niego a atribuir a la casualidad mi manifiesta preferencia por el júbilo del Verano o por la romántica solemnidad del Invierno cuando me veo reflejado en cada negro nubarrón, en el lastimoso bramido del vendaval, en los claroscuros vespertinos, en la confusión que tanto lo caracteriza.

En cada maldita y solitaria gota de lluvia.

Por eso, a todo aquel que me pregunta le respondo de igual forma a los cuatro vientos, sin temblarme la voz, con el ceño fruncido: Odio el Otoño.

Y sólo para mis adentros, en vergonzoso secreto, soy capaz de admitir que estoy irremediablemente enamorado de él.

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