El duelista

El duelista sólo confiaba en su acero.

Quienes habían tenido trato con él en su constante vagar sin rumbo fijo lo describían como un individuo parco en palabras, pero poseedor de un metal de voz afable e incluso, por extraño que parezca… tierno. Era él de gestos suaves, exquisitos y modales propios de un miembro de la alta alcurnia. Sin embargo, no podía decirse lo mismo de los harapos que portaba o del avinagrado hedor que emanaba de su cuerpo.

Había dedicado la mayor parte de su ya casi media centuria  a vivir como un nómada, viajando de aquí a allá. Había visitado más ciudades y aldeas que el más intrépido de los heraldos de la nobleza y las recordaba todas y cada una de ellas pues todas y cada una de ellas habían tenido algo que ofrecerle en su periplo sin fin. Las ganancias que percibía exclusivamente de las victorias que le valían su veterana muñeca y su juego de pies iban dirigidas a llenarse el estómago y a abastecerse para sobrevivir un día más. A veces, cuando había conseguido ahorrar lo suficiente a manos de los cuerpos sin vida de sus siempre respetados contrincantes, se permitía el lujo de costearse una bota del vino más barato posible, o un buen libro, le faltasen páginas o no. Y ni él mismo podía afirmar con exactitud qué consumía con mayor avidez, si las palabras o el elixir: sólo sabía que necesitaba de la compañía de ambos.

De ambos y de su acero, por supuesto.

Al principio no le resultó nada fácil acostumbrarse a esta nueva filosofía de vida. Parece obvio deducir que, partiese de donde partiese en un principio, el duelista emprendió su camino con cierta reserva monetaria en el bolsillo, pues el hambre y la sed no tardaron en formar parte de su ser tanto como su propia sombra. Había decidido desde muy temprano que la desnudez de su protectora estaría reservada para los ojos de aquellos dispuestos a batirse en un duelo honorable con él. Se tomaba este acuerdo con honda formalidad y era su máxima. Quizás la fama de la que gozaba procedía precisamente del seguimiento de una doctrina tan inflexible e inusual como la que se había autoimpuesto o esa era la explicación que él había ideado para responder al porqué de haberse convertido en una leyenda viviente del arte de la espada, aunque muchos otros alegarían que se debía más bien al virtuosismo de su técnica o a su precisión inigualable a la hora de lanzar estocadas fulminantes directas a la guardia desprotegida de sus adversarios. Se sonreía cada vez que se le venían a las mientes los absurdos y prodigiosos rumores que circulaban alrededor de su sencilla y llana persona: en una ocasión le oyó decir a un aldeano que había conseguido que su rival envainase su estoque en su propia vaina sin percatarse siquiera, de tanto forzar la parada a un ataque dirigido a su costado izquierdo. Antes de batirse con él, el hijo menor de la Casa de Belchiar afirmó no tener miedo alguno de “su espada forjada con el corazón de una estrella” y al oír esto no pudo contener las carcajadas durante todo cuanto duró el lance. Aquella mañana, la Casa de Belchiar lloró la pérdida del joven e impetuoso esgrimidor y el duelista pudo despreocuparse sobradamente de su manutención durante dos meses que difícilmente olvidaría mientras viviese. Algunos maldecían murmurando que la capa con la que se cubría estaba tejida a partir de un jirón arrancado por él mismo de la oscuridad de la noche más negra y que por eso nadie había sido capaz de atravesarle mientras la vistiese. Mas lo que nadie sabe, es que años atrás, esa capa había sido de un tono de radiante verde esmeralda antes de que la mugre, el polvo, la tierra y las heces la hubiesen empañado sin dejar rastro alguno del color original. 

Merecía la pena seguir viviendo, seguir arriesgando la vida y empuñando la Muerte misma en su diestra con tal de asistir como testigo al fabuloso desarrollo de su propia historia. Y disfrutaba aún más cuando por fin alguien de entre las calles o los senderos le reconocía por el único signo en el que convergían la realidad y el mito: su característico ojo izquierdo sin visión, sin brillo en la mirada. Y en ese momento, ese alguien le contemplaba por segunda vez pero como por vez primera, como si dudase de si estaba o no frente a la leyenda viva de la espada: acaso un vagabundo, un sucio y maloliente vejestorio envuelto en harapos. Y el éxtasis alcanzaba por fin su cenit cuando desenvainaba y enarbolaba la ropera y la leyenda se materializaba en la centella de su filo. Y si el duelo estaba a la altura de sus expectativas, ni la más atroz de las hambres ni la más lacerante de las sedes hacían mella en su pétreo orgullo.

 

 

Aquel día amaneció, como otros tantos, a la sombra de un roble del camino, envuelto en su propia mortaja con la mano en torno al pomo de su protectora. Lucía el Sol y cantaban las aves con jolgorio. Su desayuno consistió en el dulce pensamiento de que muy probablemente, en ese preciso instante, a incontables millas de sí, un charlatán le estaría narrando en la plaza de la urbe a la multitud enardecida cómo había derrotado al Barón de Khanna en inigualable encuentro, ya fuese edulcorando la gesta declarando que el duelista se batió en esa ocasión con la mano izquierda, con el ojo sano cerrado, de espaldas, sin portar su capa de sombras… 

Sí… Definitivamente, merecía la pena seguir viviendo, seguir arriesgando la vida y empuñando la Muerte misma en su diestra con tal de asistir como testigo al fabuloso desarrollo de su propia historia. Una historia que se iba escribiendo duelo a duelo, estocada a estocada.

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