Lata de sardinas

Abres los ojos. Es un nuevo día. Dejas la cama con desgana, acariciándola con todo el cuerpo, profesando con un sólo gesto más cariño del que muchos de los llamados “amantes” de hoy en día saben dar. Te apoyas primero sobre el pie derecho, para que luego no se diga que fue culpa tuya. Te plantas frente al espejo y tratas de deshacer ese desastre que tienes por cara. Limpias las legañas, sientes la humedad del agua cercenando tu piel. Aplicas la loción hidratante, confiando en que oculte las cicatrices que nadie salvo tú puedes apreciar. Pero lo haces por si acaso porque sería demasiado arriesgado permitirse el lujo de que alguien más reparase en ellas.

Es la misma cara de todas las mañanas. ¿Qué esperas conseguir que no hayas conseguido ya día tras día durante años y años…?

 Te vistes con cuidado, no vayas a dar la nota, y cuelgas al hombro la bandolera, más vacía que llena. Abandonas el confort del hogar y desciendes en el ascensor. Giras el picaporte del portal.

Y ante ti, el mundo exterior: el ruidoso mundo exterior.

Te abruma el bullicio, el tráfico, el humo, el frío, los extraños y sus extrañas vidas. La tentación de volver sobre tus pasos besa tu cuello y roza tu nuca con dedos de seda fina. Qué fácil sería, realmente, huir de todo y de todos. Pero no es lo que se espera de ti. Das tu primera zancada con el pie derecho, para que luego no se diga que fue culpa tuya. Los semáforos en rojo te dan tiempo para pensar hasta que el hombrecillo verde se deja ver por fin, tímido o perezoso. Un coche casi te atropella, porque para los conductores la bombilla ámbar no significa circular con precaución, por extraño que a ti te lo parezca. Ni siquiera te sorprende lo cerca que ha estado de esfumarse todo. Toda tu reacción se basa en fulminar al sujeto tras el volante con una mirada cansada. Hasta de la rabia te han privado, piensas a medida que aceleras el paso para alcanzar el otro lado de la acera. En la acera nada ni nadie te atropella, salvo los ojos y los empujones resignados del resto de transeúntes para quien tú eres el desconocido, el intruso, el cero a la izquierda.

Vivir en sociedad es un mal trago. Nadie te conoce ni tú conoces a nadie. Es incómodo, frío y estéril. Se siente como compartir algo con alguien de quien no sabes nada ni sabes si quieres saber algo. Y ante el temor de tratarlos como quizás no se merezcan, la mejor alternativa parece ser guardar un silencio que deja a los de los velatorios de los cementerios en apenas un silencio de pentagrama. 

Guareces las manos en los bolsillos del abrigo, protegiéndote de un frío que sabes bien que no es producto del mes de Noviembre. Sigues con los ojos una estela que se aleja a unos metros: ahí va tu autobús. Buscas nuevamente la rabia en tu interior, esa a cuya ausencia ya te has acostumbrado como un perro bien amaestrado. El panel luminoso de la parada indica que quedan 11 minutos de espera. Esperar es como el “ABC” de la vida.

Te entretienes observando el ir y venir de los autómatas de la ciudad. Pero más que entretenido, resulta inquietante, como un sombrío desfile digno de la literatura de Poe. Llegan nuevos personajes a la parada. Se abstraen en sus móviles inteligentes. Te sonríes con amargura cuando recuerdas que hace algún tiempo leíste una frase que era algo así como “móviles inteligentes para personas tontas”. Pero lo que más gracia te hace es que muy probablemente tú pareces igual de estúpido cuando la pantalla de tu dispositivo ilumina tu cara, revelando las cicatrices, arrugas y la grasa de esa fabulosa loción hidratante que como otras tantas cosas, sirve para poco o nada a la hora de la verdad.

El autobús se planta ante ti con un chirriar de frenos. Montas. Pasas la tarjeta. Bip. El conductor ni te mira a los ojos, ni tú a él: total, seguro que conduce como el culo. Y ahora sí, la crema y nata de la sociedad descubre su magnificencia y sus encantos ante ti. Avanzas por el pasillo mirando de lado a lado, juzgando y siendo juzgado por el resto de sardinas de la lata sobre ruedas. Encuentras tu espacio en la parte intermedia, y agradeces ser de pequeño tamaño, porque eso facilita mucho las cosas. Y por un momento, temes haberte vuelto sordo, hasta que alguien tose. Es sorprendente la facilidad con la que se llega a olvidar que la sociedad suena así: vacía, envasada, hueca, rota, moribunda. Decenas de personas que comparten una misma dirección, pero no el mismo viaje.

Los autobuses son como pequeños ecosistemas, en los que se podrían hacer multitud de fructíferos estudios experimentales. En ellos, se lucha por sobrevivir y por los recursos con una ferocidad digna de bestias carroñeras. Un asiento vacío es algo por lo que merece la pena moverse rápido, aun si para ello tienes que sentir cómo crujen tus entumecidos y oxidados huesos… Si llegas a tiempo, claro. Si no llegas, resignación, vergüenza, derrota. Y si llegas, sabes que estás en lo más alto de la cadena alimenticia, aunque sea durante un viaje de 30 minutos, pero ¿quién eres tú para privarte de tamaña victoria?

Y se produce un curioso fenómeno cuando alguien se te sienta al lado: no sabes si es invasor, compañero o ambas respuestas son incorrectas. Y cuánto te confunde ese conflicto de sensaciones… Porque, por un lado, te sientes solo cuando abarcas demasiado espacio vital y realmente llegas a desear que alguien te tome en sus brazos y consuele tus miedos e inquietudes, pero por el otro, amenazado por si alguien lo asedia y viola sin miramientos. Y el debate interno se intensifica aún más cuando caes en la cuenta de que no es tan interno como pensabas: es recíproco y mutuo. Es casi como si compartieses un tácito “lo siento” con esa persona, para después pararte y pensar: “¿Qué es lo que siento exactamente…?”

Ni idea, ¿verdad? A fin de cuentas, las sardinas en lata no existen para pensar y mucho menos para sentir: únicamente sirven para ser consumidas.

 

Llegas a tu destino. Resoplas aliviado. La puerta mecánica del autobús se abre de par en par y vuelves a contemplar el mundo exterior: el ruidoso mundo exterior. El alivio ha durado eso, un resoplo. Puede que ni eso. 

Abandonas la lata de sardinas con el pie derecho.

Para que luego no se diga que fue culpa tuya.

 

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