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Cosmogonía

Al dejar vacío ese cascarón de carne, nervio y hueso al que hasta entonces llamaba “mi cuerpo”, mi esencia flota y se eleva ligera, liberada. Trepa y asciende, poseída por un impulso poderoso y desconocido. Deja abajo, muy abajo, los árboles, los edificios, las nubes. Y a medida que mi psique, mi alma, gana en altura, despierto de un letargo que comenzó en el preciso instante de mi gestación.

Irónicamente y desafiando toda lógica, me siento más vivo ahora que antes de morir.

Abro un par de ojos inmateriales y contemplo con ellos el manto de oscuridad que me envuelve y da cobijo. Es, en cierto modo, una sensación semejante a la de la comodidad del útero materno, pero de una magnitud indescriptiblemente superior. Las puntas de mis dedos espirituales se funden con el éter de las estrellas y sienten el ardiente latido de sus corazones de piedra incandescente. Mis inexistentes oídos me permiten apreciar el apabullante silencio del cosmos, que resulta más atronador que el estallido de una supernova. Saboreo con mi lengua astral la compañía de la dulce a la par que amarga soledad del Infinito en perpetua expansión. De un único y breve olfateo, capto el rastro del polvo estelar y de las colas de un millón de cuerpos celestes y cometas y la nostalgia se apodera de mí al reconocer a mis antiguos hermanos y hermanas y al recordar como surcábamos juntos el firmamento en nuestro afán por comprobar cuál de entre todos lograba alcanzar la ansiada velocidad de la luz…

Me permito un lapso de diez años de mi insondable vacío para descansar ante la agotadora revelación de la que soy testigo y para profundizar en el entendimiento de mi hasta entonces vacua existencia. Dedico una centuria en reflexionar acerca de los antecedentes y consecuencias de mi no-existencia. Mil años mortales más para llegar a inferir cómo algo tan insignificante y frágil como mi otrora falso cuerpo podía mantener mi espíritu encadenado y privado del conocimiento de su auténtica y extraordinaria naturaleza. Tras diez mil años vagando sin rumbo por el espacio, me embarco en un proyecto de ingeniería colosal: la reconstrucción de mi cuerpo primigenio. Mis hermanos y hermanas acuden en mi ayuda y contribuyen al proceso, danzando alrededor de mi débil órbita vital y creando un torrente de energía que me es insuflada gota a gota a costa de la suya propia. Asisto impotente a su debilitamiento a lo largo del agotador proceso: pierden luz, enferman, se apagan, mueren. Absorbo sus fríos y yermos cadáveres al tiempo que vierto lágrimas que forman nebulosas en tributo a su fraternal sacrificio.

Conforme su poder mengua, el mío aumenta y comienzo a percibir la última Verdad que aún escapa a mi alcance. Al principio sólo dispongo de un breve bagaje de conceptos, pero poco a poco voy hilvanándolos con dedicación para que el rompecabezas encaje y tome la apariencia de una intrincada y elaborada constelación de hipótesis y fórmulas para hallar la respuesta a qué soy. A quién soy. Y de pronto, tras eones de ignorancia, de estertor, de la sed más inenarrable… La última frontera, la Verdad absoluta, se descubre ante mí y me ilumina con su saber:

Soy Uno con el Cosmos.

Soy Uno con el Universo.

Soy Uno y soy…Todo.

 

Mi cuerpo restaurado y mi psique imperecedera se vinculan de modo inseparable, libres de la amenaza de las inclemencias de la existencia y de la no-existencia. No hay límites: Yo soy el límite.

Inhalo polvo estelar antes de liberar el rugido que anuncia mi despertar absoluto: un rugido que desintegra lunas, borra galaxias y que hace estremecer al Universo que me ha visto nacer, morir y renacer de nuevo.

Porque,-inquiero al cosmos mientras mi voz hace eco por y para toda la eternidad-¿Cuántos pueden jactarse de haber renacido bajo la forma de un Dios…? 

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