De café

El vapor de la cafetera ruge anunciando que ya es hora.

El aroma escapa de la cocina para colonizar el salón, donde él espera puntualmente sentado a la mesa.

Ella apaga el gas del hornillo y durante apenas un segundo, el fuego arde con salvaje intensidad alcanzando un hermoso tono de azul cobalto, para finalmente extinguirse con una despedida imperceptible. 

Él toma el periódico y lo abre para entretenerse: todo son catástrofes y malas noticias, pero desde niño sus dedos se deleitan con el tacto del papel prensa y sus oídos con la sonora caricia del hojear de las páginas. Desiste de leer: decide no querer saber del mundo, de sus personas, de sus naciones, de sus ideologías, de sus religiones, de sus conflictos, de sus víctimas, de sus perpetradores, de tanta hipocresía, de tanta falsa libertad amordazada con pañuelos de seda y satén. Cierra el diario y abre su mente a la intimidad del hogar, a la ignorancia del mundanal ruido, a la fragancia del café recién hecho, a…

Ella entra por la puerta al salón y observa su semblante mientras revisa el periódico, como si estuviese buscando un código secreto oculto más allá del texto de las funestas noticias. Ese semblante, esa expresión… la vuelven loca sin remisión. Una sonrisa azorada escapa de sus labios como un pájaro preso en una jaula de barrotes demasiado gruesos. Posa las tazas en la mesa produciendo un agudo tintineo: una contiene café y la otra té. Le tiende la cuchara y el azúcar en el más absoluto de los silencios y por último le ofrece la taza de café. Por su parte, ella sorbe el té y ahoga un gemido cuando dos gotas de la infusión se fugan deslizándose por las comisuras de su boca. Su rostro se enciende como el Sol, sonrojándose aún más si cabe. Sólo espera que él no se haya percatado del accidente.

Él acepta los presentes como si todo fuese parte de un ritual milenario, tremendamente complejo y meticuloso aun a pesar de su aparente sencillez para el resto de los mortales. Sus pupilas se dilatan cuando sigue con la mirada las indisciplinadas gotas de té y se le antoja una imagen tierna a la par que sensual. No es hasta que se da cuenta de que está embobado mirándola que consigue reaccionar: toma la cucharilla, la hunde en el recipiente rebosante de la miríada de dulces diamantes de azúcar y después los vierte en el oscuro café. Repite el proceso un total de cuatro veces y remueve en el sentido de las agujas del reloj ejerciendo fuerza con la muñeca. Le gusta imaginar las partículas de azúcar danzando, arrastrándose, endulzando lo amargo. Del mismo modo que su ignorancia hace con el resto del mundo del que forma parte sin desearlo siquiera. Siempre fue un hombre de pocos cimientos: fuertes, seguros… escasos. Nunca necesitó de más. Cuando se da cuenta de que lleva demasiado tiempo absorto y dibujando círculos y círculos y círculos… retira la cuchara y se lleva la taza a los labios. Lo prueba, lo saborea, se deja llevar por el intenso y exótico sabor. Puede decir sin temor a equivocarse que es el mejor café que ha probado nunca.

 

Pero algo le extraña cuando traga y se relame: su café no huele. Acerca la nariz a la taza e inspira, y le sorprende que no se trate de ninguna ilusión: definitivamente no huele. Sus cejas se arquean y sus ojos se afilan. Y entonces, muy lentamente, la mira a los ojos. A esos brillantes ojos de azul cobalto. Y sin variar el gesto, sin torcer el rostro, se aproxima a ella, igual que ha hecho con la taza de café apenas unos instantes antes. Y a medida que se acerca, el aroma se acrecienta, se aviva, retorna. Qué estúpido: ningún café, ni el mejor de ese tan odiado mundo suyo del que no se siente parte, puede oler así de bien. Era ella todo este tiempo.

 

A ella nunca le gustó el café: simplemente no se lleva bien con los sabores amargos. No recuerda cuándo fue la última vez que lo probó. Quizás fue en aquellas largas y extenuantes noches en vela preparando los exámenes de la universidad, pero no es capaz de recordarlo con exactitud. En cualquier caso, tampoco resulta relevante: a lo mejor, y sólo a lo mejor, su problema con el café eran los recipientes, las tazas. A fin de cuentas, no sabía que el café supiese tan dulce cuando se bebe directamente del beso de los labios del ser amado. 

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