Del tiempo

Los días pasan. Parece como si de pronto se hubiesen dado cuenta de que estaban perdiendo su carrera contra el tiempo. No, no pasan: huyen, se esfuman sin dejar rastro, vuelan.

 

O a lo mejor no. A lo mejor siempre transcurren así y soy yo el que se encuentra volando con alas prestadas. Dicen que el tiempo es relativo, que es una actitud, cuestión de perspectiva, que sólo cuando te abstraes de todo y contemplas Ítaca desde lo alto de una verde colina es cuando consigues comprender de verdad la belleza de sus calles, la simpatía de sus gentes, la fragancia de sus perfumes, la magnificencia de sus edificios, el júbilo que emana de su mercado, el blanco del nácar de ultramar, el púrpura de la amatista, la sangre que fluye por el interior de los rubíes…

 

Y entonces empatizas con Ulises y entiendes por qué pese a todo lo obtenido y encontrado en sus 1001 aventuras deseaba con tanto ahínco volver a su Ítaca amada por encima de todo. Pero esto que leéis no nada de lo que el genio Kavafis no haya escrito en el pasado con mejor pluma y con mejores palabras que un servidor.

 

No miento si os digo que ya no sé en qué día vivo: no parezco darme cuenta del tic tac que el padre tiempo hace tañer en su campana de forma indefectible ni de cómo no da a fiar ni un mísero segundo, que para él significa tan poco y para nosotros tanto. Supongo que debe ser un efecto secundario del Verano esto de que el tiempo escape a velocidad de vértigo y te deje todo despeinado y estupefacto.

 

Y con todo, no sería justo dejarse en el tintero esos movimientos pendulares de las agujas del reloj que parecen durar un eón, acaso una eternidad condenada al olvido del recuerdo. Y atesoro esos siglos condensados en lo que dura un segundo, que suelen sincronizarse con la colisión de miradas de hielo y miel, y con palabras asesinadas prematuramente por un silencio frío y calculador que nunca deja títere con cabeza. 

 

Es divertido, si lo consideráis con detenimiento: es casi como si el tiempo fuese consciente de que alargar esos grandes momentos significase atentar contra la magia de estos instantes, casi como si dijese: “Disfrutadlos mientras podáis, que son los más importantes y una vez vividos no se admiten devoluciones de ningún tipo”.

 

Viejo egoísta, si yo pudiera almacenar esas vivencias las metería en un cofre engarzado con el nácar, las amatistas y los rubíes de Ítaca y lo escondería muy lejos para que cuando fuese viejo (tanto o más que el propio tiempo) los volviese a encontrar en una isla perdida. Y una vez desenterrado, me bebería todos y cada uno de los frascos de mi vida y me emborracharía con mis propias lágrimas hasta el último aliento. Pero ¿sabéis? Al menos moriría con una sonrisa esculpida en los labios. ¿Que por qué…?

 

Porque por una muerte así, amigos míos…

Por una muerte así si que pagaría gustoso con la vida.

THE_HERMIT_by_zepphead

 

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