De la sociedad actual

Esta tarde recordé, de forma inesperada, que hace tiempo, cuando mi cuenta de Ask.fm estaba activa (me temo que llegáis tarde), alguien me formuló una pregunta muy interesante para cuya respuesta tuve que dedicar cerca de un mes de profunda reflexión. Dicha pregunta era: “¿Qué palabra crees que te define mejor?”.

Para los no familiarizados con la red social, ya os informo de que es la que he puesto en negrita es una interrogante algo atípica, al menos desde mi experiencia frecuentando la web mencionada. Habitualmente, los usuarios de Ask.fm tienden a demandar información muy específica y concreta, con el fin de satisfacer sus ansias de morbo y de quedar ahítos de detalles truculentos y/o secretos. De hecho, cuantos más y en mayor intensidad posibles estos detalles, mejor, y creo que es precisamente por eso por lo que me la tomé tan en serio. A día de hoy, creo poder decir que me sigue pareciendo una de las mejores preguntas que me han hecho nunca.

Reducir todo el significado de mi ser, mi identidad, a tan sólo una palabra fue una búsqueda introspectiva ardua e intrincada incluso para mí, hecho ante el que quedé gratamente sorprendido, pues me considero un sujeto en constante autoanálisis y que dedica buena parte de su tiempo a intentar saber quién, cómo y por qué es como es. Entre otras cosas, es por este motivo por el que estudio Psicología.

Lejos de alargarme y de aburriros con todos los posibles candidatos (fueron MUCHOS) en la empresa de establecer la definición más acertada de mi Yo, me decanté finalmente por el adjetivo “incomprendido”. E incluso ahora, echando la vista al pasado, me reafirmo con satisfacción de haber elegido esa palabra y no otra, porque creo que es una buena síntesis de lo que soy y de cómo me siento desde hace ya bastantes años.

Pero al contrario de lo que pueda parecer con estos párrafos, y opuestamente a la línea de lo que se consume en Ask.fm (y en todas las redes sociales existentes, para qué negar lo evidente), no vengo a hablaros de mi ego ni de mi, sino del conflicto entre individualismo y colectivismo y también de las relaciones humanas y de su vasta complejidad en los tiempos modernos.

 

En ocasiones, resulta un esfuerzo titánico poder determinar con precisión dónde acaba el individuo y dónde empieza el colectivo. Especialmente en nuestra sociedad actual, más globalizada, más yuxtapuesta, más simbionte, más, perdonad la redundancia, “social” que nunca en la Historia de la humanidad. Se puede afirmar abiertamente y sin temor a equivocarse que vivimos en la era en la que más difícil es ser uno y en la que más fácil es ser parte del todo. No hablo de que estemos viviendo una paulatina caza de brujas del individuo aislado, (huelga aclarar que la especie humana es eminentemente gregaria y social, hasta ahí estamos, ¿no?), sino de una progresiva extinción de la individualidad del ser humano a favor del progreso del colectivo. A modo de paradigma, es como si hubiésemos dejado de ser hormigueros independientes entre nosotros para haber pasado a formar parte de una mente enjambre total y absoluta y a operar bajo los designios y mandatos de una única hormiga reina.

Tampoco digo que esto haya sido cosa exclusiva del siglo XXI ni una consecuencia retardada de ese “Efecto 2000” con el que tanto miedo nos metieron nuestros mayores. Esto viene de antes, de mucho antes, de siglos atrás. Pero durante las últimas décadas,y estrechamente relacionado con el salto tecnológico, este fenómeno se me antoja cada vez más desorbitado y palpable, como si no conociese límites. Y lo peor de todo es que el único fin a la vista, la única luz al final del túnel, parece ser el del colapso derivado de nuestro propio e insostenible peso.

Atención, no digo en absoluto que este “colectivismo” no tenga sus beneficios, porque están ahí, a la vista de todos. Pero en lo que a relaciones humanas INDIVIDUALES se trata… O me parecen insuficientes, o directamente no los veo. 

Gran parte de culpa de esto la tienen los medios, la tecnología y una entidad incorpórea terriblemente poderosa y que yo personalmente encuentro fascinante: la moda. Y no, no me refiero a la de pasarela, precisamente, si no a las tendencias. Y no, tampoco me refiero a los Trending Topic ni a los Hashtags de Twitter. Me refiero a ese yugo invisible que llega de nadie sabe dónde y que un buen día golpea sin piedad, ejerciendo una presión social devastadora que juzga cómo debes vestir, qué debes comer, qué debes hacer, cómo debes pensar, qué tienes que desear, cómo hay que caminar, a qué marca de perfume tienes que oler… Podría seguir así toda la noche de hoy y todo el día de mañana y aún no sería suficiente. Es la pandemia, la Peste Bubónica de nuestro tiempo. Y esta no ha sido un “castigo de Dios” ni un virus accidental: esto la ha desarrollado el ser humano para ser usado por seres humanos contra seres humanos. Triste pero cierto, como dice la canción de Metallica.

Y ay de ti como desafíes a la moda y nades a contracorriente. Porque si la moda es el himno, el estandarte del ejército, y los medios y la tecnología son la caballería… ¿quién es la infantería? Bingo: la sociedad. Tú y yo. Nosotros. Soldados que se rigen por normas y leyes impuestas desde la cúspide y cuya función es la de conseguir que nuestros semejantes las acaten de acuerdo al plan del sistema. Y el método es efectivo de cojones: si el pastor enseña al rebaño a autorregularse de acuerdo a sus intereses y dictamina qué conductas son adecuadas y cuáles inadecuadas, eso que se ahorra en perros ovejeros. Y el rebaño se implica hasta las trancas, porque placer como el de joder a tus semejantes y hacerles sentir en la mierda… Como ese no hay ninguno.

 

¿Es la sociedad entonces el problema? Rayos no, el problema es hasta dónde ha llegado la sociedad en su frenética caída libre sin frenos, o más bien hasta dónde ha llegado la manipulación de la sociedad. Porque la realidad es que vivimos en una dictamocracia. ¿Y en qué afecta eso a las relaciones humanas, que es a lo que yo me refería al poco de comenzar el post? En todo.

Para bien o para mal, el modelo bajo el que se sustenta nuestra sociedad globalizada es el Capitalismo y la máxima del Capitalismo es elaborar, ofrecer y consumir el producto. Y resulta demoledor reconocerlo, pero con la manipulación, los recursos y el marketing apropiados igual vendes un Iphone… Que a una persona. De hecho ya pasa. ¿Creéis que estoy exagerando? Por favor, sacadme del error y decidme qué puñetas es entonces la exitosa web de adoptauntio.es si no una forma de “comerciar” con personas como producto de consumo. Y he puesto este ejemplo porque es el más transparente de todos con los que me he topado hasta el momento. ¿Queréis aún más ejemplos? Tan sólo tenéis que mirar a vuestro alrededor para comprobar que nos han maleado, que han sacrificado nuestro individualismo para nutrir la carne del sistema, de la sociedad, llamadlo como queráis. Lo que se viene llamando una alienación. Y claro, como siempre tiende a pasar, todo, llegado a determinado punto, se resquebraja si se ejerce la fuerza necesaria.

 

Os invito a quedar con vuestros amigos y a contar, si es que podéis, el número de veces que cada uno de ellos se abstrae y se refugia en la pantalla de su móvil para mantener contacto con el resto del mundo, con la sociedad, para decir “Ey, querido Facebook y mis X número de amigos, sigo aquí, tomándome un café con Fulano y Mengana pasando un rato muy agradable, pero aún así al mismo tiempo estoy PERPETUAMENTE CONECTADO AL SISTEMA”. Y no podemos escapar. Ni queremos, en verdad. O bueno, suponiendo que quisiésemos, podríamos dejarlo si nos lo propusiésemos… O no. ¿Alguien dijo droga?

Y aun si lo intentamos, es tarea imposible, un absurdo. Resistirse es inútil. Es el “si no puedes con el enemigo, únete a él” llevado a la práctica, y al final caemos todos, más tarde o más temprano. Por la exclusión, por la soledad, por el miedo a ser diferentes, porque nos tachan y tildan, porque nos censuran, porque nos hacen dudar de nuestra propia valía, porque nos hacen daño, porque no nos vemos capaces de seguir adelante sin el reconocimiento y los “me gusta” de los demás. Porque mal que nos pese, seguimos necesitando a la gente, ansiando su contacto, dependiendo de la posibilidad de interactuar con cuantos nos rodean. Pero he aquí otro problema añadido: cada vez sabemos menos acerca de cómo se lidia en el día a día con nuestros semejantes. En el mundo real, quiero decir. En el cara a cara. He mantenido dilatadas conversaciones por chat con compañeros de clase de la universidad con quienes me he encontrado al día siguiente en un mismo pasillo… Y ninguno ha sido capaz de decir N-A-D-A. Es un hecho preocupante y terriblemente desadaptativo, evolutivamente hablando. Choque de miradas y si te he visto no me acuerdo. Es más, probablemente ni me acuerde de quién eres o de tu nombre. Ahora, si me preguntan por la información que hay en tu muro, con los datos que conozco de ti puedo hacer un ANOVA, toda una tesis doctoral y me sobra para un TFG…

 

 

Asi que bueno, ya sabéis (al menos en el plano social-global, el personal ya habrá oportunidad de abordarlo otro día) por qué fue incomprendido y no caribú (para los de la LOGSE: una forma culta y repipi de llamar a la subespecie americana del reno) la palabra que seleccioné para autodefinirme. Y como yo, no me cabe duda: decenas, centenares, millares, legiones de incomprendidos sociales ahí fuera que piensan igual que yo o de forma similar. Y eso, por poco que nos parezca, es un consuelo: una pequeña chispa de luz en mitad de un océano de oscuridad. Al menos digo yo que unidos, la soledad no nos pesará tanto.

 

No, si al final va a tener razón el Quiz que hice al mediodía en Facebook (ironías de la vida) y va a resultar que sería más feliz en la Florencia del Renacimiento que en estos tiempos locos de móviles inteligentes y de personas vacuas. 

 

Pero que mucho más feliz.

 

Y de propina, por leer tanta parrafada, un caribú:

caribu (1)

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