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Hasta que la música nos separe

Nuestra sinfonía comenzará con estruendo, con un Fortissimo de esos de los que cortan la respiración con demasiada violencia, de los que hacen que la sección de cuerda despeine las cerdas de sus arcos y de los que derriten los instrumentos de viento-metal. Y ante tamaño espectáculo, el director de orquesta sonreirá sin proponérselo, al contemplar los escalofríos de los que será víctima muda el público, que acudió a escuchar uno de tantos conciertos anodinos y no la magnum opus de un compositor que nunca llegó a existir siquiera. Y los músicos atacarán con la obertura, la cual, por mucho que se busque, no se encuentra escrita en ningún papel de pentagrama. Y el oboe se desmarcará de la orquesta con su improvisado solo, del que robará notas prohibidas a Apolo y a Orfeo, para enamorar al atónito auditorio con el mismo hechizo de sirena que casi hizo naufragar a Ulises…

 

Al menos, hasta que la música nos separe.

 

Y apuraremos el Whiskey no sin que el hielo tintinee, envidioso de nosotros, y emprenderemos el camino a casa, agarrados del hombro y la cintura. Y en mitad de la negra calle, nos urgirá bailar un vals que sólo nuestros labios conocen. Y cerraremos los ojos, durante lo que parecerá una eternidad. Y los mantendremos así, muy cerrados y no nos atreveremos a abrirlos…

 

Hasta que la música nos separe.

 

Y abriremos la puerta y nos dejaremos caer en el colchón, con la camisa a medio desabotonar, con la falda por los tobillos, con el pelo como las cerdas de los violines del recital, con la mirada tan licuada como el metal mágico con el que se forjan las flautas traveseras. Y nos desharemos de todo: del dolor, del sufrimiento, de la soledad, del pesar, de la pérdida, del fracaso, del abandono, de las dudas… De todo menos de los calcetines y de su tacto de seda y de las ganas de amarnos como si fuese la última vez. Entrelazaremos nuestras falanges y haremos magia al dotar a cada una de nuestras manos de diez dedos. Y del pulgar al meñique, cada uno tendrá a su pareja perfecta, y no habrá necesidad de volver al desigual, solitario y excluyente número cinco…

 

Hasta que la música nos separe.

 

Y bailaremos de nuevo, pero esta vez con todo el cuerpo. La impaciencia y el apetito nos hará saltarnos el tempo y el compás y nos dará igual que nuestro dúo sea en clave de Sol o en clave de Fa. Nos fundiremos en un abrazo y acariciaremos nuestras espaldas con la minuciosidad con la que se enhebra una aguja, para poco después apuñalarnos con las uñas cada vez más y más profundo, como si quisiésemos excavar hasta el corazón para una vez allí, marcarlo de forma indeleble. Nos morderemos el cuello y nos sentiremos como el oboísta con su solo al arrancar dulces y apasionadas notas de lo más profundo de nuestras gargantas. Y cuando hayamos explorado y conquistado cada rincón de nuestro fatigado cuerpo y cuando el sudor nos arrope, nos miraremos a los ojos, tratando de consolidar la imagen en lo más profundo de nuestra memoria, donde nada ni nadie pueda arrebatárnosla. Y nos entregaremos al sueño esbozando la sonrisa de quien ya no teme nada, de quien ha vivido lo suficiente como para saber que puede decir sin temor a equivocarse que es plenamente feliz en el aquí y ahora. Algo que todos los enamorados sin excepción decimos…

 

Hasta que la música nos separa, porque a la mañana siguiente, con las primeras luces del alba y con el canto de las aves, despertaré buscando a tientas tu cuerpo desnudo, que de pronto se me antojará terriblemente lejano y distante. Y sólo cuando abra los ojos y mire en derredor entenderé demasiado tarde que te has ido para siempre. Y sentiré dolor, sufrimiento, soledad, pesar, pérdida, fracaso, abandono, dudas… Todo aquello de lo que me liberaste regresa vengativo para atenazar mi alma con cadenas de ardiente hierro. Y caeré de rodillas, esclavizado. Y lloraré, desolado. Y gritaré para que la afonía sentencie mi locura. Y durante lo que se extiende una fusa, parecerá que todo se calma, que todo transcurre. Pero al extinguirse, evocaré la imagen de tu recuerdo, el recuerdo de tu mirada, la mirada de tu engaño, el engaño de tu falso amor. 

Y su profunda huella no desaparecerá de mi alma…

 

 

Hasta que tu música nos separe.

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