De humo

Hoy únicamente puedo pensar en una cosa:

El humo está infravalorado. 

Pregúntale a cualquiera. Te dirá que el humo es desagradable, tóxico y nocivo. Que le provoca escozor cuando entra en contacto con sus ojos. Que apesta. Que mancha. Que contamina. Que asfixia. Que mata. 

Sólo el ser humano es capaz de denunciar con tanto desprecio, a la par que con tanta hipocresía, aquello que le define por la naturaleza de sus propios actos. Sólo él es capaz de incurrir en la paradoja perfecta y de dormir tranquilo por las noches como si jamás hubiese pecado.

No afirmo que no sea yo el bárbaro entre ilustres: es una duda tan razonable como cualquier otra, pero quizás, y sólo quizás, suceda que no todos hayan tenido la oportunidad (o hayan aprendido) a convivir con el humo y quizás por eso a lo largo de los años han aprendido a censurarlo, a evitarlo, a temerlo, a maldecirlo y a odiarlo. 

Me he visto rodeado de humo desde mi más tierna infancia y es posible que ese sea el motivo por el que siempre intento recibirle con una media sonrisa y con una de esas miradas tácitas que se comparten con alguien con quien has vivido demasiadas cosas. Sin embargo, ese humo primigenio y omnipresente no me pertenecía. No lo sentía como mío y ciertamente no lo era en absoluto. Siempre me era impuesto. Y contra todo pronóstico, nunca llegó a molestarme, sino que aprendí a apreciarlo. O también puede que, reduzcamos al absurdo, el humo me gustase desde el primer momento. 

El primer humo del que pude sentirme dueño plenamente, provino del cigarro de un 14 de Febrero de 2009, cuyo consumo fue resultado de la curiosidad y el arrojo tan propios de los adolescentes. Era la primera vez que tomaba uno entre mis dedos, la primera vez que accionaba un mechero con el propósito de hacer lo que tantos me dijeron que no debía hacer nunca: fumar. Como el avezado lector ya debe intuir, esos mismos que aconsejaban (amenazaban se me antoja un término más preciso, pero también más impopular) al autor no fumar, eran fumadores de primera. No sorprende, tan sólo se trata de otra prueba manifiesta de esa ironía que señalaba previamente. De ese “no hagas lo que me estás viendo hacer, porque es malo. Pero si lo hago yo, ya no lo es tanto”.

Quizás lo que más me impactó de la experiencia fue que era el primer cigarro, pero no lo sentí como tal en ningún instante. Fue, como en alguna ocasión he referido, tan natural como el respirar. Y es que para mi, fumar no es ni más ni menos que eso, con la distinción de que, a diferencia de que el proceso respiratorio es una condición necesaria para mantenernos con vida, fumar es un pasatiempo y un placer. También un hábito, provocado por la tremenda adicción que provoca, sí, pero fumar es tan digno de la categoría “placer” como lo son la comida, el sexo o el sueño. 

 

A estas alturas, no me cabe duda de que el lector ya se habrá posicionado en torno a una de las dos posibles posturas que implícitamente se están tratando en el presente ensayo. Seguramente aquel que fume de forma regular cualquier sustancia, coincide conmigo en la enorme fruición que provoca esta actividad. Por contra, un defensor de la idea opuesta podría ofenderse con lo que esta noche estoy escribiendo. De ser así, de forma magnánima (no en vano este es un blog personal y tengo derecho a expresarme) me disculpo por el posible agravio ocasionado, pero no sin antes hablar de la cuestión que ha sido precisamente el detonante de este post y que probablemente los pertenecientes a este segundo tipo de lectores se hayan preguntado miles de veces: “¿Por qué fuman las personas?”. Naturalmente, no dispongo de una respuesta objetiva (si es que la hubiese), pero si al lector le satisface, a continuación yo expongo la mía, que es la única que puedo aportar sin temor a equivocarme, puesto que me pertenece a mi y sólo a mi:

Si yo preguntase: “¿Por qué las personas beben alcohol?”, probablemente un reducido porcentaje de respuestas sería que es debido a que el alcohol sabe bien, frente a un porcentaje notablemente superior que afirmaría que para alcanzar un estado de embriaguez. En otras palabras: para obtener un efecto beneficioso. Si no se abusa de las copas, claro. 

Con el tabaco pasa lo mismo, pero de forma más sutil y difícil de apreciar. No hay una opinión muy generalizada que apueste por el sabor del tabaco, ni siquiera entre los más adictos de los fumadores. A diferencia de otras drogas, como el alcohol, la heroína, la marihuana, el LSD… El tabaco no aporta un efecto de “coloque”, de subidón. Más bien al contrario (y de forma relativamente similar a la marihuana), bastantes consumidores afirman fumar para relajarse y disminuir sus niveles de estrés: es neuroquímica pura. Por el contrario, la mayoría del resto de drogas (y el alcohol es el ejemplo perfecto) se consumen primordialmente con el fin de romper con la monotonía, en pos de la llamada “búsqueda de sensaciones”. En mi caso personal, he aprendido a tolerar el sabor del alcohol y hay ciertos tipos que han acabado por resultarme agradables al gusto, pero jamás diré que consumo alcohol por lo bien que sabe, sino por la desinhibición que desencadena en mi. De hecho, si se analiza con detenimiento, resulta bastante más cuestionable el hecho de ingerir una sustancia cuyo efectos en el consumidor son entre otros enlentecimiento cognitivo y motriz, náuseas, mareos, déficit en el lenguaje o agresividad, sólo por citar algunos. Casi podríamos decir que lo que está buscando un joven cualquiera que sale al centro por la noche, yendo de bar en bar, es atontarse el cerebro a base de chupitos de absenta y que nadie se ofenda, porque ese joven podría ser yo perfectamente.

Y, sin embargo, no deja de resultar curioso que el alcohol esté mejor considerado que el tabaco en nuestra sociedad. Mi única hipótesis se debe a que el consumo de alcohol es, de lejos, más antiguo que el consumo de tabaco, por lo que parece evidente que la memoria histórico-cultural desempeña aquí un importante papel en establecer prejuicios.

¿Qué persigue entonces el fumador con su hábito? Pues una de las finalidades es en parte aceptación y pertenencia al ámbito social, como de nuevo ocurre con el alcohol. La presión social y las teorías del funcionamiento de los grupos tienen sin duda un considerable peso en este tipo de conductas y hábitos. Y siempre ha sido y siempre será así per secula seculorum.

Probablemente el lector conozca el siguiente vídeo:

http://www.youtube.com/watch?v=IZrnURFNbu4 

Que el niño que protagoniza el vídeo es deleznable es un hecho… Pero su mensaje no es del todo desacertado, en lo que a mi respecta. Me considero un individuo con una elevada sensibilidad estética y artística, y del mismo modo que vestimos con unas ropas u otras para proyectar una imagen, también se fuma para aparentar. Y no es tan terrible como parece en primera instancia. Yo, por ejemplo, me siento más seguro de mi mismo cuando estoy fumando y a pesar de que no puedo observarme con otros ojos que no sean los míos, me percibo como más atractivo e interesante, ¿es un crimen tan horrible dedicarme una pizca de amor propio aunque sea de forma sugestionada y artificial…? Pues sí, lo hago en parte para sentirme más chulo, como bien dice el mocoso. Queda a expensas del lector generarse la opinión que guste de esta “revelación” que comparto de la forma más honesta posible porque no me avergüenza y me siento con la absoluta libertad de hacerlo. Y sé lo que muchos pensaréis: “pues te tendrás merecido el cáncer”; si no lo pillo por cualquier otra cosa, querrás decir, responderé yo, y total, de algo hay que morir. Porque eso es como decir que me estoy buscando que me atropelle un coche por cruzar todos los días por los pasos de peatones. “Pues fumar no te hace más atractivo, que lo sepas”; es que no lo hago para los demás, lo hago en pro de mi maltrecho autoconcepto, esa es la cuestión que quiero aclarar. “Pues al final, tú que vas tan de adalid de la cultura, de la sapiencia y de amante de lo profundo, estás siendo tan superficial como el resto”; sin duda, asentiré yo, y en mi derecho estoy. Ya decía Einstein en su genial frase que “todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas“. Pues yo lo extrapolo a todo y también, sí, por qué no, a la superficialidad, esa pandemia que hoy en día nos afecta más que nunca en toda la Historia de la humanidad. Así que no voy a martirizarme por permitirme un poco de ego, cuando mis semejantes no se nutren de otra cosa que del suyo propio.

 

Concluyo, con trato más cercano, diciendo que adoro fumar. Que me hace sentir bien, que disfruto viendo ese espectáculo visual que es la ascensión de las volutas grises danzando por toda la habitación. Que me gusta sentir el humo en mis pulmones, exhalarlo y captar ese aroma que para muchos es motivo de asco y repulsa. Que me asombra, cigarro tras cigarro, cómo se quema y consume el extremo cuando aproximo la llama del encendedor. Que seduce todos mis sentidos cuando una mujer atractiva se lleva a los labios ese cilindro repleto de alquitrán, metano, monóxido de carbono y demás mierda industrial y que aún así logre abstraerme en el momento en el que contemplo cómo deja volar parte de su ser en esa bocanada de espesa niebla que la acompaña flotando hipnóticamente con la misma fidelidad que hace un perro paseando con su amo.

Al menos espero no haberos dejado indiferentes y haberos hecho pensar, o al menos haber sido motivo de vuestro entretenimiento con esta entrada improvisada en esta aburrida noche frente al ordenador.

 

No, es mentira. Lamento decepcionaros, pero os he manipulado y todo lo que habéis leído aquí responde a la única finalidad de persuadiros de la irrefutable veracidad que se esconde tras la frase que ha desencadenado esta debacle literaria:

 

El humo está infravalorado.

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