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THE SONG OF THE DAY: Inside – Iamthemorning

La canción del día de hoy es obra de uno de mis últimos descubrimientos musicales: iamthemorning, un joven y prometedor dúo ruso compuesto por la voz del ángel Marjana Semkina y el piano de Gleb Kolyadin. Con tan sólo un disco de estudio y un EP, iamthemorning se ha catapultado al éxito con una velocidad espectacular. No en vano, su renombre ya es tan sonado que el mismísimo Gavin Harrison (el batería de Porcupine Tree y fácilmente uno de los mejores músicos a las baquetas que existen actualmente) toca en su disco debut otorgándole aún más empaque y calidad si cabe al album.

Sensibles, eclécticos, frescos, originales, atrevidos… Muchos adjetivos son aplicables a la música de iamthemorning, pero por encima de todas destaca uno: preciosa. Ya sea con las sobrecogedores líneas vocales de Marjana, con el astuto acompañamiento de Gleb, con el acierto y fuerza que arroja la sección de cuerda o con el notorio groove baterístico del señor Harrison (o con la suma coral de todas estos elementos, qué puñetas), la música de iamthemorning resulta evocadora y nos transporta, al menos en mi caso, a un mundo de cuento de hadas y palacios de cristal con un toque oscuro y siniestro que podría ser la banda sonora perfecta de los cuentos de los hermanos Grimm y si no me creéis, no lo cuento: lo escribo.

“Inside comienza con el despertar de una Caperucita Roja de voz exquisita que a medida que avanza por el sendero, topa con un bosque encantado al que dan forma las cuerdas y el piano de forma magistral. Algo de pronto cambia y se nos presenta un movimiento de corte marcial, más agresivo e intenso que nos transmite una sensación de amenaza e inseguridad: ¿De quién serán esas peludas orejas…? ¿Y esos ojos de color ambarino…? ¿Y ese hocico plagado de colmillos…?. Corre, Caperucita, porque has visto al Lobo, pero el Lobo te ha visto a ti primero…”

 

¿De verdad que soy el único que se imagina todo esto cuando cierra los ojos y suena Inside de fondo? xD

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De la tormenta y el silencio

Hay días que desde que abres los ojos parecen una película a la que le han quitado el audio. 

Te levantas de la cama, te pones en pie y das una breve ronda por tu casa, que como por arte de magia ha sido engullida por un silencio antinatural, pesado, terriblemente pesado. Casi puedes sentir como la mortaja invisible te respira en la nuca con su hálito fantasmal. Se burla de ti.

La casa está sola, inhabitada. Ni siquiera tú mismo te sientes huésped de ella. Resulta desagradable.

La pasada tormenta hizo más que traer lluvia y relámpagos consigo. Durante su visita robó el sonido de tu casa y de todo lo que moraba en ella. Puedes escuchar algún que otro coche circular afuera, pero lo percibes como un eco distante perteneciente quizás a otro mundo en otra dimensión del que ya no formas parte. 

Caminas por el suelo forzando las pisadas, confiando en arrancar algún ruido que rompa los barrotes de la prisión. Tiras el plato al suelo, y se fragmenta sin violencia, sin estallido. Todo (incluído tú) parece estar herméticamente sellado al vacío.

Comienzas a ser pasto de la desesperación, del pánico. Un miedo irracional te carcome por dentro, devorándote sutil y meticulosamente. Lo tiras todo, te revuelves contra el espectro, te dejas caer, enciendes las luces, apagas las luces, recorres la casa una vez más con la vana idea de encontrar una habitación que se haya salvado de la tormenta. Pero no la encuentras: la tormenta se lo ha ha llevado todo.

Intentas salir al rellano, pero el tirador de tu puerta no cede y está atascado, quizás efecto de la humedad del aguacero. Quizás tus manos tiemblan tanto que nunca acertaste a asirlo.

Apoyas la espalda y te dejas deslizar hacia abajo. Súbitamente te sientes insignificante y aún peor… Inerte. Abrazas tus rodillas hasta que se funden con tu pecho: hasta ahora no te habías dado cuenta del frío que hace. Sollozas en silencio, te armas de coraje y vociferas con toda la fuerza que te permiten tus pulmones. Notas en tu interior la reverberación de tus propias ondas, pero el silencio es implacable y no deja pasar ningún sonido. Vuelves a gritar otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Y otra vez…

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… Pero la tormenta se lo ha llevado todo.

 

 

De por qué soy músico y amo en clave de Sol

Debería estar estudiando. Pero no me apetece. Acabo de comer, tengo el estómago lleno y cierta modorra y no es plan de ponerse a pelear con los apuntes. Podría ponerme a ver la tele, pero hace años que la caja tonta vomita demasiada mierda audiovisual y no me apetece mancharme los ojos ni los oídos. Oídos… Eso es. Buf, pero no puedo coger la travesera: es la hora de la siesta y haría demasiado ruido. Pienso en ponerme un rato con la batería, pero las casi 3 horas que he dormido hoy me han pasado factura y tengo las extremidades agarrotadas y las articulaciones hechas polvo. Por no hablar de mi cerebro, que piensa con más lag que Homer cuando Lenny le llama lento.

Así que sólo resta la guitarra.

 

No sé tocarla ni nunca he sabido. De hecho, a día de hoy, atribuyo a la magia negra el fenómeno físico de la producción de sonido en el caso de los instrumentos de cuerda. Este tipo de instrumentos y yo nunca nos hemos llevado especialmente bien. Pero sabes que es hora de dejarse llevar por la música y transmitir algún sentimiento.

Cuando he dicho que no sé tocar la guitarra, significa exactamente eso: no sé rasgar, ni los acordes, no sé qué indican esos puntos tan cuquis de los trastes, y llamadme minimalista, pero a mí con tocar en una cuerda me basta… Más que nada porque soy incapaz de combinar varias a la vez.

Me acerco a ella y la cojo con extremo cuidado. Casi parece que estoy acunando a un bebé más que agarrando un instrumento. Es raro por la falta de familiaridad que tengo con la guitarra, pero no resulta incómodo: todo lo contrario. 

 

Y sucede. 

 

Porque de acuerdo, no sé rasgar. Con suerte, si mi memoria no me falla, me sabré en total 3 acordes que ni uso. Ni pajolera idea de los puntitos ni de por qué TANTAS cuerdas… Pero de algún modo (y eso SÍ que es digno de hacerse llamar magia negra) sé exactamente dónde está cada nota e improvisar una melodía a medida que las encadeno. 

“Claro, es que cuentas los trastes y estableces una relación de tonos y semitonos que…”

No. No estoy contando nada. Y aunque así fuese, no podría hacer ese procesamiento tan rápido sin un previo entrenamiento. No, no tengo oído absoluto: no sé si cuando una copa se estrella contra el suelo en mil pedazos es un Si o es un La. Me encantaría, y a quién no, pero desafortunadamente no dispongo de ese don.

Pero cuando toco un instrumento, realmente siento que es casi como si se estuviese comunicando conmigo, guiando mis dedos, como si me dijese: “Esta es la nota que buscas”. Y no digo que no me equivoque nunca, que no patine, que no se me vaya la flapin (la olla, para los que no conozcáis a Loulogio) y meta una nota que no es… Pero suelo tener esa fiable intuición espontánea, ese yo-qué-sé-qué-se-yo que me hace sentir músico aunque ya no me acuerde de la mayor parte de la teoría que me enseñaron en el conservatorio años ha o de cómo se solfeaba un compás de 9/8.

No digo que sea mi súperpoder, ni nada por el estilo, porque músicos con oídos relativos y absolutos los hay a patadas. Pero para los que no sepáis el inmenso placer que proporciona poder tocar “”LO QUE QUIERAS””… Las comillas están por algo (y duplicadas, ojo), porque vale, no sé tocar rápido ni haceros un solo de la ostia, pero puedo improvisar y sacarme de oído casi cualquier cosa en el momento. Y es la jodida leche, no os mentiré. 

Para los que no me conocéis, ya habéis podido deducir por la tónica que impera en el blog que para mí la música es el súmmum de todo lo existente. Al escuchar o interpretar música conecto con algo que está más allá de la comprensión de cuanto conozco, y consigo experimentar sensaciones que en numerosas ocasiones han hecho palidecer a la mejor literatura, a una buena película o al frenesí de un apasionado orgasmo. 

Porque AMO la música. Porque VIVO la música. Porque cuando toco, me siento CREADOR. Y quizás lo mejor de todo es que crear música significa crear algo efímero, intangible, etéreo, inmaterial, que persigue fines eminentemente estéticos y expresivos. ¿Acaso puede existir algo que nos acerque más a la perfección que la música…? Supongo que antes de obtener una respuesta a esa pregunta aún me queda toda una vida por delante y una infinidad de notas y melodías por sentir… Aunque de momento sea usando sólo una de las seis cuerdas.

 

 

 

Del análisis de las temporadas de exámenes y otros sucesos del ámbito universitario

Las temporadas de exámenes implican lidiar con el estrés durante un período de tiempo que a menudo parece alargarse ad infinitum. Ya he perdido la cuenta de veces que me he dicho a mi mismo en estos días: “¿Pero desde cuándo 2 semanas pasan taaaaaan lento?“. Ya, yo tampoco me lo explico, pero de todas las que he encontrado en Internet, esta es la respuesta que más me ha convencido:

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Pero no nos engañemos: lo peor de los períodos de exámenes no es únicamente el estrés inherente al estudio y a la preparación de los exámenes. Porque sí, de acuerdo, tener que jugarse en tan sólo 2 semanas de 4 a 7 asignaturas ya es de por sí una violación anal, pero estoy convencido de que el siguiente recurso visual facilitará enormemente la comprensión de lo que pretendo expresar y si no, os resultará sospechosamente familiar:

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Esta meme ilustra, con jocoso resultado, una situación que no tiene ni puta gracia. O sea, sí: tiene gracia de lo real que es. Pero al mismo tiempo no tiene puta gracia precisamente de lo real que es. Me estoy liando más que un pulpo en una lavadora…

Como todo alumno, te estudias el temario de la asignatura, los contenidos que el profesor considera necesarios para superar su materia. Hasta ahí bien, muy loable y correcto. Acudes al examen, confiando en que los ítems o preguntas recogidos en este, naturalmente, guardarán relación de acuerdo a lo impartido en clase y a lo recogido en el material bibliográfico de la asignatura.

 

Sí, sí: “””naturalmente”””. Claro. Mi polla en almíbar.

Lo que pasa es exactamente esto

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Pero claro, en la UMA son muy listos y hacen bancas en filas y ancladas al suelo para que a no ser que seas El Increíble Hulk no puedas alzarlas por los aires, acción que deseas (NECESITAS) llevar a cabo con todas tus fuerzas con la única intención en mente de que el impacto deje al profesor en un profundo coma y no quede más remedio que dar aprobado general a toda la clase por el desagradable accidente. 

Me gustaría honestamente que en los comentarios confirmaseis lo que digo o que lo desmintieseis desde vuestra propia experiencia, porque cuando ayer mis hermanos refutaron este curioso fenómeno universitario que yo les relataba de primera mano, tuve que hacer un esfuerzo titánico para que no me pasase lo que al bueno de Homer: 

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Prepararte un examen a sabiendas de que si al profesor le da la gana va a haceros la guaña del siglo más que doler, indigna. Pero es que después viene la segunda parte: la corrección.

Vengo de una carrera en la que el 80% de los exámenes son de tipo test. El formato de algunos de ellos permite de hecho que una máquina de lectura los corrija ipso facto. Partiendo de esta base, todo debería ir como la seda, ¿Verdad? Aish… La universidad es oscura y alberga injusticias aterradoras…”

Si algo he aprendido en la carrera es a ir SIEMPRE a una revisión de un examen suspenso. Porque si has aprobado un examen y quieres ver tus errores y aprender de ellos, estás en tu derecho, pero si lo has suspendido la cosa cambia y mucho. Ahí “aprender” y “derecho” son términos nimios, sin significado. En esa confrontación en el despacho con el Final Boss, en ese duelo sin tregua no existen el honor ni la rendición.

Pero los profesores son agentes del Mal y yo mismo me he enfrentado a casos en los que me han corregido aciertos como errores. Canallas. Malvados. Marditoh roedoreh. Y contraatacan improvisando una perorata insostenible, confiando en que te darás por cachis, todo con tal de no darte ese 0,2 puntos que son tuyos y que te han arrebatado por un “error de corrección”.

-Bueno, total, si 0,2 puntos no te van a cambiar nada…

+… Tengo un 4,9 -.-´´

-… Es que verás… Si yo por mí te aprobaba, tú lo sabes, pero

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A pesar de todo, con las tramperías del profesorado no acaba la agonía. La parte jodida es el agotador enclaustramiento. Concretamente en esta tanda de exámenes me he visto obligado, repito, obligado, a despejarme. Porque uno está quemado y amargado a lo bestia, y no sólo por asuntos de índole exclusivamente académica. Yo ya aviso que el Jueves, cuando sea libre, será un momento impagable y bello. Y que sí, que ya cuento con que me espera un Verano de mierda hasta el cuello, y sé de sobra que el resto de mis problemas no van a solucionarse por tener más o menos exámenes, pero necesito un poco de calma, relax y disfrute que sólo unas vacaciones pueden otorgar. Y fiesta, maldita sea. Pero sobretodo, desconexión de todo lo malo, aunque sólo sea por unas horas.

 

Eeeen fin, espero que os hayáis sentido identificados con el post y por encima de todo que hayáis disfrutado leyéndolo tanto o más como yo al escribirlo. Me vuelvo a mi cueva a seguir estudiando: ¡Ya queda menos! 

SANDCASTLES

 

 

 

 

 

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THE SONG OF THE DAY: Isolation Years – Opeth

Opeth es uno de mis grupos favoritos por multitud de razones y tengo la firme certeza de que los suecos serán asiduos en este blog y si no me creéis, tiempo al tiempo que el que avisa no es traidor.

La capacidad de sus composiciones en lo referente a transmitir emociones resulta sencillamente impresionante. Sus canciones, habitualmente de una duración considerable, tienden a conjugar secciones brutales, heavies y agresivas con pasajes acústicos que se encuentran entre los más deliciosos y cautivadores que estos oídos han escuchado en algo más de 2 décadas.

Isolation Years es, a todos los efectos, una balada intimista y breve, que consigue involucrar al oyente con una letra melancólica como pocas. Pero aunque la canción versase acerca de la cosecha de las coles de bruselas (un tema absolutamente apasionante, por cierto), con un registro y una potencia vocal como la del señor Mikael Akerfeldt, el efecto resultaría igual de devastador. Le da igual si son voces limpias o guturales: este caballero puede cantar cualquier cosa que se le ponga por delante.

Por su ritmo lento, por sus lánguidas guitarras, por la belleza de su melodía y por la inmersiva atmósfera que suscita, Isolation Years es la canción del día. Que la disfrutéis.ogriy

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THE SONG OF THE DAY: She – Akira Yamaoka

Inauguro la sección musical con una temazo que he rescatado hoy de mis recuerdos. Hacía mucho pero que mucho que no la escuchaba y ha sido como encontrarse con un viejo amigo.

Esta canción, como su título bien indica, siempre me ha recordado a una chica paseando en silencio por una calle al atardecer. La batería y el agresivo punteo de guitarra rompen la estabilidad de su vacuo y autómata caminar como si algo hubiese activado un recuerdo que la saca de un letargo que se ha postergado durante demasiado tiempo.

Ella es tan fría y tan orgullosa que ninguna emoción consigue dibujarse en su rostro… Pero por dentro está quebrada, rota. Y sólo ella lo sabe. Es tan vulnerable en su interior que se siente incapaz de exponer tal debilidad ante los demás. Bajo su máscara, esconde un dolor que nunca vencerá del todo. Se aferra con todas sus fuerzas a la esperanza de que algún día la herida dejará de supurar y se cerrará y, sin embargo, todo se ha venido abajo como un castillo de naipes, sintiéndose humana y presa del terror. Ha basado toda su existencia en sobrevivir fingiendo poseer una fortaleza que no tiene, pero que se ha obligado a forjar a modo de armadura. Su voluntad es tal que acaba recuperando el control sobre sí misma y sobre su gélida actitud. Al fin y al cabo, lleva toda una vida haciendo lo mismo una y otra vez incansablemente.

Aún no sabe que hay heridas que están condenadas a no cicatrizar nunca y puede que para cuando aprenda la lección, no sea más que una estatua de mármol muerto.

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Blog nuevo, corte de pelo nuevo

“Lo siento en el agua…

Lo siento en la tierra…

“Lo huelo en el aire…”

Pues serás tú, Galadriel, bonita, porque lo que es yo, el calor del Verano lo siento especialmente en lo que viene siendo la cabeza. En el pelo, si nos ponemos tiquismiquis.

Por eso, y como habréis podido deducir por el título de la entrada, hoy me he cortado el pelo. Ya tocaba, las cosas como son, así que a eso del mediodía me he llegado a… a…  a una peluquería del barri… Qué coño: He ido a pelarme a… El Corte Inglés.Image

Vale, vale, vale. Antes de que empiece el sanguinario apedreamiento en homenaje a La vida de Brian dejad que me defienda. O que lo intente. O algo, yo qué sé.

Veamos: ¿Por dónde empezar…?

 

Ah, sí. No: no soy pijo.

 

Sí: me corto el pelo en El Corte Inglés.  

 

Sí: es caro. Lo admito.

 

Vale, quizás sí es para apedrearme pero…

 

Sí: cortan bien el pelo. YA ESTÁ, ESO ES LO IMPORTANTE.

Cuando se desea un bien o servicio, ¿Qué es lo que prima? Yo os lo diré: la calidad del mismo. Yo sé que cortan bien el pelo allí y que si voy probablemente saldré satisfecho, y es por ese trabajo bien realizado por lo que soy uno de los fieles clientes de su departamento de peluquería…

… De El Corte Inglés, sí. 

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Joder, que no es para tanto, exagerados. Os pondré un ejemplo:

Imaginad (y sólo imaginad) que mi organismo me envía impulsos eléctricos que responden a una demanda de uno de los principales reforzadores de la conducta del ser humano. Efectivamente: hablo del sexo. Poneos en mi lugar. No, en serio. ¿Qué haríais?

¿Ganar unos minutos de dudosa satisfacción física a cambio de una ETS del tamaño de Madagascar que se agazapa entre los muslos poblados de varices de una prostiputa de incierto origen que transita las calles de mi ciudad haciendo alarde de unas dotes de seducción de dudosa eficacia…? 

¿O por el contrario, acudir a un selecto y perfumado club para caballeros y gozar del trato del personal que hace posible que el negocio funcione (ojo, que allí trabajan directivos del más alto standing, que sólo nos fijamos en lo que nos interesa…) y cómo no, de los sensuales servicios de las taimadas señoritas del local de esparcimiento, entrenadas en 1001 formas de excitar los sentidos…?

¿Qué pasa? Que en este caso no hay color, ¿no? Pues yo sé que me tratan como a un Dios egipcio allí y que si voy seguramente saldré satisfecho, y es por ese trabajo bien realizado por lo que soy uno de los fieles clientes del departamento de putas de El Corte Inglés.

Pero para el post que nos ocupa, hablábamos del de peluquería, que ha hecho un trabajo encomiable. Mira si son majos que en cuanto la peluquera se ha percatado de lo mucho que me toca los cojones que me hablen mientras me cortan el pelo ha hecho cremallera. Un detalle por el que vale la pena pagar un plus, sí señor. Y que el argentino cabrón de mi barrio no conoce.

Y atención, porque he vuelto a tener uno de esos episodios de silenciosa agonía. Me vais a entender en seguida: ¿No os pasa que en determinado punto del corte teméis por el resultado? Es como que hacen algo con las tijeras, con la maquinilla, con las otras tijeras (ya sabéis que los peluqueros usan dos tipos de tijeras: las que cortan y las que hacen como que cortan pero no, y que, contra todo pronóstico, generan en la mente del cliente la expectativa ficticia de que los romos filos del artefacto generan un efecto tope cool en su cabello), con yo qué sé qué, que pone en peligro todo el proceso. Es un “pero si ibas bien, coño, ¿Qué has hecho desgraciado?” en toda regla. El miedo se adivina en tus ojos, la cara palidece, el corazón se olvida de bombear… Es espeluznante, la verdad, se pasa mal. Ves, eso no me ha pasado nunca en el departamento de putas…

Menos mal que la mujer se lo ha currado y me ha dejado muy perita al final. Así que no seáis así y daos un caprichito de tanto en tanto en cualquiera de los muchos y válidos departamentos de El Corte Inglés, coño. Os sorprenderíais.

Además, que se me olvidaba, la peluquera ha trabajado bajo una considerable presión extra, porque le he dicho que me tenía que dejar guapete para la semana que viene, que es la graduación de mi facultad y uno no puede ir hecho un adefesio. Y oye, ha hecho todo lo que estaba en sus manos (en su par de tijeras, vaya) para evitar que el viernes que viene sucediese esto:

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