De cristal

Te sientes intocable. Seguro de ti mismo. Inalcanzable. A años luz del resto de mortales. Sientes como tu ego se inflama con un fuego que sólo unos pocos han tenido la oportunidad de experimentar a lo largo de eones de Historia. Acabas por creerte un Dios por un momento y este resulta ser un pensamiento sublime y delicioso del que podrías alimentarte durante jornadas y jornadas incluso en los tiempos del hambre más atroz.

Contemplas alrededor de ti. La noche reina y sus vástagos campan libres, desconocedores del significado de la palabra “saciedad”, un término que si conocieron algún día, fue pasto del olvido absoluto tiempo ha.

Caminas, no sabes si sintiendo lástima de ellos o envidiándolos. Porque parecen ignorantes, ajenos a todo y a todos, sí, pero sin embargo TAN felices en su desdicha… Que no sabes hasta que punto no llega a ser dicha.

Los observas beber, libar, consumir. Como un infecto enjambre, arrasan a su paso, funcionando, sin saberlo, como una misma entidad demasiado compleja como para empezar a comprenderla. Es algo atractivo a la vez que deplorable. Una vez más, tienes sentimientos encontrados, sabiendo que no es la primera ni la última vez que te sentirás así de confuso y de desubicado. De incomprendido.

 

Más quisieras.

 

Escuchas sus risas ebrias de júbilo, sus llantos repletos de un sufrimiento que se esfuerzan por enmascarar y que logran a duras penas a ojos de sus semejantes. No les aflige derramar el elixir por el que tanto han pagado: en estos momentos, son más bestias que personas. Son inconscientes de sus actos y conductas. Definitivamente-piensas-es envidia lo que siento por ellos y no otra cosa. Sí: eso debe ser.

Y qué curioso, porque en ese instante, un relámpago, un cuchillo enviado desde las sombras, te fulmina, traspasándote más allá de la carne, de los huesos, de los tuétanos y notas como una descarga de energía te chamusca por dentro, dejando tu envoltura intacta.

De pronto ya no te ves tan grandilocuente y poderoso: la chaqueta te pesa. El contacto de la camisa empapada de sudor te repugna. La otrora elegante corbata te asfixia. Los pantalones te convierten en la parodia de lo que antaño fue un ser humano. Los zapatos te muerden los pies con afilados colmillos invisibles.

De pronto te percatas de lo vana que es la apariencia, la imagen, lo físico, lo sensorial. Inútil para ti, claro. Pero tú eres tú y las bestias son las bestias.

Empezaste subiendo la calle creyéndote algo más, algo indestructible, algo intocable. Y ahora, si prestas la suficiente atención, puedes escuchar como te quiebras con cada paso que das, como tu alma se fragmenta en pedazos demasiado diminutos como para reconstruir las ruinas de tu frágil Yo.

Y entonces lo entiendes:

 

Ellos son bestias por esta noche. Pero tú estás condenado a ser de cristal para siempre. 

 

 

 

 

 

 

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