De la tormenta y el silencio

Hay días que desde que abres los ojos parecen una película a la que le han quitado el audio. 

Te levantas de la cama, te pones en pie y das una breve ronda por tu casa, que como por arte de magia ha sido engullida por un silencio antinatural, pesado, terriblemente pesado. Casi puedes sentir como la mortaja invisible te respira en la nuca con su hálito fantasmal. Se burla de ti.

La casa está sola, inhabitada. Ni siquiera tú mismo te sientes huésped de ella. Resulta desagradable.

La pasada tormenta hizo más que traer lluvia y relámpagos consigo. Durante su visita robó el sonido de tu casa y de todo lo que moraba en ella. Puedes escuchar algún que otro coche circular afuera, pero lo percibes como un eco distante perteneciente quizás a otro mundo en otra dimensión del que ya no formas parte. 

Caminas por el suelo forzando las pisadas, confiando en arrancar algún ruido que rompa los barrotes de la prisión. Tiras el plato al suelo, y se fragmenta sin violencia, sin estallido. Todo (incluído tú) parece estar herméticamente sellado al vacío.

Comienzas a ser pasto de la desesperación, del pánico. Un miedo irracional te carcome por dentro, devorándote sutil y meticulosamente. Lo tiras todo, te revuelves contra el espectro, te dejas caer, enciendes las luces, apagas las luces, recorres la casa una vez más con la vana idea de encontrar una habitación que se haya salvado de la tormenta. Pero no la encuentras: la tormenta se lo ha ha llevado todo.

Intentas salir al rellano, pero el tirador de tu puerta no cede y está atascado, quizás efecto de la humedad del aguacero. Quizás tus manos tiemblan tanto que nunca acertaste a asirlo.

Apoyas la espalda y te dejas deslizar hacia abajo. Súbitamente te sientes insignificante y aún peor… Inerte. Abrazas tus rodillas hasta que se funden con tu pecho: hasta ahora no te habías dado cuenta del frío que hace. Sollozas en silencio, te armas de coraje y vociferas con toda la fuerza que te permiten tus pulmones. Notas en tu interior la reverberación de tus propias ondas, pero el silencio es implacable y no deja pasar ningún sonido. Vuelves a gritar otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Y otra vez…

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… Pero la tormenta se lo ha llevado todo.

 

 

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